Mi hermano siempre ha sido mi refugio. Pero incluso los refugios pueden arder.
Alegre ha aprendido a sobrevivir en la rutina. Entre heridas que no se ven y un hermano que siempre la rescata, su vida es una montaña rusa de emociones intensas. Pero c...
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Las caminatas nocturnas siempre ayudan a calmar los pensamientos; o al menos eso era lo que mamá solía decirnos a mi hermano y a mí cuando éramos pequeños. En ese momento no lo entendíamos, —como la mayoría de las cosas —pero esos pequeños han crecido, y con ellos, sus problemas también comenzaron a agrandarse.
Resumiendo: ser adulto es una mierda colosal.
Así que ahí estaba yo, caminando en medio de un parque desolado, a las once de la noche y con un frío de cojones. ¿Bonito, verdad? Con las manos congeladas, saqué mi teléfono y tecleé un saludo rápido, toqué enviar y crucé los dedos para que la respuesta no tardara en llegar. Y sí que llegó, cinco minutos después.
Alegre: ¿Estás despierto?
Alejandro: No. Es Mía la que está escribiendo.
Alegre: Brandon pensaba que ya me había vuelto loca por cantarle a un cactus. Imagínate cómo se va a poner cuando se entere de que estoy teniendo una conversación por WhatsApp con una gata.
Alejandro: ¿Le cantas a los cactus?
Alejandro: Eres más rara de lo que pensaba, chica del suéter.
Alegre: Uy, te atrapé. Mía nunca me llamaría por ese estúpido apodo.
De pronto, mi cuerpo chocó contra alguien. Intenté mantener el equilibrio, pero fue inútil. Acabé cayendo de bruces al suelo.
—¿Estás bien? —preguntó ese alguien.
Levanté la mirada hacia el culpable de mi caída y no pude evitar echarme a reír. Alejandro seguía de pie frente a mí, con su teléfono en la mano y mi chat aún abierto.
—¿Se puede saber de qué te ríes? Venga, levántate —extendió su mano hacia mí y yo la tomé.
—Es que esto es tan ridículo que terminó por hacerme gracia. —comencé a explicar, con una sonrisa juguetona en los labios —¿No te das cuenta? Nos encontramos en todos lados. ¿No me estarás siguiendo, verdad?
Él soltó una risa ronca que me dejó sin aliento.
—No, chica del suéter, no te estoy siguiendo. —me miró directo a los ojos —Tal vez el destino está empeñado en que nuestros caminos se enreden... ya sea con un suéter de perro en mi cara o contigo revolcada por el suelo.
—El destino nos odia, entonces. —bromeé.
—No digas eso. —pidió, aún sonriendo.
—¿Por qué?
—Porque no es cierto.
No supe qué responder. De todas formas, no fue necesario, porque él siguió hablando:
—Te ves demasiado guapa, y no voy a poder aguantar las ganas que tengo de acercarme a ti. —susurró con voz suave... seductora.
Aparté la mirada, agradeciéndole mentalmente a Dumbledore por la oscuridad que nos rodeaba y que no le permitía ver lo sonrojada que estaba.