Capítulo 15 - Fina

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Antes de nada quiero avisar de que este capítulo es durito. Hay un par de escenas que son fuerte aunque no son muy largas. En este capítulo se representa una relación tóxica con todo lo que ello conlleva, y hay una escena donde se narra una violación y otra donde se escenifica una escena de violencia física. Avisaré en esas escenas antes de que sucedan por si queréis evitarlas, no infuirán en la historia, ya que se nombraran dichos sucesos en los próximos capítulos en forma de resumen. Dicho esto, disfrutad del capítulo.

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Los días en Japón fueron un soplo de aire fresco para Fina. Aunque fuera imposible olvidarse de Marta, durante esas dos semanas, consiguió no pensar todo el día en ella. El cambio de actitud de Esther era muy notable, y eso consiguió que ella se sintiera cómoda en todo momento. Pudo permitirse disfrutar de aquellos días sin sentirse frustrada o agobiada por la situación con su pareja, y eso hacía mucho que no lo sentía así. Durante esos 14 días, Fina y Esther hicieron infinidad de cosas juntas, fueron a Tokio, Kioto, Hiroshima, Osaka... Hacía mucho tiempo que no hacían tantas cosas, y ese tiempo de calidad, a Fina le daba la vida. Si hacía memoria, no recordaba cuando había sido la última vez que habían hecho algo diferente a tener intimidad, y hasta ese momento, no sabía lo mucho que había echado de menos esos instantes con la pelirroja.

Esos días le sirvieron para darse cuenta de que no había dejado de quererla, ella siempre había sido importante para ella, y aunque lo hubiera hecho mal, no podía odiarla. Se esforzaba en darle todo aquello que un día le exigió y no recibió, y eso también le reafirmaba que, aunque en su día no se lo hubiera concedido, la escuchó, y aunque tarde, se había hecho realidad. Había vuelto la Esther de la que creyó estar enamorada, y aunque sabía que sería incapaz de sentir más allá de cariño, no estaba siendo tan malo como ella podría haberse imaginado.

Las noches eran la peor parte de sus días. Durante las largas noches de oscuridad no podía dejar de anhelar la compañía de su cantante favorita. Aunque estuviera cómoda con Esther, nunca podría llegar a olvidar a Marta, jamás dejaría de estar enamorada de ella. Intentaba dormir, pero el insomnio le quiso hacer compañía cada una de las noches, por eso agradecía que la pelirroja durante esas dos semanas no le exigiera compartir intimidad con ella. Las lágrimas siempre eran testigo del dolor que le suponía estar alejada de ella, mientras que su mente navegaba entre recuerdos que parecían un simple espejismo o que nunca habían existido. Había noches que creía que toda su historia con la rubia había formado parte de su imaginación y que nunca se había dado, sentía que todo aquello que estaba viviendo era irreal y que no estaba haciendo lo que ella deseaba.

Sentirse sola cuando más acompañada debes sentirte es lo más doloroso que había podido experimentar en esos días. Durante todo el día, sentía que podía con todo, y el hecho de estar haciendo cosas sin parar, ayudaba a no pensar en nada más. Esther conseguía que se olvidara de todo y solo pensara en los nuevos lugares que quería visitar, Japón siempre había sido su sueño y lo estaba cumpliendo. Las noches, en cambio, eran su momento de soledad, ese instante en el que la adrenalina del día se esfuma de un solo soplido y todos esos pensamientos que has estado evitando durante el día se agolpan sin dejarte pegar ojo. Evitaba ese momento con todas sus fuerzas, e incluso a veces llegaba a proponerle a Esther intimidad para poder quedarse dormida del cansancio. Odiaba sentirse así, sentir que le faltaba algo y que ya nunca lo podría volver a tener.

Para ella Marta era como esa carrera que siempre quiso conseguir, pero que nunca llegaría. Nunca podría ser plenamente feliz alejada del amor de su vida, pero al pensar en que ella estaría bien y, nadie la amenazaría, sonreía sabiendo que ese esfuerzo valdría la pena. Marta era ese sueño que jamás podría alcanzar, ese oxígeno que siempre necesitaría respirar, pero que tendría que aprender a sobrevivir sin él. Sentía una especia de necesidad instalada en su piel de sentirla, y eso le quemaba por dentro, porque tenía que conformarse con el tacto de Esther, que, aunque no le desagradara, no le provocaba la electricidad que Marta de la Reina conseguía con solo rozarle.

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