Dos días después.
Las vacaciones improvisadas habían llegado a su fin. Mientras todos regresaban a su rutina, Brandon y yo emprendimos el camino hacia el otro extremo de la ciudad para visitar a nuestros padres. Me quedaba dar un último paso antes de partir definitivamente: enfrentar el pasado, el lugar donde crecí, y a quienes moldearon la persona que soy.
Decirles adiós sin saber cuándo volvería a verlos era un trago amargo, pero agradecí infinitamente tener a Brandon a mi lado, dispuesto a acompañarme en este último capítulo, aunque pronto me tocaría recorrer el camino sola.
—¿Lista, hermanita? —me preguntó él con una sonrisa alentadora.
Asentí y le di permiso para tocar el timbre. En cuestión de segundos, la puerta se abrió como si alguien esperara con ansias. Allí estaba mamá, pequeña, con el cabello teñido de dorado y una sonrisa tímida que, sin embargo, iluminaba su rostro ovalado. Sus ojos marrones se posaron primero en mí, luego en Brandon. Aunque no lo admitiera en voz alta, estaba feliz de vernos.
—¡Albert, llegaron los niños! —exclamó, fundiéndose en un abrazo cálido.
—Espero que no hayas extrañado demasiado a tu hijo favorito —bromeó Brandon, sacándome la lengua mientras mamá le daba un suave golpe en la cabeza.
—¡Miren quiénes se dignan a aparecer! Los pequeños Potter —papá apareció con su sonrisa contagiosa y se unió al abrazo.
Cuando la nostalgia comenzó a ceder, entramos a la casa. Cada rincón estaba impregnado de recuerdos que amenazaban con brotar en lágrimas, pero me negaba a mostrar debilidad frente a ellos. No porque no confiara, sino porque quería demostrarles que estaba preparada para salir al mundo con el chico que amaba. Su aprobación era importante para mí, aunque suene infantil.
—¿Qué los trae por aquí de repente, pochuelos de hipogrifo? —preguntó papá, arqueando una ceja.
—Será mejor que se sienten —dijo Brandon, dejándose caer en el sofá y guiñándome un ojo—. Alegre trae una bomba.
Traidor...
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Alejandro
El viaje de regreso a casa se hizo más largo de lo que esperaba. Tal vez porque no contaba con Alegre para calmar la ansiedad que me atenazaba ante la conversación que se avecinaba. Sin más, giré la llave y entré. El aroma familiar de las galletas recién horneadas me recibió.
—Hola, chicos —Elsa nos abrazó uno a uno—. ¿Qué tal les fue?
—Increíble —respondió Charlie, sonriendo.
—¿Dónde está Mía? —pregunté, ansioso.
—En tu habitación, bien —me aseguró ella.
No me bastó. Quería ver que estuviera bien. Caminé rápido hacia mi cuarto, dejando las paletas en una esquina. Mía estaba recostada en la cama, con respiración pausada y un aspecto menos demacrado. Me acerqué a acariciarla, pero la desperté. Apenas me vio, se subió a mi regazo y comenzó a ronronear. Definitivamente, la gata más valiente que conozco.
—Perdóname por dejarte sola, pero fue por una buena razón —le dije, regalándole una sonrisa sincera que solo Alegre podía lograr—. ¿Me ayudas a dejar de ser un mentiroso?
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Alegre
—Lo que quiere decir mi querido hermano —lo miré con recelo— es que tengo una noticia importante para ustedes.
—¡Estás embarazada! —exclamó papá, asustado, mientras Brandon se atragantaba con el agua y yo ponía cara de horror.
—Claro que no. Ya cállate y deja hablar a la niña —lo regañó mamá.
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Cambios.
Teen FictionMi hermano siempre ha sido mi refugio. Pero incluso los refugios pueden arder. Alegre ha aprendido a sobrevivir en la rutina. Entre heridas que no se ven y un hermano que siempre la rescata, su vida es una montaña rusa de emociones intensas. Pero c...
