Alejandro.
—¿Puedes sacarlo del baño de una vez? —preguntó Pol, ya visiblemente nervioso.
—¿Por qué no nos cuentas qué pasa a nosotros y luego le haces un resumen a Charlie? Llevamos más de veinte minutos esperando —se quejó Elsa, cruzada de brazos.
Maldecí por lo bajo mientras me encaminaba al baño. Después de varios golpes suaves en la puerta, esta se abrió dejando ver a un Charlie sonriente y feliz.
—Te has quedado a gusto, ¿no? —le mostré la hora en mi teléfono, arqueando una ceja.
—Pues sí, y te recomiendo que no entres hasta que el extractor haga su trabajo —contestó con tono cantarina.
Finalmente, todos reunidos en el salón, sentí cómo mi cuerpo se tensaba casi hasta doler. Los segundos pasaban con rapidez y el discurso que había preparado se desvanecía a medida que las miradas me atravesaban: curiosas, intensas, expectantes. Solo Elsa parecía perdida, mientras mis primos ya sospechaban hacia dónde iba la charla.
—Te escuchamos —me alentó Charlie.
—Ni siquiera sé por dónde empezar —evité su mirada, respiré profundo y aclaré mi mente—. Es una conversación difícil, no quiero hacerlos sentir mal ni remover viejas heridas, pero siento que necesito cerrar un ciclo.
—¿Es sobre la muerte de nuestros padres? —preguntó Elsa con un deje de molestia y tristeza que me quebró el alma.
—Sí, hermanita —asentí, temiendo su reacción.
—No entiendo —rió irónicamente—. ¿Por qué ahora? No quiero hablar de eso.
—Elsa, déjalo —intervino Pol, usando la autoridad que siempre había ejercido sobre ella.
Ella apretó la mandíbula con frustración, pero se quedó callada. Agradecí a mi primo en silencio y sin más preámbulos fui directo:
—El accidente de mamá y papá nos dejó muchos días oscuros, pero seguimos adelante, a pesar del vacío.
—¿Seguro que todos lo superamos? —preguntó Charlie con suavidad.
—No todos —confesé, esbozando una pequeña sonrisa—. Yo no pude.
—¿Qué quieres decir? —Elsa frunció el ceño.
—Es complicado y puede sonar estúpido —comencé, con voz baja—, pero no lo hice con mala intención.
—Habla ya —me interrumpió, perdiendo la paciencia.
—Elsa —Pol la reprendió con tono firme—, por favor.
—No estoy bien —solté de un tirón, presionado por la situación—. Desde ese día, no he estado bien. Lo intento, pero estoy atrapado en el pasado. Les miento con una sonrisa falsa todos los días, cuando en realidad solo me hago daño a mí mismo. No solo a ustedes, sino también a mi subconsciente para seguir creyendo que lo hago por la familia, para protegerlos, para que duela menos —apreté los puños con rabia—. He fingido tanto que ya no sé qué parte de mi vida es real y cuál es mentira. Y eso da miedo. Pienso en el daño que podría causar si supieran la verdad, pero ya no aguanto más. Estoy harto.
Al atreverme a levantar la mirada, no supe qué me sorprendió más: la mirada llena de rencor de Elsa o el rostro acongojado de Pol.
—¿Crees que solo tú estás mal? —escupió Elsa—. ¿Cuántas veces te he tenido que preguntar por tu salud mental? Eres un jodido egocéntrico.
—¿Quién te crees para hablarle así a tu hermano, niñata? ¡Todo el día estamos pendientes de ti, malagradecida! —explotó Pol, liberando una ola de ira contenida—. Intentamos darte todo el amor que tus padres ya no pueden darte. ¿No ves todo lo que tu hermano sufre solo para que tú no lo sientas? Ya no eres una niña, madura de una vez.
—Chicos... —intentó intervenir Charlie.
—¡Pues lo siento si soy mala para ustedes! —gritó Elsa, sollozando.
—Tranquila, no fue lo que quisimos decir —la abracé fuerte.
—Deja de mentir —pidió Charlie—. Nada está bien, ninguno estamos bien.
—Hay algo más que debo decirles —cerré los ojos, sintiendo que lo peor estaba por venir—. Necesito tiempo para mí, para sanar. Y aunque suene irreal y apresurado, me iré del país en dos días con Alegre.
—Eso no me lo esperaba —Charlie se dejó caer, incrédulo.
—Solo estás huyendo en el peor momento —replicó Elsa, apartándose.
—¿Y qué esperas? ¿Que me quede aquí cuidando de todos el resto de mi vida? —inquirió Pol, irónico.
—Ya has sufrido bastante, primo, te lo mereces —consoló Charlie, poniendo la mano en mi hombro.
—Sabes qué, Alejandro —dijo Elsa—, yo también estoy harta de todo, y me importa un carajo si te vas con esa chica al fin del mundo. Pero espero que tengas claro que la vida no es un cuento de hadas, así que pon un poco de realidad a esa estúpida historia de amor —dicho esto, se fue de un portazo.
—Dale tiempo —sugirió Charlie.
—Vas a tomar ese vuelo y te irás a donde te dé la gana; a esa niñata me la encargo yo —sentenció Pol, firme.
Lo conozco bien, y apostaría todo a que mi partida le duele tanto como a mí; Pol quiere a todos, pero es especialmente sobreprotector con Elsa.
—No los abandono —acláré—. Siempre seremos familia, sin importar dónde estemos.
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El agua caliente recorría mi piel, arrastrando cada mala emoción del día. Llevaba más de treinta minutos bajo la ducha; el vapor había empañado el espejo, difuminando mi reflejo.
Suspiré, cerré la llave y me envolví en una toalla. Miré el espejo con detenimiento, pero no reconocía al chico que veía. Quizá era lo mejor, porque no quería ser aquel niño perdido en el pasado. Quería descubrir quién podía llegar a ser.
Me puse la camiseta y los bóxers, y me metí en la cama de mamá y papá, sintiendo la calidez que me acompañó toda la vida. Extrañaría esa sensación, pero ya era hora de dejar de esconderme.
Tras dar vueltas sin poder dormir, tomé el teléfono: mensajes de Alegre preguntando si ya dormía. Llamé.
—¡Hola, mentirosito! —me saludó con cariño.
—¿Cómo te fue con tus padres, chica del suéter? —pregunté, ansioso por escuchar su voz.
—Mejor de lo que esperaba, gracias a Brandon. ¿Y tú, tuviste problemas con tus primos?
—Reaccionaron bien, salvo Elsa.
—¿Quieres hablar de eso?
—No, prefiero distraerme.
—Ale, no puedes cargar esto solo. Confía en mí.
—Han sido muchas emociones en un día. Será un proceso lento.
—Lo entiendo. No quería presionarte. Hablaremos cuando nos veamos.
—Suena cansada, chica del suéter.
—Lo estoy. Apenas he dormido.
—Entonces ve a descansar ya, y es una orden —fruncí el ceño, molesto porque no se cuidaba.
—Pero quiero seguir hablando contigo —dijo, casi en un puchero.
—Alegre, ve a dormir. Es tarde.
—Cinco minutos más, por favor.
—Voy a colgar. Te amo, descansa, cariño —sonreí, aunque no me viera.
—Ash, qué amargado —susurró—. Yo también te amo. Buenas noches.
Dejé el teléfono y miré el techo, incapaz de borrar la sonrisa que me había regalado.
Esa noche soñé con ella, tomados de la mano, a punto de subir a un avión.
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Cambios.
Roman pour AdolescentsMi hermano siempre ha sido mi refugio. Pero incluso los refugios pueden arder. Alegre ha aprendido a sobrevivir en la rutina. Entre heridas que no se ven y un hermano que siempre la rescata, su vida es una montaña rusa de emociones intensas. Pero c...
