III

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         Adora se hallaba aguardando en la enorme biblioteca de la casa de Catra, sentada en un pequeño sillón junto a una mesa. Recordaba muy bien la hora en que habían acordado verse, y el reloj marcaba que desde esa hora ya habían pasado treinta minutos. Es algo con lo que había aprendido a convivir desde los últimos dos meses, pero nunca aceptó. En su espera, decidió ojear un ejemplar hermosamente ilustrado, pero los maullidos del minino junto a sus zapatos le hicieron cambiar de plan. Se llamaba Melog, tenía quince años y sólo aquellos que habían ido a casa de Elizabeth sabían de su existencia. Nunca se molestó en contarle cómo fue que lo adoptó, pero a juzgar por su pelaje y edad, Adora dio por hecho que lo encontró en la calle. Los animales parecían ser los únicos seres por cuyo sufrimiento Elizabeth sentía empatía dado a que con la gente mostraba una crueldad juguetona y un perpetuo aire de superioridad. La puerta sonó al abrirse y por allí entró la desaparecida.
         —¡Ah, ahí estás, Adora! —sonrió quitándose el saco — Espero que  no haya arruinado tu ropa con sus garritas, no podrías mostrarte en público, o al menos no deberías hacerlo.
         —Él sí viene conmigo cuando se lo pido, Catra —gruñó Adora, levantando la vista mientras dejaba ir al gatito.
         —¡Qué etheriana eres! Deberías saber que la puntualidad...
         —"...es el ladrón del tiempo" —terminó la frase rodando los ojos—, puedes al menos usar una excusa nueva.
         —¿Por qué cambiar lo que ya funciona?
         —Me irrita oír eso siempre, Catra.
         —Es novedad lo que buscas, querida, pero ignoras que, si todo cambiara constantemente, no habría verdades, ni mentiras, ni hallazgos, ni discusiones, ni nada de lo que hace mínimamente interesante el hablar con alguien. Sí, eso es algo que sólo se aprecia cuando es escaso.
         —Puede que tengas razón.
         —Siempre me la das.
         —Y es por eso que quería hablarte. Se trata de un asunto muy importante y tu consejo es vital para mí.
         —Debe serlo si eso ha hecho que canceles tu merienda con Bow.
         —Pobre Bow, hace tanto tiempo que no lo veo. Pero he estado tan ocupada, y no podría hablar de esto con él, no entiende la vida como lo haces tú. Tampoco ha de entender nada sobre el amor.
         —Con que de eso se trata, eh —rió Elizabeth, sentada en un sillón enfrentado al de Adora y con Melog en sus piernas—. Debí suponerlo. ¿Quién tiene la fortuna?
         —Ella es una actriz.
         —Es un debut bastante corriente.
         —No dirías eso si la vieras. Se llama Glimmer Moon.
         —Jamás oí sobre ella.
         —Nadie ha oído, pero algún día su nombre dará la vuelta al mundo. Es una genio.
         —No lo creo. Es más, en poco tiempo dejarás de verla así y la cambiarás por alguien que te sacie el hambre de novedad. Así funciona a tu edad. Llegado cierto punto, sólo sientas cabeza por mera inconformidad o la opinión popular.
         —¡Qué cosas tan horribles dices, Catra! Hablas así únicamente porque nunca te has enamorado de nadie. Ya estás muy enamorada de ti como para hacerlo.
         —Oh,  no me hagas caso. Dime cómo tropezaste con ella.
         —Muy bien, te lo diré, Catra. Después de todo, tú me abriste los ojos. Hiciste que sintiera una profunda curiosidad por la vida y los tesoros que ella alberga. Poco tiempo después de haber recibido en casa mi retrato -el cual me inspira muchos celos por ser dos meses más joven que yo-, decidí salir a la calle y observar a la gente, a cada uno de ellos e imaginar cómo serían sus vidas. Ver sus caras y tratar de deducir sus deseos, sus pecados, sus secretos. Llegado un punto me aburrí de inventar historias con extraños vulgares y quise ver historias de verdad, de modo que fui al teatro. Estaban haciendo una muy burda interpretación de Romeo y Julieta. Los sucios vestuarios remendados a groso modo, las líneas mal citadas en pésima interpretación y el mugroso estado del lugar en general me produjeron tal repulsión que aparté la vista y estuve cerca de retirarme. Fue allí cuando una hermosa voz me detuvo. Catra, no tienes idea de cómo fue. El apolillado escenario y vestido no me importaron en absoluto. Tan maravillosa fue su actuación que jurarías estar frente a la verdadera Julieta. Me reí en la fiesta, me enamoré perdidamente en la torre, sentí celos en la iglesia, e incluso lloré desconsoladamente en el mausoleo del final.
         Habido cerrado el telón, conseguí escabullirme hasta la puerta del maltrecho camerino y la abrí sin preguntar, cegada por la emoción. Aún no olvido su rostro cuando la descubrí cambiándose y apuesto a que yo tuve una expresión aún más apenada. Luego de muchas disculpas y sintiendo una vergüenza mortificante, le confesé mi fascinación por su talento y le pedí saber su nombre. Glimmer Moon, me respondió. Ella se rió, seguramente por mi maravilla ante un nombre tan hermoso como el suyo.
         —Se nota que eres una dama de muy buena sociedad  —acertó ella ya más confiada—, pero considero inapropiado llamarte milady. Eres más como un príncipe de cuento. Te llamaré "Princesa".
         Oh, Catra, no hay palabras, simplemente no las hay para describir lo valiente y encantadora que es. Desde aquella vez no hay semana en la que no asista al teatro y acabe con un regalo para ella.  Es imposible no sufrir los miércoles con su Crésida y como Hipólita los viernes presenta una audacia que pocas veces vi en una mujer.
         —¿Y cuándo es Glimmer Moon?—preguntó Elizabeth, encendiendo otro cigarrillo.
         —Nunca. Su madre no me permite verla afuera del teatro.
         —Entonces no la amas de verdad, Adora, sólo quieres una muñeca para tu deleite.
         —¡Más te vale retirar lo que dijiste, Catra, no lo toleraré! Glimmer Moon es más que un capricho. ¡Ella es todas las heroínas que la historia ha conocido! Tanta es mi devoción, que planeo enfrentar a su horrible madre la próxima vez que asista al teatro  para pedirle su mano allí mismo.
         Elizabeth observaba con placer y regocijo cómo Adora sentenciaba y exclamaba efusivamente de pie frente a ella. El quieto capullo que había conocido en el estudio de Bow estaba floreciendo, revelando colores nuevos  bajo intensas y apasionantes emociones que la sacudían, encendiendo una llama salvaje en su interior. ¡Qué deliciosa y fascinante era aquella muchacha! Pensó entonces en la propuesta de Adora.
         —¿Cuándo planeas verla?
         —Su próxima obra es el martes como Antígona —recordó Adora—, pero iré el jueves, y allí será Julieta. De hecho, quería pedirles a ti y a Bow que me acompañen y así puedan conocerla.
         —El jueves entonces.
         Esa misma tarde encerrada en su camerino, se encontraba Glimmer Moon, disfrutando otra vez el perfume del ramo de rosas que Adora le había regalado el pasado viernes. Sabía que debía parecer una niñita en ese momento, mas poco le importaba mientras su mente no dejaba morir la imagen de su encantadora Princesa observándola como si fuera la más brillante entre las joyas. Pensar que alguien como ella, que había de poseer toda la comodidad y lujos imaginables se encontraba así de enamorada por una pobre actríz de la calle como ella no ayudaba a bajarla de la nube en la que estaba. Desde la puerta, Sean Hawkins miraba a la distraída jovencita con preocupación.
         —Glimmer —empezó —, estaba pensando que, cuando vuelva a la marina… No me fío de esa mujer, Glimmer, ni un poco.
         —Tú no te fías ni de tu propia sombra  —le restó valor la joven.
         —Alguien con su posición y su físico de seguro tiene a tanto hombre y mujer como deseé; desechables como los cigarrillos o un caramelo para entretenerse. No la veo muy distinta a todos esos hombres de su misma clase, que nos miran como si fuéramos ratas agigantadas y creen tenernos a su disposición, igual que monos de circo, sólo para entretenerlos con nuestra miseria.
         —Princesa no es así, Sean.
         —¿Cómo lo sabes?
         —Para empezar, no es un hombre —dijo Glimmer, soltando una risa.
         —Hablo con absoluta seriedad, Glimmer. Me niego a dejarte en sus manos por más enamorada que estés. Poco más que tu nombre te ha preguntado.
         —Escucha  —habló Glimmer mientras se acercaba a Sean—, agradezco mucho tu preocupación. Desde que tengo memoria, tú y mi madre son todo lo que tengo, eres como mi hermano mayor. Pero deberías aprender a confiar más en la gente. Ver más allá de su aspecto y, tal vez, intentar descubrir más sobre su alma. Tú me lo has enseñado a mí.
         —No  me perdonaría si llegara a
herirte. Estoy dispuesto a desertar con tal de procurarme que aquello no ocurra.
         —Te volverías un fugitivo de ser así.
         —Tomaré el riesgo.
         —¡Díos santo!  —suspiró irritada, Glimmer— ¿Hasta cuándo tú y madre me dejarán vivir un poco? No he visto más que este teatro y caras desconocidas. No he vivido amores que no sean los de Shakespeare o sufrido tragedias más recientes que las de Homero. ¿Cuándo es que permitirán dejar atrás los libretos y el maquillaje e interpretar mi historia?
         Sean, aunque muy terco y orgulloso, también sentía con facilidad, sobre todo hacia la chica que para él era su hermana pequeña. La posibilidad de que en su ausencia alguien lograra hacerle un daño atroz y perfectamente evitable lo sacudía desde sus entrañas; sin embargo, no podía evitar ese dolor en su pecho ante el padecimiento de Glimmer, encerrada en su propio hogar y privada de la misma vida. Entonces, temiendo arrepentirse, se acercó al espejo donde estaba y cedió.
         —Si crees que ella te hace feliz, Glimmer...
         —¿De veras? —preguntó sonriente.
         —Pero prometo que si llego a enterarme de que te lastimó, aunque solo te haya roto el corazón, me encargaré de matarla con mis propias manos.
         —Puedes estar tranquilo, Sean. Además, no hay que ser tan extremos —levantó el dedo para relajar sus ideas—, ella no pidió mi mano. Y no creo que lo haga hasta que regreses.
         —Son veinte años en la otra esquina del mundo, Glimmer.
         —Si eso es lo que tendrá que esperar, lo hará.
         Ambos se abrazaron, sintiendo  nostalgia aún faltando un día para la partida.
         —¿Me enviarás cartas? —preguntó Sean.
         —Cada día. Me aseguraré de que mamá las envíe.
         —Y esa mujer...
         —Adora.
         —Adora, sí...
         —Sabré cuidarme bien en caso de que se pase de lista  —concedió para calmar al hombre.
         Un día martes por la mañana, Glimmer y su madre,  la señora Angella, se despidieron de Sean en el puerto de Salineas. A pesar de no estar completamente convencido de dejar sola a ambas mujeres, en el rostro de Glimmer encontró consolación suficiente para subirse al barco y partir con paz, anhelando que esos veinte años se pasen en un parpadeo. Por su parte, Glimmer confiaba en Adora para consolarse y aliviar su melancolía.
         Fue así que el ansiado jueves llegó. Adora se presentó una hora antes de la función, con el cabello recogido en una coleta baja y vestida con su chaleco más brillante, pantalón bien planchado y una joya adornando su pecho. Le siguió Bow, quien la saludó con un caluroso abrazo.
         —Hoy es el día, amigo —dijo Adora con los ojos iluminados.
         —¿Crees estar lista? —preguntó Bow.
         —Estoy segura —sentenció altiva—. Nada, ni siquiera su madre me detendrá para pedir finalmente su mano. A propósito, ¿dónde está Catra?
         —No tuve noticias de ella en todo el día.
         Adora resopló,  agarrándose la cintura.
         —Habrá acaso una vez...
         —No desesperen, caballeros —anunció Elizabeth, llegando a trote—, que el apoyo ha llegado.
         —Menos mal  —dijo Adora.
         —No podría perderme este evento, en especial si involucra ver a Bow vistiendo traje —bromeó la joven lady.
         —Incluso un artista incivilizado como yo puede seguir la etiqueta cuando un amigo lo requiere, Catra. Pero sería tonto de mi parte esperar que entiendas el concepto de respeto al ser querido.
         El notorio mas no explícito reproche provocó una sonrisa maliciosa en Elizabeth, viendo al resentido pintor.
         —No empiecen a pelear ahora  —intervino Adora—. Vamos, entren los dos, que la obra está por comenzar.
        En la fila del medio, Bow y Elizabeth estaban expectantes al mismo tiempo que Adora sentía vibrar de emoción y casi saltar cuando su amada estrella apareció. Mas contra todo pronóstico, lo que debió ser una tarde de revelaciones majestuosas se convirtió en una pesadilla. Pasaban las escenas y Glimmer Moon ya no parecía ella. Citaba mal sus líneas, olvidaba los tiempos y hasta improvisaba bromas sin sentido en escena. Poco a poco los rostros de Bow y Elizabeth se contorsionaron en incomodidad, ignorando cómo a su lado los ojos de Adora se cristalizaron por el dolor en su corazón al ver que su hermoso destello en medio de la inmundicia se había apagado. Se sentía defraudada, herida por una daga hirviente en el puño de un monstruo de espantosa sonrisa. Al finalizar la obra, la joven lady y el pintor buscaban palabras para aligerar su disgusto.
        —Bueno, este, creo que tiene cierto porte.
        —¿Cierto porte, Bow? ¡Fue terrible! —exclamó Elizabeth con indignación— Un anciano cubierto de verrugas pudo darme una mejor Julieta que ésta chiquilla.
        —No puede ser —murmuró Adora cubriéndose la boca —. ¡Oh, Díos mío, no es verdad!
        —Adora... —se acercó Bow con cuidado.
        —¡He de resolver esto ahora mismo! ¡Espérenme afuera! Oh, Díos...
        Adora se abrió paso entre la gente, empujándola con brusquedad en su prisa hacia el pasillo podrido y estrecho por donde accedió al camerino de Glimmer Moon sin mediar advertencia. Glimmer la recibió dichosa.
        —¡Princesa, te esperaba!
        —Glimmer —tartamudeó Adora sin superar su impacto—, eso fue...
        —¿Terrible, verdad? ¡Inhumanamente desastroso! —rió la jovencita.
        —¿Quieres decir que lo has hecho a propósito? —se horrorizó aún más, Adora.
        —¡Sí, Princesa, eso es! Luego de tan penoso acto, nuestro contrato con el dramaturgo se acabará. ¡Así podremos estar juntas sin tener a mi madre ni a esta pocilga de por medio! —Glimmer festejó, ahogada en su propia euforia— ¿No es maravilloso?
        —¡No!
        Glimmer retrocedió, confundida por la ira en la voz de Adora.
        —¿No te alegras?
        —¿Alegrarme? ¿Estas bromeando?  ¡Fue la peor maldad que pudiste hacerme! —exclamó Adora. Le hervía la sangre mientras la expresión  de Glimmer se teñía en dolor— Y pensar que pretendía pedir la mano de una embustera como tú. ¡Idiota, idiota y mil veces idiota!
        —¡Princesa, espera! —rogó, tomando su mano.
        Adora la apartó con asco.
        —¡Ni se te ocurra tocarme, zorra!
        Glimmer cayó sollozando frente a Adora Grayskull, llevándose una mano al corazón.
        —¡Lo siento, de veras lo siento, Adora! ¡Por favor te pido que me perdones, de rodillas te lo pido, Adora.
        —¿Debería creerle a alguien como tú? —dijo bajando la vista, su voz antipática y cruel— La mugre de tu clase siempre es igual: miserable, ruin y fraudulenta; y así morirán todos ustedes. No te atrevas a usar mi nombre nunca ni a buscarme, Glimmer Moon. ¡Te maldigo por enamorarme!
        La muchacha, aún en el suelo, gastó aliento y lágrimas en vano mientras su amada y dolida princesa abandonaba el teatro. Adora se sentía traicionada, y a pesar de que un aire de arrepentimiento por lo dicho en aquél camerino la querían hacer reflexionar, el despecho la condujo hacia su carruaje, evitando volver la mirada hacia ese repulsivo edificio.

El Retrato de Adora Grayskull (ADAPTACIÓN)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora