Desde el pasillo, se oían rebotar unas notas musicales por las paredes, dotando el ambiente de una gran serenidad, esto gracias a las delicadas manos que tocaban con precisión. Allí, de pie y con la mirada perdida en las teclas, se hallaba Adora Grayskull.
—Lamento no evitarlo. Necesito recordar mejor esta canción.
—Será todo tuyo en cuanto termines de posar para mí, Adora -se sonrió el pintor.
—¿Aún debo posar? -preguntó Adora Grayskull, riendo ligeramente- No creo poder soportar otra de tus largas sesiones. Al menos podrías permitirme hablar contigo mientras pintas.
En el instante en que advirtió la presencia de Elizabeth, Adora se detuvo, sintiendo un pequeño calor en el rostro.
—Mis disculpas, Bow. No sabía que tenías compañía.
—Y yo no esperaba tenerla -dijo Bow entre dientes-. Adora, ella es Elizabeth D'Horde.
—Mis cercanos me llaman Catra, señorita Grayskull -sonrió al besar la mano de Adora.
—Es un placer. Por cierto, Bow, ¿dónde está el cuadro? Quedamos en que podría verlo hoy.
—El cuadro, sí...
—No podrá verlo, señorita Grayskull -interrumpió Elizabeth.
—¿Cómo que no?
—Verá, Bow no planea mostrárselo.
—Es que te lo regalé, Adora.
—¿Regalármelo? ¿Está en mi casa el cuadro?
—No, pero planeaba enviarlo allá -continuó Bow, acercándose a Adora con brusquedad-. Es una muestra de mi amor -le tomó la mano-, por haberte modelado.
—Yo diría que lo acepte, señorita Grayskull.
Adora vaciló por unos momentos para luego posar sus manos en los hombros de Bow.
—Bow... ¿Cómo puedo agradecerte esto?
—No debes hacerlo, querida Adora.
—¿Puedo pagarte?
—¿Crees que tiene precio?
—No sabría decirlo.
—Oh, todo tiene un precio -se acercó Elízabeth- si estás dispuesto a pagarlo.
—De ninguna forma -negó Bow y volvió la vista a Adora-. Y si hay acaso uno, Adora ya lo pagó muy bien. El solo brindarme su sonrisa la libró de toda deuda.
—Eso no me costó nada.
—Así lo ves tú -Bow cerró un poco más la distancia entre ellos-. Pero después de todo, fue por tu belleza que me inspiré.
—Sí. Es una pena que no dure mucho tiempo -suspiró Elizabeth, dándoles las espalda.
—¿Cómo dice?
—No le hagas caso, Adora. De hecho ¡decidí que no he de hacerte esperar más! Verás tu retrato hoy mismo. Acompáñame al estudio, por favor.
En el camino hacia el estudio, Adora Grayskull miró de soslayo a lady Elizabeth y su sonrisa causada por la evasiva actitud del joven Georgeson. En cuanto la puerta se abrió, Bow corrió hacia un enorme mueble en el extremo del cuarto. Adora parecía divagar un poco cuando Elizabeth repitió en voz alta— El precio... Por cualquier cosa, sólo hay que estar dispuesto a pagarlo.
Cuando Adora iba a replicar, Bow llamó nuevamente su atención.
—¡Aquí está, Adora! -exclamó, acomodando un enorme lienzo en donde antes estaba la más reciente pintura- Catra -dijo Bow con una expresión extraña antes de retirar la sábana-, ¿me juzgarás descortés si te pido que te retires?
—¿Por qué habría ella de hacerlo?
—No, es cierto -replicó lady Elizabeth-. Me temo que debo atender un irritante asunto con mi madre, lady Shanon. Hasta luego, Bow. Señorita Grayskull.
Pero cuando Elizabeth se disponía dar la vuelta, Adora se volvió hacia el pintor.
—¿Es necesario? Si temes que me inquiete, te aseguro que no es así, Bow. ¿O me expresé mal en la sala?
—Nada de eso, querida Adora.
—¿Desea usted que me quede entonces? -preguntó Elizabeth, levantando la vista sobre el hombro.
—No creo que sea buena idea.
—¿Dónde está el espíritu hospitalario de tus padres, Bow?
—Crees que no conozco tus intenciones, Catra. Te aprovechas de que Adora no te conoce como yo.
—Yo sólo deseaba ver el hermoso cuadro que con tanto amor le has pintado a Adora Grayskull.
—¿Y tu madre?
—Oh, ella puede esperar si así lo desea la señorita.
—¿Qué te gustaría, Adora? -preguntó finamente.
—Sería un gusto para mí. Si no hay inconvenientes.
—Relájese, que no lo hay -Elizabeth se acercó a los dos amigos-. Adelante, Bow. Ya nos has hecho esperar mucho a la señorita Adora Grayskull y a mí.
Con una última mirada hacia Adora, Bow tomó la sábana con ambas manos y, en un veloz movimiento, la retiró, revelando finalmente el retrato de Adora Grayskull.
Su figura, en una pose firme, destacaba del fondo. Sus cabellos rubios brillaban, dorados y suaves, aún atados en una coleta baja, caían sobre la frente. Y esos ojos tan claros e intensos tenían una naturaleza atractiva, atrapante, tal y como eran en la realidad. Ni una mancha en su tez ni hilo suelto del chaleco rojo. Por minutos enteros, golpeada por el asombro, Adora Grayskull no habría de percibir los comentarios elogiosos detrás suyo ni su infantil rostro de sorpresa. Bow, en cambio, se vio momentáneamente alterado.
—Adora, ¿qué ocurre? -preguntó, tocando su hombro- ¿Acaso te disgusta?
—¿Qué? ¡En absoluto! Es maravilloso, Bow. Me dejó sin palabras.
—Si me permite el atrevimiento, señorita Grayskull, no es nada más que un fiel reflejo de la realidad -dijo Elizabeth a su lado.
Adora miró el retrato de nuevo, sintiendo una diminuta sonrisa cosquilleándole la cara.
—¿Así me veo yo en verdad?
—Nada más ni nada menos.
—Sí. Al menos por una temporada.
—Lograrás que me arrepienta de retenerte aquí, Catra -dijo Bow, poniéndose firme.
Entonces, algo en Adora Grayskull emergió. Poco a poco, una sensación extraña, ajena, ganó fuerza desde su pecho hasta sus facciones, endureciéndolas y su mirada, penetrando en el lienzo. Petrificada frente a tan brillante obra, Adora Grayskull jadeó.
—¿Adora?
—Lo siento, Bow -tartamudeó ella-. Ha de ser el calor. Me sofoca.
—La señorita Grayskull está en lo cierto, la temperatura aquí no se soporta.
—Mis disculpas, querida Adora. No noté tu incomodidad. ¿Deseas salir al jardín?
—Con tu permiso.
—Yo igual, Bow.
—Por supuesto. Adelante, haré que Kowl les lleve bebidas frías. ¿Gustas algo en específico, Catra?
—Durazno está bien, amigo. Con hielo.
Al ver lo alejada que estaba Adora, lady Elizabeth apuró su paso por la casa, dejando así sólo a Bow.
En el jardín, Adora Grayskull se encontraba quieta a la sombra de las ramas de un árbol. Sostenía en su mano una rosa, cuyos pétalos le acariciaban la nariz siguiendo el viento. Con los ojos cerrados, aspiraba el perfume del centro, sintiéndolo penetrar en su interior para llevarse toda perturbación al exhalar.
—Es sabia al hacer eso -susurró lady Elizabeth a su lado, encendiendo las mejillas de Adora-. Sí, se trata de uno de los secretos de la vida: curar los sentidos por medio del alma y el alma por medio de los sentidos -sostuvo otra flor con sus dedos y disfrutó de su perfume para volver hacia la joven-. Es usted increíblemente hermosa, señorita Grayskull. Pero eso ya se lo han de haber dicho incontables veces, ¿no es así? Pero nunca lo había entendido realmente. No hasta hace unos momentos, ¿me equivoco?
En aquellos ojos brillantes, Elízabeth podía descubrir la fascinante marea de sensaciones que sacudía los adentros de Adora Grayskull en su intento de responderle. Sonrió.
—Venga conmigo a la sombra. Kowl nos ha traído las bebidas.
Se sentaron ambas en un banco situado bajo un muro. Adora observaba aún con intriga a la fascinante mujer al lado suyo. Sus ojos de color disparejo, siempre relajados acompañaban la sonrisa que parecía no soltar su rostro nunca. Y esa voz, tan distante como era a la de cualquier músico u orador, poseía a su vez una misteriosa cualidad, haciendo de ella algo adictivo, necesario.
—Es verdad -consiguió decir la jovencita-, sobre lo mucho que me han destacado mi apostura, pero nunca lo disfruté. Me pareció de hecho terriblemente cansino oirlo esta mañana.
—Hasta que se vio en su retrato, pues recién puede descubrirla. Y no crea que mis comentarios son meros halagos vacíos, se los merece. Por mi parte, yo creo que la belleza es la maravilla de las maravillas puesto que no requiere explicación. Es un regalo, una virtud, y la más grande por sobre cualquier otra. No admite discusión. Tiene derecho de soberanía. Convierte en reyes a quienes la poseen. Brinda poder y lo confiere todo. Allí se halla, sin embargo, una naturaleza fugaz. ¿Sonríe? Hágalo sin pena, mientras pueda. He de recordarle que ,lastimosamente, su propia virtud no está exenta de la adversa mortalidad.
Sí, son las consecuencias, y de ellas nadie escapa. Las malvadas brasas de la pasión, las arrugas el pensamiento, las manchas del placer, no hay cómo evitarlos. Al menos usted no tiene como, contrario a la pintura, que será siempre su cuadro pero no su retrato.
—Me confunde, Elizabeth -balbuceó Adora-. Tengo bien entendido que los cuadros también sufren el paso del tiempo.
—Y aquello se resuelve con una restauración apropiada, la cual no existe para el alma, reflejada inevitablemente en la carne. Es así como logran ver el alma los mortales. Muchos dirán que es una idea superficial, pero déjeme decirle, señorita Grayskull, no hay peor error que el no ser superficial e ignorar las cicatrices en nosotros a causa de las pasiones, por más ocultas que creamos que se encuentran. ¿Y esa cara de horror? Digo la verdad. Todos tenemos pasiones e impulsos que, de salir a la luz, serían terriblemente penados, incluida usted; está en nuestra naturaleza y por lo mismo es que hemos de dejarnos llevar por ellas una vez, como mínimo. Y entonces sólo le quedarán los recuerdos de viejos triunfos, la amargura de sus derrotas o el arrepentimiento por algún impulso inmoral y salvaje que tuvo. Y en su cuadro ya no verá otra cosa que una cruel burla hacia usted y las cenizas de lo que fue algún día.
¡Oh, disfrute su juventud, señorita Grayskull! Disfrútela mientras la posee. Ríase de los tontos, los anodinos y los mediocres. Dése cuanto placer se le antoje. No despilfarre su dinero en perdedores y caridades sin rumbo. Viva todo lo que haya que vivir, sienta todo lo que el mundo tiene para ofrecerle, pues por una temporada, es todo suyo; cada pasión, cada riqueza, cada alegría, cada victoria. ¡Oh, juventud¡ ¡No hay nada excepto la juventud!
Con las últimas palabras de lady Elizabeth haciendo eco en su mente, Adora permaneció quieta, fijando su mirada en el vaso frío y aún lleno. Cómo los hielos pegados entre sí en el fondo poco a poco se deshacían bajo el calor influido por su propia palma, se achicaban, consumidos, diluyendo el dulce contenido hasta desparecer por completo. De su transe la sacó el zumbido de una abeja volando en dirección a una de las flores bajo el árbol. Le balanceó hacia delante y hacia atrás para luego ser sacudida con la partida del insecto. Pensó entonces Adora en cómo los sentidos se agudizaban tras verse afectados por una revelación impactante, encerrándonos en una burbuja donde el tiempo pasa de forma tan lenta.
—Ellas también se verán afectadas por el tiempo -murmuró Adora sin apartar sus ojos de las flores.
—Por supuesto, toda flor se marchita; pero resucitarán más tarde. Como el sol que al esconderse nos deja la certeza de que saldrá eventualmente.
—Y -vaciló por un segundo- ¿por qué yo no he de hacerlo? El florecer de nuevo.
—¿Cómo espera que lo sepa, querida Adora? ¡Yo no soy Díos! -rió Elizabeth- Sabe, creo que es mejor regresar al estudio, o Bow podría ponerse de mal humor. No olvide su vaso.
Sin separarse, Adora y Elizabeth se dispusieron a volver a la casa, manteniendo silencio en su camino, por lo menos hasta la entrada, donde Elizabeth sonrió.
—Le alegra haberme conocido.
—Me temo que sí. Pero no sé si sienta lo mismo por siempre.
—¡Siempre! ¡Qué palabra! Las mujeres suelen usarla siempre. Arruinan las mejores historias de amor pretendiendo que duren para siempre -reflexionó, ligeramente ofuscada-. La única diferencia entre la eternidad y un capricho es que el capricho dura un poco más.
En la entrada del estudio, antes de que Elizabeth abra la puerta, Adora la agarró del brazo.
—Entonces, deseo que nuestra amistad sea un capricho.
Apreciando su afectada expresión, coloreada por un rubor inexperto y encantador, Elizabeth apretó el hombro de Adora y le regaló una sonrisa más gentil que la que solía lucir, sabiendo cuánto significaría ese solo gesto.
Bow terminaba de limpiar cuando entraron al cuarto otra vez.
—Haré mandar el cuadro a tu casa inmediatamente, Adora. En una semana estará ahí.
—Te lo agradezco -dijo Adora y, dudosa, se dirigió hacia el retrato.
Lo observó minuciosamente, perdida en su propio aspecto, desde el brillo de sus zapatos, pasando por la mano apretada en su pecho y últimamente, sus ojos. Y el débil resonar de las palabras de Elizabeth continuaba allí, desencadenando una profunda inquietud.
Era cierto. Cuando joven, Adora había tenido impulsos que no supo comprender y la mantuvieron en vela durante mucho tiempo... ¿Pero aquello importaba cuando poseía tan magnífica belleza y vitalidad? ¿Había acaso vergüenza que debiera mortificarla a ella? ¿Pasión de la que privarse? ¿Sensaciones a evitar o deseos que debían ser reprimidos, ahogados y no explorados nunca? ¡Absurdo! Suyos eran el poder y la gracia. ¿Qué podría detenerla entonces? ¡Era inconcebible! Se trataba de un derecho, un objetivo, un deber. Y recién lo había comprendido. Lo había descubierto finalmente. Fue allí, cautivada por sus ojos y con gran euforia incendiando su espíritu, que recordó aquello inevitable: el momento en que toda esa hermosura, juventud y, no mucho después, la propia vida se apagarían eternamente, dejándola como un triste montón de huesos y carne podrida entre gusanos que conservaría a duras penas un nombre grabado en piedra; idéntica a cualquier desgraciado animal sucumbido ante la peste o los deseos de otro poseedor de todo lo que ella tuvo.
—Una forma... -murmuró, tiritando.
—¿Adora?
—Si tan sólo lograra repeler las garras del tiempo y conservarme tal y como hará éste cuadro... O hacer que él sea el que envejezca y yo no.
—No creo que eso sea muy favorecedor para tu obra, Bow -se rió Elizabeth.
—Para nada, Catra. Lo destruiría de ser así.
—Por supuesto -dijo Adora, apretando los puños-. Eso es lo más importante para ti, ¿verdad, Bow? Te gusta todo aquello en lo que puedas reflejar tu arte. Significo lo mismo para ti que tus esculturas de bronce o tu arco de plata. ¡No! ¡Aún menos! Esos te gustarán siempre ¿pero hasta cuándo te gustaré yo? ¡Cuando notes la primer arruga en mi cara!
—¡Eso no es cierto, Adora! -exclamó Bow, agarrándose el pecho- Nunca te pondría por debajo de ningún objeto material, ¡tú vales más que todos ellos!
—¡Mi belleza es lo que me da valor! Ahora lo sé. Y estoy destinada a perderla para siempre -hablaba la joven, sintiéndose agitar por la angustia-. Si tuviera una manera de evitarlo.
—Eso sería equipararte con Díos, Adora, y te maldices con sólo hacerlo. Moraliza. No podría nunca hacerte de lado, eres mi amiga.
—Por ahora.
—¡Ya fue suficiente, Catra!
—Sólo estoy jugando con la idea, amigo. Señorita Grayskull, dígame ¿qué daría usted de ser posible tan ambicioso sueño?
¿Qué daría? Todo tiene un precio, ¿pero cuál? ¿Qué podría dar ella a cambio? Reflexionó, hundida en mortificante silencio, sosteniéndose cabizbaja contra el retrato. Ideas, ideas que presionaban el centro de su pecho y la desestabilizaban iban brotando, evolucionando con una melodía que le advertía en su mente... Mas una voz aún más fuerte la llamaba, la alentaba, diciéndole que era ahora o nunca. He allí su oportunidad, debía tomarla. ¿Qué daría? Qué, con tal de ser siempre igual y parecerse a su cuadro; eterna, perpetua, inmortal y lograr que Adora Grayskull sea siempre lo que es. Más brillante que el sol, pues no vería ni habría para ella un ocaso y ser siempre joven y bella, sentada a sus anchas y disponer del universo para sí misma. ¿Qué daría? ¿Qué...?
—¿Quiere saberlo, Elizabeth? -dijo levantando la mirada- Sí. Si hubiera una maldita forma de poder conservarme-caminó a paso lento, con la cabeza en alto hasta estar frente a Elizabeth-. Si existiera precio alguno por la inmortalidad, ¡que sea mi alma entonces!
—¿El alma dice? -Elizabeth arqueó una ceja y se carcajeó- ¡Oh, Bow! ¡Qué maravillosa resultó ser tu amiga Adora Grayskull después de todo!
—¡Esa no es Adora Grayskull!
—¿Cómo puedes saberlo? Es que nunca te diste el tiempo para conocerme en verdad.
—Adora, no pienso perderte -en un movimiento apresurado, el joven Georgeson dio un vistazo a la mesita junto al sillón de donde tomó un cuchillo-. Si esto es por el retrato, lo destruiré. ¡No dejaré que una estúpida pintura se interponga entre nosotros!
—¡No!
Adora se abalanzó hacia Bow y sostuvo su muñeca con fuerza, evitando así que el cuchillo toque el lienzo.
—¡Ni se te ocurra dañar el cuadro, Bow! ¡Sería un asesinato!
—¿Es en serio? -se relajó el pintor, sonriendo otra vez- ¿Quieres decir que te gusta?
—Más que eso, me fascina. No vayas a alterarlo ni a dárselo a nadie más.
—¡Eso nunca, Adora! Es tuyo. Ha sido tuyo desde antes de que lo hiciera. Lamento mi actitud.
—Discúlpame a mí, por favor.
En el momento en que ambos se abrazaron, la campaña del té sonó.
—No había notado la hora... Querida Adora, podríamos ir al teatro luego del té.
—Eso suena bien. Elizabeth podría acompañarnos si gusta.
—Me gusta el teatro, señorita Grayskull, pero no me gustan las escenas. ¡Qué absurdos son ustedes dos!
—Sé que esto fue en parte tu culpa, Catra. Debí pedirte que te fueras.
—¿Culpa mía? Por favor. Opino que la señorita Adora Grayskull se encuentra un poco sobreestimulada. Después de todo, ha vivido mucho desde esta tarde, ¿no es así?
Los tres amigos se acomodaron en la sala y comieron en silencio. En un momento, lady Elizabeth se fijó en la hora y volvió a erguirse.
—He de retirarme, Bow. Señorita Grayskull, ¿gusta acompañarme?
—Pero planeabamos ir al teatro juntos, Catra
—Me gustaría ir.
—¿Cómo? -preguntó Bow, observando a Adora.
—¿Qué ocurre?
—Adora, hace tanto que no salimos juntos...
—No se preocupe. En ese caso, me iré sola.
Adora miró a Elizaeth desde su silla, ignorando la mirada de Bow.
—Disculpa, Bow. Pero creo que debo ir con ella. Podremos reunirnos en otro momento.
—Fantástico -dijo Elizabeth, asistiendo a la muchacha-. Y tú, Bow, ¿qué harás?
—Creo... que me quedaré para preparar el cuadro de Adora. Sí, eso haré.
—Entonces, hasta luego, amigo. Hoy ha sido una tarde de lo más interesante. Señorita Grayskull.
—Hasta pronto, Bow.
Antes de que ambas mujeres se retiraran, el pintor llamó la atención de Elizabeth una última vez.
—Catra.
—¿Sí?
—Recuerda lo que te pedí esta mañana.
—Me temo que lo he olvidado.
—¿Puedo confiar en ti?
—¡No puedo confiar ni en mí misma, amigo mío!
Y luciendo una expresión pícara, la joven lady tomó a Adora del brazo, llevándosela del lugar.
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El Retrato de Adora Grayskull (ADAPTACIÓN)
FanfictionTras verse golpeada por la realidad de que su inigualable belleza se marchitará algún día, Adora Grayskull jura que daría todo con tal de conservarla... Incluso el alma. Basado en el apasionante trabajo de Oscar Wilde, El Retrato de Dorian Gray.
