Capítulo cinco. El arte de no quedarse quieta.

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—¡Liam, deja de correr! —exclamé con el último aliento que me quedaba

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—¡Liam, deja de correr! —exclamé con el último aliento que me quedaba.

Cada paso que daba era un castigo. Mis músculos ardían, el dolor y el agotamiento se apoderaban de cada fibra de mi cuerpo, y mis pulmones parecían a punto de estallar. Llevaba casi diez minutos persiguiendo a Liam, quien a su vez andaba tras Bobby. Y para colmo, cargaba en brazos a Marquitos, que se reía sin piedad de mi desesperación.

—Gracias, espíritu de Sirius Black. —murmuré mirando al cielo cuando Bobby finalmente se detuvo a hacer sus necesidades.

Aproveché para recuperar el aire. Alcancé a Liam y lo sujeté del brazo para que no escapara de nuevo.

—Te juro por las gafas de Harry Potter que si vuelves a salir corriendo, te corto las piernas, pequeño y rastrero Peter Pettigrew?

—¿Quién es Petter Pettigrew?

—No importa, ya te enseñaré el arte de Hogwarts otro día.

Me recosté en un banco del parque, dejando que el aire volviera a mis pulmones. Cerré los ojos y un torrente de recuerdos infantiles me invadió: tardes como esta, sentada en un parque parecido a este, rodeada de calma y risas. Era uno de mis momentos favoritos, y ahora, con el tiempo, esa costumbre se había mantenido intacta.

—¿Podemos ir a jugar en la fuente, Ale? —preguntó Marquitos con emoción.

—No se alejen mucho. —ordené —Liam, eres el hermano mayor, así que aunque yo esté pendiente, Marquitos es tu responsabilidad, ¿entendido?

Liam adoptó una postura de soldado y asintió con firmeza. Tomó de la mano a Marquitos y se alejaron hacia la fuente, dejando tras de sí risas y salpicaduras.

Yo me quedé allí, acariciando a Bobby, que ya estaba dormido. Era un alivio salir un rato, sentir el sol en la piel y la brisa suave en el rostro. Imaginé el mismo banco en Italia, con voces desconocidas y olor a espresso en el aire. No era solo un deseo: era una necesidad.

—¿Está ocupado? —preguntó una voz que últimamente parecía seguirme a todos lados.

Negué sin apartar la vista de los niños.

—¿Me estás siguiendo? —bromeé.

Su risa me vibró hasta en el huesos, dejándome una sensación que no supe cómo interpretar.

—El barrio es pequeño.

—¿Cómo estás? Anoche parecías preocupado.

Tardó unos segundos en responder, exhalando un suspiro largo.

—Bien, gracias por preguntar.

—Los amigos de mi hermano son mis amigos. —dije, a pesar de seguir pensando que era un poco imbécil.

Esbozó una media sonrisa y nos quedamos en silencio, cada uno sumergido en sus pensamientos.

Por un instante, vi a Alejandro en una playa de Hawaii, tomando el sol. Luego, la imagen cambió a él sin camisa, con gotas de agua resbalando por su pelo y evaporándose sobre su piel, sonriendo al mar.

—¿Por qué estás sonrojada? —preguntó.

Por tu culpa, gilipollas.

—Debe ser el calor. —respondí, tratando de mantener la calma.

—Si tú lo dices...

—Voy a echar un vistazo a los niños, ¿vienes? —cambié de tema, aunque en realidad sí necesitaba supervisarlos.

—Vamos. —dijo, levantándose y haciéndose aún más alto a mi lado.

Dejé a Bobby en el césped, y salió corriendo delante de nosotros.

—¿Por qué caminas igual que un pato cojo? —se burló.

—¡Tuve que correr diez minutos! —abrí las palmas mostrando todos los dedos— ¡Diez malditos minutos!

—No sabía que eras tan antiatlética, chica del suéter. —rió.

—Otra vez con el nombrecito... —suspiré, resignada.

Entonces pasó lo inesperado.

Se me adelantó —cosa fácil —y se agachó frente a mí, bloqueando el paso. Al notar mi sorpresa, giró la cabeza y dijo: , agachándose justo frente de mí, bloqueando el paso con una sonrisa provocadora.

—Súbete, o no llegaremos nunca.

—Ni loca. —dije, intentando pasar a su lado.

—Ya sabía que eres una aburrida. —dijo con una sonrisa juguetona.

Frené de golpe.

¿Me llamó aburrida?

Estuve a punto de soltarle un golpe, pero preferí mantener la serenidad.

—No querer que me cargues no significa que sea aburrida. —repliqué, digna.

—¿Te pongo nerviosa, Alegre?

Nunca nadie había dicho mi nombre con ese tono retador y seductor. Era casi como si saboreara cada letra.

—No.

—Entonces súbete.

Esta vez accedí. Me encaramé a su espalda con un suspiro resignado. Me aferré a él como si por un momento el suelo ya no importara. Mis brazos rodearon su cuello, y su calor me rodeó por completo. El ardor en mis muslos fue inmediato, pero no solté ni una queja. Orgullo ante todo.

Comenzó a caminar hacia los niños, sujetándome con firmeza. Por un momento, supe exactamente donde estaban sus manos... y donde podrían estar. El pensamiento me atravesó como una chispa, y lo espanté con rapidez, aunque no sin que dejara un leve cosquilleo detrás.

—¿Por qué se mudaron?

Tenía tres teorías absurdas:
1.    Mató a alguien y huyó.
2.    Sus vecinos pensaban que alimentaba cabras con droga.
3.    Lo echaron de una pandilla peligrosa.

Pero su respuesta fue mucho más simple. Y real.

—Necesitábamos cambiar de aire, estábamos atrapados en el mismo lugar y nos ahogaba.

Entendía esa sensación: la ansiedad de querer escapar, el nudo en el pecho por sentirte estancada, el impulso de hacer las maletas sin saber adónde ir.

—Chica del suéter, ¿bajas o te quedas ahí todo el día?

Su tono hizo que me diera cuenta de la intención detrás de sus palabras.

Sentí un escalofrío cuando bajé y él se inclinó para susurrarme cerca del oído:

—Aunque claro... no me quejaría si te quedaras.

—En tus sueños. —contesté, tratando de ocultar el efecto que me causó.

—En mis sueños eres menos amargada, chica del suéter. —añadió con suavidad, casi como si lo pensara en voz alta.

¿Había soñado conmigo?

—¡Prima Ale, ven a jugar! —gritó Liam desde la fuente.

—¿Vienes o tienes algo mejor que hacer? —bromeé.

—Pasar la tarde cuidando niños contigo, no puedo imaginar plan mejor. —dijo, sonriendo con esos ojos que me hacían perder el control.

Sin darme cuenta, sonreí de verdad.

Y por mucho que quisiera negarlo, me estaba divirtiendo.

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