Mi hermano siempre ha sido mi refugio. Pero incluso los refugios pueden arder.
Alegre ha aprendido a sobrevivir en la rutina. Entre heridas que no se ven y un hermano que siempre la rescata, su vida es una montaña rusa de emociones intensas. Pero c...
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La noche cayó más rápido de lo que esperaba, trayendo consigo una luna llena que colgaba del cielo como un farol encendido. La casa estaba hecha un caos, en contraste con el silencio habitual de las calles de nuestro barrio.
Hanni y Oliver ya habían llegado y estaban jugando a la Play con mi hermano. Yo me había escabullido al portal, buscando escapar del ruido.
O tal vez... para esperar a Alejandro.
Cállate, conciencia.
Aunque en el fondo sabía que tenía razón. Aún no perdía la esperanza de que él apareciera. Pero ya era tarde, y todos me esperaban para empezar la maratón.
Suspiré, metiendo las manos en los bolsillos de mi abrigo. Bobby dormía a mi lado, envuelto en el suéter azul que le había comprado. Sonreí al recordar el estúpido apodo. Cada día me molestaba menos que me llamara así. A veces, ni siquiera me daba cuenta.
¿Estaba haciendo lo correcto al confiar en ese chico?
Era una pregunta que llevaba semanas dándome vueltas en la cabeza, sin encontrar respuesta.
—Eso de reflexionar bajo la luna nunca ha sido lo tuyo, Alegre.
Giré la cabeza y vi a Hanni, apoyada en el marco de la puerta. No le respondí. Ella suspiró y vino a sentarse a mi lado.
—Perdón por estar tan desaparecida. La escuela no me deja tiempo para nada. —se excusó, sin mirarme.
—No pasa nada. —mentí.
Hanni había estado en mi vida desde siempre. Éramos inseparables. Pero desde que cumplió los veinte, algo cambió. No la culpo, nunca lo haría. Pero dolía. Dolía sentir que ya no éramos las mismas.
—Alegre, sé cuando estás mintiendo.
Tardé unos segundos en contestar. Cuando por fin lo hice, sentí que el corazón se me iba a salir por la boca.
—Me has hecho mucha falta, Hanni.
—Lo siento. —no necesitaba verla para saber que estaba llorando.
—Siempre has sido la más llorona de las dos. —sonreí, rodeándola con los brazos.
—No arruines el momento. —rió entre mis brazos.
—¡Ya va a empezar la película, tortolitas! —gritó Brandon desde la ventana.
—¡Que sí, pesado! —respondió Hanni, soltándome con una risa.
Contuve una sonrisa mientras los escuchaba discutir. Sin duda hacían una bonita pareja.
Al entrar, el calor de la casa nos abrazó junto al olor de palomitas recién hechas. Las luces se apagaron y la película comenzó. La atmósfera se volvió más tranquila, casi mágica. Podría vivir así para siempre.
Mentira.
Intenté centrarme en la película, ignorando la molesta vocecita en mi cabeza.
Sabes que te falta algo. Eso que llevas años deseando.
¡Cállate!
¿Cuánto tiempo más vas a quedarte aquí encerrada?
—Voy al baño. —dije de pronto, levantándome del sofá.
Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria, sintiéndome irritada conmigo misma. Me lavé la cara con agua fría. No iba a arruinarles la noche.
Justo cuando me disponía a salir, alguien tocó la puerta de entrada. Me apresuré, pero Brandon se me adelantó.
—Perdón por llegar tarde, tuve que recoger a mi hermana de una fiesta. —decía Alejandro.
—Adolescencia. —respondió mi hermano, con un deje de nostalgia.
Cuando cerró la puerta, yo ya estaba sentada en mi sitio, fingiendo indiferencia.
—¿Te echas un poco a un lado? —preguntó Alejandro.
Asentí. Se dejó caer a mi lado en el sofá, y nuestros muslos se rozaron. Definitivamente, la noche iba a ser muy, muy larga.
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Para la tercera película, ya solo quedábamos despiertos Alejandro y yo. Aunque siendo sincera, no estaba prestando atención a la pantalla, algo inédito en mí, sobre todo con Harry Potter. Pero esta vez, toda mi atención estaba puesta en él.
—No sabía que te llamaba tanto la atención El prisionero de Azkaban. —rompí el silencio.
—Dijiste que te gustaba Harry Potter, ¿no? —preguntó.
—Sí... —respondí, frunciendo el ceño.
—Por eso presto tanta atención. Quiero aprender más sobre lo que te gusta, Alegre.
A pesar de la oscuridad que nos rodeaba, vi cómo su sonrisa se agrandaba y sus ojos brillaban un poco más.
Y lo supe: no estaba mintiendo.
—No hace falta que lo hagas. —dije, sin saber bien por qué.
—Quiero hacerlo, chica del suéter. —se encogió de hombros, volviendo a mirar la pantalla.
Pasaron varios minutos. Alejandro seguía observando la película con curiosidad, y yo... lo miraba a él.
Solo podía ver su perfil y ese cabello rebelde, iluminado por la tenue luz del televisor. Sentía mi muslo desnudo contra su pantalón y un escalofrío me recorría cada vez que se movía.
Se rió por algo que dijo Ron Weasley, y una calidez absurda se instaló en mi pecho. Me dejé llevar.
—Viajar.
—¿Qué? —su voz sonó sinceramente confundida.
—Mi sueño es viajar. Eso es lo que quiero hacer con mi futuro. —respondí, por fin, a la pregunta que me había hecho la noche que me acompañó a casa.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, quise esconderme entre los cojines. Desaparecer.
Pero no me juzgó. No se rió.
—Te imagino con una mochila gigante, sola en medio de un bosque de Canadá, intentando pedirle señal a los árboles. —dijo, sonriendo.
Solté una carcajada, más por nervios que por gracia. Pero aun así, me hizo bien. Alejandro sabía cómo bajarle volumen a mis miedos.
—Y tú... —empecé, girándome hacia él— ¿Qué quieres?
—Quedarme.
Lo miré, sin entender.
—¿Cómo?
—Quiero quedarme. Quedarme contigo.
Mi estómago se apretó. Sentí que el aire se me quedaba corto. Quise decir algo, pero no pude. Ni siquiera cuando él se inclinó y apoyó su frente en la mía.
—Estoy empezando a acostumbrarme a ti. —susurró.
Cerré los ojos. Mi corazón latía tan fuerte que temí que despertara a los demás.
—Yo también. —susurré.
Sus labios tocaron los míos como si tuvieran miedo de romperme. Y aún así, me rompieron.
Me rompieron todas las paredes que había construido para no sentir.
Y por un momento, me sentí feliz. Tan feliz que me asustó.