Alegre
Desperté bruscamente por el estruendo de lo que claramente era vidrio quebrándose. Observé la habitación, alarmada, pero lo único que logré distinguir en la oscuridad fue un jarrón hecho trizas en el suelo... junto a mi malcriado amigo.
—¡Bobby! —lo regañé, acercándome con pasos torpes.
Revisé con cuidado la piel descubierta de su estómago para asegurarme de que no tuviera ningún corte. Luego recogí, uno por uno, los fragmentos de cristal esparcidos por el suelo. Di vueltas por la penumbra de mi habitación, aburrida e intranquila. Según mis cálculos imaginarios, había dormido más de cinco horas, y ahora estaba completamente desvelada.
Eché un vistazo a la cama de Hanni —de donde provenían unos profundos ronquidos—, y aunque por un instante me tentó la idea de despertarla, la descarté de inmediato. Lo más probable era que estuviera agotada después de pasar el día entero en la piscina.
Suspiré, frotándome los ojos con frustración. Llevaba ya varios minutos sin hacer nada cuando noté que todavía tenía puesto el bikini, así que lo cambié por un pijama más cómodo. Mi piel, ya un poco bronceada, se quejó por la fricción de la tela.
—Un baño no me vendría nada mal —murmuré.
Muy bien, Alegre, sigue hablando sola. Pero que no te sorprenda si vienen a buscarte los del manicomio.
Salí del cuarto para comprobar que todos siguieran dormidos. El salón estaba vacío, en silencio absoluto. Estaba a punto de resignarme a volver, pero una luz encendida al final del pasillo llamó mi atención: venía del dormitorio de Alejandro. La puerta estaba entreabierta. Lo tomé como una señal del destino y entré.
Lo primero que vi fue al mentiroso dormido sobre la cama, sin camisa y con la boca entreabierta. La pequeña lámpara de su mesa de noche seguía encendida. Me acerqué en silencio y me acomodé contra el colchón.
Miré el techo por un rato, dudando de mi decisión... hasta que me dejé caer suavemente a su lado. Cerré los ojos, rodeada de su aroma adictivo, y el sueño volvió a envolverme.
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Acaricié el cabello de Alejandro con una mano mientras que con la otra intentaba que el sol que entraba por la ventana no le diera en la cara. Unos gruñidos suyos me habían hecho despertar minutos antes. Me retorcí en sus brazos, buscando acomodarme para mirarlo.
No sabría explicar la sensación cálida que me llenaba el pecho al estar a su lado. Pero ahí, en ese instante, entendí qué éramos: dos personas que empezaban a encontrarse a sí mismas, dos seres completamente enamorados.
Desde que logré entender la complejidad de su alma, comencé a amarlo. Era sencillo. Frente a mí, la oscuridad lo consumía lentamente desde adentro, y sin embargo, por fuera se esforzaba en ser un impecable espejo, reflejando exactamente lo que los demás esperaban ver de él. Reía a carcajadas cuando en realidad no tenía ninguna razón para hacerlo. Alejandro era un lienzo en blanco que había aprendido a pintarse según las exigencias del mundo. Día y noche dibujaba con cuidado una sonrisa en sus labios, y aunque intentaba que pareciera real, yo siempre alcanzaba a ver el dolor que escondía detrás.
Volvió su vida una mentira constante... y se convirtió en un mentiroso profesional.
Le di un casto beso en los labios, haciéndolo sonreír medio dormido.
—¿Podrías despertarme así todos los días, preciosa? —me atrajo hacia él con voz ronca.
—Si mi hermano se entera de esto, nos mata a los dos —bromeé.
—Sería romántico. Como Romeo y Julieta.
—Ellos mueren al final.
—Estoy dispuesto a morir por tu amor —declaró, haciéndome reír.
—Ayer dejamos algo a medias —recordó, con una sonrisa traviesa.
—No lo recuerdo bien —me hice la tonta.
—Tendré que refrescarte la memoria —se acercó para besarme.
Pero el destino no estaba de nuestro lado. Los golpes en la puerta nos sacaron de ese momento.
—¿Es en serio? —suspiró Alejandro, tapándose la cara con la almohada.
—¡Alegre, abre la puerta ahora mismo o lo haré yo de una patada! —retumbó una voz desde el pasillo.
—¿Ese no es tu hermano?
—Eso creo —fruncí el ceño, confundida.
—¡Más te vale estar vestida o juro que le saco los ojos a Alejandro!
—¿Qué? —el aludido me miró, completamente perdido.
—¡ALEGRE! —gritó con más fuerza.
—¡Ya voy! —respondí exasperada, abriendo la puerta—. ¿Se puede saber qué pasa?
—Eso te lo pregunto yo —dijo, furioso.
Detrás de él, Oliver y Charlie observaban la escena con evidente diversión. Les pedí una explicación con la mirada, pero solo se encogieron de hombros, disfrutando de mis desgracias.
—Vamos a calmarnos —intervino Alejandro, intentando apaciguar los ánimos.
—Tú cállate, pedófilo —lo señaló con el dedo.
—¿Estás borracho? —pregunté, ya sin saber qué otra excusa ponerle a su comportamiento.
—¡Claro que no! —refunfuñó.
—Pues aclara esto de una vez —le exigí, como cuando éramos niños y se comía todos los caramelos él solo.
Respiró profundo, como si también estuviera harto.
—Fui a buscarte a tu habitación esta mañana para ver cómo te sentías... y no estabas. Me asusté, y llamé a los chicos para que me ayudaran a buscarte, pero no te encontramos por ninguna parte —luego miró directamente a Alejandro—. ¡Y mientras tanto, tú te aprovechabas de mi hermana!
—Así que por eso lo de "pedófilo" —Alejandro soltó una risa sarcástica—. Alegre no es una niña, bro.
—¡Me da igual! No tienes ningún derecho a dormir con ella —escupió, lleno de rabia.
—Eso lo decide Alegre —respondió Alejandro con calma.
—¡Pero yo soy su hermano! Mi deber es protegerla.
—Solo la estás sobreprotegiendo. Ella es libre de decidir con quién estar. Y créeme, nunca haría nada que la incomodara.
—¡Chicos, ya basta! —intervine, intentando frenar la discusión antes de que escalara más.
—¿Sabes qué? Haz lo que quieras —Brandon me miró con decepción—. Pero cuando te haga daño, no vengas llorando.
Se dio la vuelta y salió, completamente irritado.
—Lo siento —murmuró Alejandro—. No debí meterme... Lo único que conseguí fue causar más problemas.
—Debo hablar con Brandon —respondí, con la voz algo quebrada—. Hay una conversación que lleva demasiado tiempo pendiente... y creo que ya es hora de dejar de fingir.
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Cambios.
Ficção AdolescenteMi hermano siempre ha sido mi refugio. Pero incluso los refugios pueden arder. Alegre ha aprendido a sobrevivir en la rutina. Entre heridas que no se ven y un hermano que siempre la rescata, su vida es una montaña rusa de emociones intensas. Pero c...
