Capítulo cuatro. Golpes que marcan.

281 108 25
                                        

Justo cuando parecía que todo había terminado, la tensión volvió a encenderse

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Justo cuando parecía que todo había terminado, la tensión volvió a encenderse. Mi hermano apareció en la puerta, probablemente guiado por el alboroto. Su mirada recorrió el caos con desconcierto... hasta detenerse en mi muñeca, donde aún se marcaban los dedos del tipo que me había sujetado. Solo necesité un segundo para entenderlo todo.

Sin decir nada, avanzó directo hacia nosotros. Llevaba los puños cerrados, la mandíbula rígida.

Apartó a Alejandro con un empujón seco y, sin dudarlo, le lanzó un golpe directo al rostro del agresor.

El primer golpe resonó fuerte, como un disparo contenido en una habitación cerrada. Luego vino otro. Y otro más. Después, tantos que perdí la cuenta. Todo se volvió confuso. Mi cabeza daba vueltas.
No sabía si Brandon era quien golpeaba o si era él quien estaba recibiendo los ataques. Ambas ideas me estremecían.

—¡Brandon, ya basta! —grité, tratando de sujetarlo por los hombros, desesperada.

Pero no me oía. No del todo. Su respiración era agitada, los brazos tensos, los nudillos ya cubiertos de sangre. Parecía desconectado del mundo, como si con cada puñetazo intentara arrancarse de encima lo que acababa de presenciar.

A nuestro alrededor, los gritos estallaban, pero todo sonaba lejano, como un eco incapaz de atravesar la furia que lo dominaba.

Busqué ayuda con los ojos. Noté que un chico había entrado junto a mi hermano y ahora se unía en la pelea. Alejandro estaba acorralado por un sujeto mucho más grande que él.

—¡Alegre, sal de ahí! —gritó entre dientes, esquivando un derechazo que casi le roza la cara.

Pero no pensaba irme. No podía. Brandon se había metido en esto por mí. No iba a dejarlo solo. El tipo que estaba debajo de él logró reunir fuerzas y le soltó un puñetazo. El crujido me erizó la piel. Brandon retrocedió apenas.

Ese fue mi límite. Ya no podía seguir mirando.

Di un paso atrás, tomé impulso y le propiné una patada certera en la entrepierna. Se dobló con un gemido de dolor y cayó de lado.

—No vuelvas a tocar a mi hermano. — dije, marcando cada palabra, con el corazón golpeándome las costillas.

Brandon alzó la vista. Tenía el rostro cubierto de sangre, pero me sonrió. Una de esas sonrisas blancas, intactas, cargadas de alivio.

Y por un segundo, supe que seguía ahí. Que todavía era él.

Pero la pelea no había terminado. A unos metros, Alejandro y el pelirrojo —Oliver, creo— seguían enfrentándose a los otros.

Alejandro logró atrapar al grandote por el cuello de la camiseta y lo estampó contra la pared. Oliver, más ágil de lo que parecía, se movía con precisión. Un codazo. Un golpe al abdomen. Una patada a la pierna. El otro apenas podía reaccionar.

Cambios.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora