Capitulo 1

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Capítulo 1: La Dama de los Cuchillos

En los confines del segundo cosmos, existe un mundo que espeja al nuestro en nombre, pero que diverge en esencia: la Tierra. No obstante, este no es el planeta que conocemos; es un tapiz de realidades alternativas donde la naturaleza y lo místico convergen en una danza silenciosa que pocos logran percibir. En este rincón del universo, cohabitan seres cuyas naturalezas desafían la lógica humana, aunque el velo que cubre sus secretos aún no ha sido rasgado. Esta historia se sitúa en el tiempo de las sombras largas, mucho antes de que las grandes verdades fueran reveladas y cuando el peligro aún se ocultaba tras la rutina más ordinaria.

¿Quién es, entonces, la joven que camina por estas calles? Su nombre es Aiko, y su presencia no pasa desapercibida. Posee una melena de un verde profundo como el musgo del bosque y una piel blanca que parece de porcelana, pero su actitud es la de alguien que siempre está lista para el conflicto. Suele vestir una chaqueta de cuero negro que le da un aire hermético y rebelde, la cual solo se quita cuando el calor del esfuerzo físico se vuelve insoportable. Bajo el cuero, una polera blanca y unos pantalones tácticos negros llenos de bolsillos definen su estética, rematada por unas botas tácticas que golpean el suelo con una cadencia militar.

Aiko es la mejor de su clase, una mente brillante que domina las ciencias y las letras con una facilidad pasmosa, pero su verdadera pasión se encuentra fuera del aula. Se destaca en la gimnasia, donde su flexibilidad y agilidad la posicionan como una atleta inalcanzable para sus pares. Sin embargo, lo que realmente la hace sobresalir —y lo que ella guarda con un celo casi religioso— es su maestría con los cuchillos. Cualquier objeto con filo o punta se convierte en una extensión de su cuerpo en el momento en que toca sus dedos, una habilidad que ha cultivado en las sombras, lejos de las miradas curiosas de sus compañeros.
Esta destreza letal es el legado de su padre, Ren. Él es un hombre imponente, alto y fornido, que parece haber sido esculpido en piedra. Siempre viste su ropa blanca de chef, pantalones negros y zapatos cafés desgastados por las horas de pie en su restaurante familiar, ubicado en las afueras de la ciudad. A pesar de su pelo canoso y su bigote frondoso que le dan un aspecto de guerrero antiguo, Ren es el ser más cariñoso que Aiko conoce. Él le enseñó que el filo requiere respeto, no solo fuerza, y supervisa sus entrenamientos con una mezcla de orgullo y una preocupación que nunca llega a expresar en voz alta.

Al terminar su jornada académica y regresar al refugio del restaurante, Aiko cumple con un ritual ineludible: se coloca una cinta especial en el muslo para portar sus cuchillos. Es solo entonces cuando se siente completa. Mientras otros jóvenes pierden el tiempo en distracciones efímeras, ella se recluye en el patio trasero o en la cocina, practicando lanzamientos y cortes con una precisión que desafía las leyes de la física. Los cuchillos cortan el aire con un siseo casi musical, un sonido que Aiko prefiere mil veces por encima de las charlas banales de los pasillos de la escuela.

Pero Aiko no está sola en su mundo privado. Su compañero más leal es Momo, un gato blanco y delgado de ojos azules brillantes que parecen entender cada uno de sus movimientos. Momo fue el último regalo de su madre, quien falleció hace ya bastantes años, dejando una herida que la joven solo logra cerrar a través del entrenamiento y el afecto del felino. Aiko es amable con sus vecinos y una favorita entre sus profesores, pero existe una regla no escrita en el vecindario: nadie se mete con Momo. Si alguien perturba al gato, la niña educada desaparece, y en su lugar emerge una presencia implacable que nadie desea enfrentar.

Un día, después de una sesión de gimnasia particularmente agotadora, Aiko decidió tomar un atajo. Sus músculos se sentían pesados bajo la chaqueta de cuero, y el deseo de llegar pronto a casa la llevó por un parque medio abandonado que normalmente evitaba. El lugar emanaba una sensación inquietante; la maleza crecía sin control y el silencio era tan espeso que sus propias botas tácticas parecían sonar demasiado fuerte sobre el pavimento agrietado. Era un sitio donde el tiempo se sentía estancado, un rincón olvidado por la ciudad que parecía observar a quien se atreviera a cruzarlo.

Fue allí, entre las sombras de los árboles secos, donde ocurrió el primer encuentro. Cerca de la boca de una antigua alcantarilla, Aiko se detuvo en seco. Una serpiente negra, de escamas tan oscuras que parecían absorber la poca luz del atardecer, la observaba. Lo más perturbador no era su tamaño, sino sus ojos: dos rubíes rojos que brillaban con una intensidad desconcertante. En lugar de retroceder o buscar una piedra para defenderse, Aiko sintió una extraña vibración en el aire. La serpiente no parecía amenazante, sino profundamente curiosa, como si estuviera reconociendo a alguien que había estado esperando por mucho tiempo.
Aiko retomó su camino, pero la inquietud ya se había instalado en su pecho. Durante los días siguientes, la serpiente no se marchó. Apareció primero en la entrada de su casa, mimetizada con las sombras del porche mientras Ren preparaba la cena. Luego, la vio en los linderos del parque donde solía entrenar. La presencia del reptil era constante, una sombra que la seguía de cerca, observando cada uno de sus movimientos con una paciencia milenaria. Aiko sentía que los ojos rojos de la criatura se clavaban en su nuca, evaluando su técnica con los cuchillos y su temple al caminar.

Intrigada y sin saber por qué, Aiko decidió llamar a la serpiente Yami. A pesar de lo extraño de la situación, comenzó a sentir una conexión que desafiaba toda lógica. Yami empezó a acercarse más, perdiendo el miedo a la presencia humana. Pronto, la serpiente encontró refugio enrollándose en el brazo de la joven o escondiéndose entre los pliegues de sus pantalones tácticos y su chaqueta de cuero. Era una alianza silenciosa y secreta; Aiko no le contó nada a Ren, ni a sus amigos, sintiendo que la presencia de Yami era el inicio de algo que solo ella debía descifrar.

La vida de Aiko continuó en una aparente normalidad, pero el peso de lo oculto comenzaba a transformarla. En la escuela, se sentaba en su pupitre con la polera blanca impecable, mientras bajo la manga de su chaqueta sentía el frío y rítmico movimiento de las escamas de Yami. Sus compañeros notaban que estaba más distraída, con la mirada perdida en los rincones oscuros del salón, pero nadie se atrevía a preguntar. El vínculo con la serpiente se sentía como una cuerda tensándose poco a poco, un secreto que latía al ritmo de su propio corazón.

Incluso Momo, el gato blanco de ojos azules, parecía haber aceptado a la intrusa. Al principio, el felino erizaba el lomo, pero tras unos días, permitía que Yami se deslizara cerca de él mientras Aiko limpiaba sus cuchillos. Ver a los dos animales juntos, el blanco puro del gato y el negro absoluto de la serpiente, le daba a Aiko una sensación de equilibrio que nunca había experimentado. Era como si las piezas de un rompecabezas que ella no sabía que estaba armando empezaran finalmente a encajar, aunque el dibujo final todavía fuera un misterio aterrador.

El parque abandonado dejó de ser un lugar de paso para convertirse en su centro de operaciones. Allí, bajo la vigilancia de los ojos rojos de Yami, Aiko sentía que su fuerza aumentaba. Sin embargo, con el poder venían las preguntas. ¿Por qué ella? ¿Por qué ahora? Cada vez que ajustaba la cinta de sus cuchillos en el muslo, sentía que no lo hacía solo por entrenamiento, sino por una necesidad de defensa que aún no podía justificar. El aire en el segundo cosmos se sentía cargado, como el momento justo antes de una tormenta que promete arrasar con todo lo conocido.

Ren, con su intuición de padre y su naturaleza protectora, notaba que algo en el ambiente del restaurante había cambiado. Observaba a Aiko desde la cocina, viendo cómo su hija acariciaba distraídamente el aire o cómo sus botas tácticas golpeaban el suelo con una urgencia nueva. Pero el hombre de bigote frondoso prefería callar, confiando en que la educación y el amor que le había dado serían suficientes para protegerla de lo que fuera que estaba acechando en la periferia de sus vidas. Aiko, por su parte, le devolvía sonrisas que no llegaban a ocultar la chispa de incertidumbre en sus ojos.

El capítulo de su vida como una estudiante común estaba llegando a su fin, aunque ella todavía se esforzara por mantener las apariencias. Mientras caminaba hacia su habitación esa noche, sintiendo el peso de Yami en su hombro y viendo a Momo esperarla en la cama, Aiko se detuvo frente al espejo. Se ajustó la chaqueta de cuero y observó su reflejo; ya no veía solo a la hija del chef, sino a alguien que cargaba con una sombra y un filo. El primer paso hacia lo desconocido ya estaba dado, y aunque todavía no sabía hacia dónde la llevaba el destino, la Dama de los Cuchillos entendía que ya no había vuelta atrás.

AIKO IN THE UNDERWORLD Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora