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         El tiempo pasó y el nombre de Adora Grayskull se hizo cada vez más conocido entre la buena sociedad -o al menos la que así se hacía llamar- gracias a las extravagantes fiestas que ofrecía, haciendo gala de una actitud deliciosamente irresponsable y brillante. No había nada que a esas reuniones les faltara, y si lo había, pronto sería agregado.  Las reglas y control perdían todo su valor cuando las puertas se abrían, pues no tenían sentido de ser en el paraíso delirante y excesivo que era esa mansión. Cada placer, cada pecado, cada preciosa y prohibida lujuria, fuera cual fuera, ninguna permaneció como un secreto para ella, que reía rebosante por el poder que poseía gracias a su ahora eterna e incorruptible belleza.
         Por las noches, Adora acostumbraba subir al ático, vela en mano, y ahí permanecía por largo tiempo, sentada con una copa de vino frente al cuadro el cual observaba sonriente. Por momentos le causaba repulsión y otras veces lograba aterrorizarla, más por la idea de poder ser descubierto que por las futuras consecuencias,  terrenales o espirituales, de sus crímenes y desenfrenadas pasiones. A veces conversaba con él, burlándose de su deformidad mientras que a ella no la tocaba ni el polvo. Sentía lástima, sentía curiosidad, pero nunca dejaba de fascinarla. Se había tornado hipnótico, casi adictivo admirar la verdadera naturaleza de su alma en ese espejo de óleo y marco de bronce.
         Sus paseos con Catra también se convirtieron en una parte vital de sus semanas, pues era ella con quién podía pensar realmente, influenciada por su intelecto el cual inspiraba su parte más creativa y curiosa, de la mano con una voz seductora capaz de atrapar  al más escéptico. En ella veía una ventana hacia los más intrigantes misterios y la representación misma del genio y la sabiduría. Seguía fielmente sus palabras, además de poner en práctica sus consejos y dejarse llevar con gusto por sus ideas y halagos.
         También recibía cartas de Bow, pero estas terminaban abandonadas en un rincón de la mesa y posteriormente, amontonadas en la papelera. Inclusive llegó a olvidarse de su existencia en aquellos magníficos momentos de disfrute y grandeza en los que se hallaba ajena al ayer, al tiempo y a la misma vida, disfrutando del frenético hoy en el que, ebria por los licores su propia autonomía y placeres, era la reina del mundo. Por su parte, el joven pintor Georgeson esperaba respuesta a cada una de sus cartas, aún sabiendo que nunca llegarían. Estaba preocupado por el paradero de su amiga, quien para él, recluido en su casa en el campo lejos del chisme citadino, era una desaparecida. Largas eran las tardes en las que se enfrentaba a un lienzo blanco y frías las noches cuando los recuerdos con su querida Adora lo privaban del sueño, creando tantas posibilidades. En todas ellas, siempre se lamentaba de la presencia de Elizabeth la mañana que reveló el cuadro, imaginando qué habría pasado si la hubiera echado de su casa aquella vez. Mientras más conocido y escandaloso era el nombre de Adora Grayskull en la ciudad, más lejano resultaba para Bow, sintiendo siglos de soledad. En la sala, tocaba melodías melancólicas sin saber de las vibrantes y violentas notas que retumbaban en la mansión Grayskull, llena de rostros extraños, terriblemente finitos y cambiantes mientras Bow anhelaba la vista de una única cara que nunca soltaba su memoria y tan bien conocía. No se enteraba de los pecados ni excesos que allí se sucedían, desconsolado por la falta de aquella preciosa voz y su tacto suave, íntimo, libre de cualquier carnalidad primitiva y banal que tan común era entre las paredes finamente tapizadas, lujosos sillones y suelos alfombrados repletos de botellas, telas y piel.
         Llegó un día de otoño en que, enfrentado a un lienzo que había guardado pinceladas por días y noches enteras, decidió que ya no esperaría más. Bow se levantó de un salto, vistió su ropa más presentable y tomó un viaje hacia la ciudad con el objetivo de reencontrarse con su belleza perdida. Fue la primera vez que pudo ver la mansión Grayskull, intrigado por el bullicio que traspasaba los muros. Lo dejaron ingresar tras presentarse como Bow Georgeson, íntimo de la señora, a quien esperaba ver apenas entrar. El enérgico caos de la sala lo hizo retirarse inmediatamente con estupor. ¿Había recordado correctamente la dirección? ¿Ésta era la casa de su Adora? No había dos con ese nombre, entonces cómo, en nombre de Díos… Decidió entonces buscar en las habitaciones de arriba, evitando a la gente y la ayuda de cámara, quienes le indicaron que la señora estaba en la biblioteca, hacia donde se dirigió con determinación. Creyendo que detrás de la puerta su sospecha se confirmaría, irrumpió confiado, sin anunciar. Grande fue su sorpresa  cuando divisó recostada junto a dos damas en el suelo, a la mismísima Adora Grayskull, quien se demoró más de lo normal para identificarlo.
         —Bow —reconoció la confundida mujer.
         Enmudecido por su incredulidad, el pintor se alejó a paso rápido. Adora lo siguió luego de pedirle a las damas que aguarden allí, sin molestarse en acomodar su camisa o calzarse. Se tambaleó un poco en las escaleras,  bajando sin perder de vista a su amigo a quien logró tomar del brazo para meterse en el vestíbulo.
         —¿Por qué te vas? Es una gran sorpresa tenerte aquí.
         —Yo… Esto… —vaciló— Me temo que no estás… decente para que hablemos.
         —¿Qué? —se rió perezosamente Adora— Por favor.
         —Adora, apenas logras mantenerte parada.
         —Vamos, amigo, que llevo como un lustro sin verte.
         —Tú no contestaste ninguna de mis cartas.
         —Cartas, cartas, cartas… —repitió, juntando las cejas. Tenía la voz ronca y sus ojos estaban adormilados— Ah, he recibido tantas cartas, sí.
         —Me retiro —sentenció, apartandose con frialdad—. Disfruta de tu fiesta.
         —¡Espera!
        Adora retuvo a Bow de los hombros y los encaró. Durante unos momentos no supo centrar la mirada, divagando hasta que decidió recorrer la figura entera del artista. Deslizó entonces su mano para tocar su cuello.
         —Estaba pensando que —habló, sonriendo a la vez que acariciaba los cabellos de su nuca— no te he expresado correctamente mi gratitud.
         El pintor se paralizó ante el cambio repentino en la actitud de su amiga. Tan atrevido tacto agravó el pánico que lo anclaba en el estrecho vestíbulo, impidiéndole decir nada concreto. De forma pausada, los ojos de Adora se posaron en los labios entreabiertos de Bow, y seguidamente aproximó su rostro para presionarlos con los suyos. Corroboró la reacción de su amigo. Al verlo estático, mudó la atención a su cuello, abriendo simultáneamente los botones de su camisa. Entre aquellas cuatro paredes, Bow se sofocó por la forma en que su deseo de abandonar de inmediato aquel desagradable lugar se veía superado por el intenso perfume de rosas que bañaba el cuerpo de Adora, unido a la sensación de sus suaves labios acariciando su piel. Adora volvió a mirarlo a los ojos y se atrevió a lamerle los labios, morderlos, logrando que cediera, guiado por el sabor a licor de su boca. Presionando con fuerza su cuello, Adora lo forzó a ponerse de rodillas frente a ella y procedió a desabrochar su cinturón, encendiendo un cosquilleo de razón que luchó para tomar el control del pintor. Un cosquilleo que desapareció bajo el fuerte agarre que Adora ejerció sobre su nuca. La música seguía resonando en el gran salón, alcanzando a agitar las hojas de los árboles del patio.

El Retrato de Adora Grayskull (ADAPTACIÓN)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora