Capítulo veintinueve. Como si fueras mi Horrocrux

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—Alejandro... —comencé a hablar, adormilada—. Apaga la alarma.

—Déjame dormir —gruñó, abrazándome con más fuerza.

Ambos seguíamos desnudos, y aunque la fricción entre nuestros cuerpos se sentía demasiado íntima, esas situaciones habían dejado de ser incómodas para convertirse en una parte cotidiana de nuestra relación.

—Vamos a llegar tarde —me subí a horcajadas sobre él, besando su mejilla—. Iré a ducharme, sola; tú puedes quedarte aquí si quieres.

Ni siquiera pude hacer el intento de levantarme de la cama, porque Alejandro me agarró por la muñeca, manteniéndome en la misma posición. No tuve tiempo de quejarme, ya que, en un movimiento rápido, se puso de pie, llevándome consigo hacia el baño de la habitación.

—¿Por qué me cargas como si fuera una pluma? Me haces sentir flaca, me bajas la autoestima —mis labios se curvaron en una sonrisa mientras lo besaba.

—No digas bobadas —también sonrió, devolviéndome el beso con más intensidad.

Luego de una larga ducha, bajamos a despertar a los chicos, que seguían tirados en el suelo como bolsas de papas. Mamá y papá llevaban despiertos desde mucho antes que nosotros; incluso habían preparado el desayuno para todos, y eso que éramos muchísimos.

—Brandon, venga, arriba —di varios toques en su hombro, pero nada... era una piedra.

Mi padre, al ver que la sutileza no daba frutos, agarró una cazuela y una cuchara de la cocina y comenzó a golpear los objetos entre sí, haciendo que, inevitablemente, todos los antes dormidos se despertaran, asustados por el estruendo.

—¡Nos asaltan! —gritó Oliver, intentando levantarse del suelo, pero lo único que consiguió fue tropezar y terminar cayendo sobre Charlie, que aún procesaba lo que estaba pasando.

—¿Qué cojones...? —murmuró Brandon, frunciendo el ceño.

—Esa boca —lo riñó mamá.

—Chicos, tenemos cinco horas antes de que salga nuestro vuelo. Y antes de ir al aeropuerto tengo que recoger algunas cosas en mi departamento, al igual que Alejandro, así que, por favor, necesito que vayan a asearse lo más rápido posible. Salimos en veinte minutos —informé, sonriendo ante la situación.

Alejandro y yo llevábamos un buen rato vestidos y listos para irnos, al contrario de Hanni y Brandon, que al parecer tenían un pequeño problema para salir del baño. En el fondo, me alegraba que su relación estuviera avanzando, aunque fuera a escondidas. Saber que ambos quedarían en buenas manos era mucho más reconfortante que irme sin saber qué harían con sus vidas.

—¿Se están duchando o jugando a la fiesta de espuma? —se quejó Pol, mirando su reloj, impaciente.

—Déjalos —sonreí—. Hagamos algo: Alejandro, mis papás, Elsa y yo nos iremos ahora, así terminamos ya con el tema de las maletas. ¿Nos encontramos en el aeropuerto a las nueve?

Pol, siendo el más responsable, asintió.

El viaje en auto se hizo más corto de lo normal, y eso me afligió un poco. Cada vez me quedaba menos tiempo con ellos antes de irme. Alejandro y yo entramos al apartamento, mientras que Elsa y mis padres fueron a buscar a la gata del mentiroso.

—Cariño, ¿estás seguro de que podemos llevar a Bobby y Mía con nosotros en el avión? —pregunté por enésima vez, preocupada.

—Sí, amor —me lanzó la blusa que le había pedido segundos atrás—. Tengo mis contactos, sobre todo en el sector de la aviación —se rascó la barbilla—. La mayoría son viejos amigos de mis padres, lo pasarán por alto. Además, son animales pequeños, es muy común hacer eso entre personas con dinero.

Cambios.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora