Capítulo II

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La mitad de los que estábamos allí nos miramos confundidos y la otra mitad soltó algunas risitas cómplices. Muchos no sabíamos que pasaba, claro, era nuestra primera vez, pero el resto sí. Después de que rogáramos por un buen rato, de que nos hicieran prometer cosas irrisorias y de que los puños se chocaran con varias espaldas, finalmente nos explicaron. Era una costumbre, aunque realmente lo llamaría tradición, que los capitanes de los equipos y dos de los más destacados deportistas de cada escuela se presentaran en la cancha de atletismo antes de cenar el primer día. ¿Para qué? Para competir. La idea me resulto fascinante.

Era una suerte de pre-competencia, donde se medían fuerzas entre los mejores y cada uno podía irse con una idea, al menos mínima, de lo que le esperaba al otro día. Los capitanes podían así tener certeza de cómo sería la competencia y cuantos o cuales de los deportistas estaban más o menos preparados para cada disciplina. Era algo que la escuela incentivaba abiertamente, porque, a demás, servía para hacer amigos e incentivar el fairplay.

Yo no estaba entre los dos elegidos y, se supone, era una invitación solo abierta para ese privilegiado tridente, pero igualmente algunos de nosotros íbamos a salir a pasear, a dar una vuelta, a conocer el lugar. Como ocurría casi siempre, yo quede con Tomás para ir a recorrer los patios. No era mi mejor amigo -no tenía uno en ese momento- pero aún así me llevaba muy bien con él, cuando no estaba pegándome con sus puños en las costillas.

A las ocho, después de acomodar, mandar mensajes a nuestras familias e intercambiarnos fotos de aquella tarde, volvimos a salir. Todo estaba extrañamente solitario y oscuro. Había una muy buena iluminación, pero a contraparte de lo que había sido la tarde, parecía un lugar abandonado. La soledad se me presento reconfortante. Tomás me hablaba de las chicas que había visto y aunque yo solo pensaba en la gigante necesidad de contarle a alguien sobre los ojos verdes, preferí guardarlo para mí. Tomás hablaba y yo asentía, nuestra relación funcionaba de esa manera. Nos quedamos un momento en la entrada del poli deportivo y desde ese lugar teníamos una interesante vista de la cancha de atletismo. Estaba completamente a oscuras, pero gracias a la luna, igualmente gigante y radiante esa noche, se podían divisar las siluetas de los competidores en su secreta pre-competencia. Era gracioso ver como se movían, e interesante pensar en que cosas estarían diciendo.

–Vamos a acercarnos más. -Me invito Tomás. -Quiero ver de cerca.

Yo negué con la cabeza. Estaba disfrutando del silencio, de la soledad, de la atrapante música que significaba escuchar las voces ininteligibles a lo lejos. Prefería escuchar a los grillos y el viento entre los árboles y finalmente, sin insistir demasiado, él me dejo hacer. Me dijo que ya volvía, que lo esperara y se fue, intentando escabullirse entre los cercos que rodeaban el parque para que no lo vieran. Fue divertido ver el esfuerzo que realizaba para hacer eso y lo seguí un rato con la mirada, pero después me aburrió.

Comencé a divagar con la mirada, yendo de un lugar a otro, pensando en si lo que veía moverse entre las copas de los árboles serian pájaros o murciélagos. Después de un instante mi mirada se detuvo en lo que parecía ser un campo de cien metros llanos, a unos treinta metros de la cancha de atletismo, aunque se veía oscuro. No había reparado en el mismo durante la merienda, pero no era eso lo curioso o interesante. Me sorprendió ver que una silueta lo recorría poderosamente rápido. No parecía un chico, tampoco una chica, casi podría jurar que, con la poca luz y lo embriagador de la noche y la luna, aquello era un animal. De silueta muy fina y grácil, practicaba velocidad. Le había prometido a Tomás que me quedaría a esperarlo, pero me causaba mucha curiosidad esa persona y estaba sola, así que me acerque. Un poco más de fisgoneo no le haría mal a nadie.

Mientras caminaba, la figura se posiciono nuevamente para salir y, no estaba seguro de que fueran cien metros, pero lo vi recorrerlos con una velocidad casi alarmante. No recordaba haber visto en vivo una velocidad así, por lo que, entre las penumbras y acercándome sin hacer ruido, saque el celular y puse el cronometro. Unos segundos después vi salir aquella figura nuevamente y recorrer aquel campo a toda velocidad. Cuando detuve el cronometro mis ojos no daban crédito a lo que estaban viendo. Si no me equivocaba, el récord Juvenil en cien metros llanos, que nos habían enseñado tantas veces en la escuela era de 10,49 segundos y lo había logrado Florence Griffith-Joyner en 1988, casualmente estudiante de San Manuel. En esas épocas la escuela era exclusiva de ingleses. Este personaje acababa de hacer unos nada despreciables 11,25 -sin la sincronización correcta-. En resumidas cuentas, estaba al nivel de una marca profesional.

Camila MayoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora