Al caer espada con un ruido seco contra la madera, salpicó el espeso carmesí presente en la puerta y cara y pecho palpitante de Adora. Jadeando por la agitación, miraba aquellos ojos negros petrificados eternamente en la pena. Esa terrible quietud en que se encontraba el cuerpo daba la sensación de estar ante un escabroso maniquí. Qué complicado era pensar que la pobre criatura a sus pies era, minutos atrás, una persona. Todo había sucedido tan rápido que apenas podía procesarlo. Cómo su cuerpo actuó por instinto, tomó la añeja arma, levantándola con una ira animal inexorable y la dejó caer poniendo todo su peso por el cual fue golpeada al instante por la caliente y pegajosa sangre. Un sentimiento peculiar la hizo regresar la vista al cuadro aún descubierto y la fijó de forma instantánea. En la esquelética mano derecha de óleo, una mancha roja cubrió el miembro casi por completo. He ahí una nueva cicatriz en su alma. Crueldad, placeres destructivos y ahora, sangre de otro ser: quien fuera su alguna vez querido Bow. Adora, habiendo recobrado la razón, paseó la vista entre la mano del retrato y el cuerpo de su amigo cuyos fluidos se expandían en el suelo. Con el ceño fruncido, se acarició la zona mojada del rostro y prosiguió a observar la mancha que quedó en la yema de sus dedos. Allí se detuvo a contemplar un reflejo turbio; una realidad atrapada en el escarlata resbaladizo que la observaba con dos pupilas encendidas y diabólicas. Cerró su puño a la vez que se volvía al muñeco roto tirado en la puerta y se molestó por el desastre que brotaba de la cuneta entre su hombro y cuello. Al percibir pegajosa la piel, abrió nuevamente su mano. Ahora, esa escarlata dimensión se había apagado. En el espejo se halló nuevamente -pues verse a sí misma era un vicio pequeño pero feroz-, mas se arrepintió enseguida cuando, en vez de su galante y fuerte aspecto, la asustó un monstruo putrefacto y ruin rugiendo. ¿Qué había pasado? ¡¿Qué, por todos los cielos?!, pensó, tapándose la cara, pero cuando abrió los dedos, la bestia desapareció, similar a esas sombras humanoides que muy pocas veces desfilan de costado en una breve fusión de la realidad con el reino de los tormentos. Sin aducir certeramente un motivo, lo primero que Adora Grayskull pensó fue en una visión a causa de la culpa.
¿Culpa? Se repitió en su cabeza. Sí, eso es lo que debería ella sentir; debería retorcerse de arrepentimiento, llenar de charcos el piso con sus lágrimas y los dedos entrelazados mientras se desgarraba la garganta con filosas súplicas; sin embargo, no fue así. ¿Por qué habría de serlo? ¿Por qué habría ella de llorar como una chiquilla desamparada por él? Ése imbécil que le rogó ver el cuadro ¿Qué esperaba? ¡Con creces había ganado ese fin! ¿Acaso la gente no merece lo que tiene? Entonces, era merecedora de su belleza, lo sabía muy bien. ¿Y debía sentir culpa por ser una elegida en lugar de los otros? ¡Que culpen a Díos por no darles su brillo, pues no era su problema si a ella la iluminó! Encantada por su piel frente a la terrenal imagen reflejada, Adora se sonrió. Había descubierto su laberinto completo y también su salida ¿Y qué culpa tenía de ello? ¿Cuál necrótico susurro debería mantenerla insomne? ¿Qué fantasma mutilado habría de pisarle los talones cada segundo de su muy larga vida? ¿Qué nombre tendría el derecho de sacurdirle el cuerpo y congelar la medula de sus huesos? ¡Eso merecería de haber salvado al desgraciado imbécil que en su cara se jactó de ser su autor! ¡Oh, ése maldito gusano arrogante y vulgar le hacía arrugar la frente de cólera! Si pudiera, lo mataría cinco veces más y de distintas formas, ¡cada una más dolorosa que la anterior! Su propia envidia fue su asesina. Por su parte, ella ya había pagado por su milagro. Si otros no lo hacían, ¿qué culpa tenía ella? ¿Qué?, reiteró eufórica. Agarró, Adora, el marco del cristal y lo besó, soltando posteriormente una carcajada con la nariz hacia el techo por el ardiente poder que prendía su interior. ¡Qué maravillosa era la vida, maravillosa en verdad! En ningún otro plano se sucitarían hechos de tan dramática emoción.
Entonces desde detrás de la ventana, Adora escuchó al mundo exterior gritándole con una voz de silbato policial que la hizo pensar en el montón de carne y tela que yacía aún a pocos metros de ella. El suelo estaba húmedo y aún tenía sus restos formando tatuajes caínicos sobre su piel. Había de deshacerse de esa repulsiva criatura lo más pronto posible. Bajó las escaleras silenciosamente, sabiendo que el mayordomo se había ido a dormir, a la vez que pensaba en una coartada. El último lugar donde estuvo Bow fue la mansión y era correcto imaginar que algún inoportuno lo había visto, como poco, dirigiéndose hacia allá. Pero aún cuando no existían testigos de su salida, tampoco recordaba que el mayordomo estuviera presente cuando lo subió al ático, de modo que no serviría mucho como testigo en su contra. Sí: sencillamente Bow nunca había llegado a tomar su tren a Elveron. Ingresó a su casa, tuvieron una disputa, ella lo echó y, seguidamente, desapareció entre la neblina de alguna forma que no tenía porqué involucrarla. Sería una historia perfecta, y para ello, el cadáver tenía de desaparecer, no de su casa, sinó de la faz de la tierra. Llegó a la sala donde se hizo con su agenda donde buscó un nombre en particular. Uno que era de rápido acceso y la ayudaría sin dudas con éste pequeño apuro. Golpeó el dedo contra la hoja cuando lo encontró.
Casi una hora más tarde, el reloj sonaba frustrado mientras Adora daba vueltas en círculos por la sala debido a la impaciencia. Pensaba en el mayordomo, la neblina, sus ropas sucias escondidas en un rincón del vestuario, en la espada... De repente se llevó la mano a la cima de la cien. Nada. No tenía nada. Por un momento se había preocupado, ¡qué tontería! Había pensado en una fría gota rojiza filtrándose entre los tablones. Imaginó fugazmente que un moreno cuerpo abandonaba su rigidez, luchando para largar un último lamento al exterior que atravesó los muros de la mansión. Y de golpe una voz grave. Golpes a su puerta. Ladridos furiosos, arañando la madera con sus garras hasta hacerse un hueco por donde irrumpieron. Llamaban. Los sentía. Esos hocicos mojados, bocas rabiosas bajo pupilas de fuego. Estaban tras la puerta. No podía huir. A dónde, cómo. El picaporte se rompió.
Fue el timbre lo que la sacó de su trance. Unos pocos hilos dorados se le habían pegado a la frente y sus hombros subían y bajaban. ¡Maldito sea Bow Georgeson! ¡Maldito un millón de veces él y sus enfermas visiones! Incluso en la muerte seguía siendo una patética excusa de ególatra resentido. Se puso firme y una vez con sus latidos más calmados, corrió hacia la puerta.
—¡Entrapta! —exclamó sonriente al ver a la pequeña mujer— Oh, no sabes cuán felíz me hace tu llegada. ¿Y saliste con ésta neblina? ¡Sin dudas hice bien al llamarte!
—No te entusiasmes, Adora —dijo sin mucho ánimo, Entrapta—. Dime qué quieres. Me molestó cómo te hiciste la misteriosa en tu telegrama.
—Estás apurada. No hay razón para eso. A decir verdad, te tenía menos cuadrada —habló Adora, tratando de ocultar sus nervios—. Debes estar congelándote. Pasa, adelante.
—Quítame la mano de encima. Me prometí no volver a verte, así que más te vale que esto lo amerite.
—¿Por qué no entras? Te invitaré algo de mi mejor vino, ¿sí? ¡Qué cara! Con el calor se te irá. Tengo la chimenea prendida.
A trote, Adora llevó una botella, la cual abrió para servir dos copas finamente adornadas con bronce y servirlas en la mesa. Entrapta negó, aún de pie.
—No tengo intención de quedarme. Es muy tarde, envías un telegrama urgente sin querer darme el motivo y una vez me tienes aquí, actúas de forma rara. Nada bueno puede salir de esto, sobre todo tratándose de ti, Adora Grayskull. Dime qué quieres, aunque ya me imagino qué será.
Los esfuerzos de Adora por disimular su emergencia fueron en vano. Suspiró llegado un momento y se dirigió a Entrapta con gravedad.
—Debo serte franca, Entrapta. Tengo el cuerpo de un hombre muerto en el ático y requiero que desaparezca enseguida.
—Díos mío —suspiró la pequeña—. Opino que es absurdo sorprenderme. Por supuesto, si crees que voy a ayudarte con esto, estás loca.
—¡Espera! —exclamó Grayskull al colocarse frente a Entrapta— ¿Piensas decírselo a alguien?
—¿Por qué lo haría? Reitero: no quiero tener nada que ver contigo, Adora Grayskull. Ya no.
—¡Fui yo, Entrapta! ¡Yo maté a ese hombre! Entiende, no tengo a nadie más en el mundo salvo a ti.
—Me asombra, mas no me toma desprevenida. Después de tantos años de corrupción y crímenes morales, sólo te faltaba graduarte con un asesinato. No cambiarás mi opinión con ninguno de tus dramas, Adora. Sí, los conozco, y no surten efecto en mí. He de decirte que no necesitas preocuparte de que diga palabra alguna sobre esto. No es asunto mío. Tus propias acciones te harán caer tarde o temprano; ningún crimen se comete sin hacer una tontería que luego delate al responsable. Yo no tengo que mover un dedo, y de todas formas tampoco tengo la intención.
—¡Un momento!
—Ahórratelo —adelantó Entrapta—. Dinero, prestigio, cualquier cosa que planees ofrecerme, nunca la aceptaré. Aún si fueras a cumplir tu palabra en lugar de estafarme como haces de ordinario con todos los ingenuos que te creen, la respuesta es la misma. No tienes nada que puedas usar conmigo, Adora. Ten buena noche —se despidió, pero cuando quiso rodear a la señora de casa, ésta la frenó tomándola por los hombros.
—No creo que quieras irte, Entrapta.
—¿Qué haces?
—Siéntate.
—¡Adora!
Adora apurada, tomó un pedazo de papel junto a una pluma con la que escribió de manera descuidada pero clara mientras su invitada permanecía refunfuñando. Habiendo terminado su nota, la deslizó hasta dejarla frente a la bajita mujer quien, indolente, la ojeó por encima. Su expresión cambió gradualmente cuando los rápidos trazos sucios de tinta entre sus dedos la atraron. Hubo un rato de silencio en el que Entrapta volvió a colocar la hoja sobre la mesa, ahora tiritante e hiperventilada. Pasados varios segundos, Adora aproximó su rostro y le habló casi en un susurro.
—Has de reconocer que me empujaste a hacer esto, Entrapta, lo hiciste. Me trataste de una manera que nadie se atrevió jamás. Nadie vivo al menos. Pero puedo perdonarlo. Es sólo un pequeño favor, Entrapta. Puedes hacerlo, ¿verdad? Esto —se refirió a la nota— quedará únicamente entre tú y yo.
—Cómo… Quién... Desde cuándo …
Adora la hizo callar. Al mismo tiempo, enredó sus dedos en el largo cabello de Entrapta, empeorando así temblor de sus labios.
—Lo he guardado por todos estos años y no tengo problema en seguir haciéndolo. Sólo te pido una mano por última vez. Una vez termines, no sabrás nada más de mí ni de este pequeño asuntito. Aceptarás ahora, quiero creer.
—Yo... —tartamudeó la mujer. Prosiguió a secarse la frente usando la manga de su grueso abrigo—. Necesito unos pocos materiales de uso cotidiano.
—¿Cuáles son?
Adora se encaminó hacia la cocina para buscar los elementos requeridos, los cuales también trasladó como excusa para esconder de nuevo a su dantesco doble. La visión del cuerpo frío del pintor le produjo un sentimiento muy parecido a la bilis trepando por su garganta y por eso apuró el paso al salir del ático. Mientras esperaba desde la comodidad de su sillón, sabía que todo aquello terminaría pronto.
Fue la ansiedad lo que mantuvo en vela a Adora tan eficazmente. Durante largo tiempo no se atrevió a pegar el ojo con la intención de evitar sufrir horribles pesadillas inducidas por la presencia del cuerpo en el piso de arriba. Tuvo, de hecho, la intención de quedarse junto a Entrapta durante el procedimiento y así, de paso, asegurar que no hurgara entre las cajas, telas y armaduras hasta llegar a su cuadro. Esa idea fue descartada pues, según su invitada, era un trabajo muy desagradable como para presenciarlo, y ya de por sí ver el cuerpo fresco de Bow le revolvía las entrañas. Y cabe agregar que, luego de su pequeña charla, la mujer se encontraría muy centrada en acabar su encargo. De modo que esos temores no tenían fundamento. No había ninguna preocupación para ella excepto disfrutar del licor en su copa y conseguir callar los molestos zumbidos que desde su mente fallaban en molestarla.
—Listo —anunció Entrapta al ingresar a la sala por la madrugada.
—¿Desaparecido?
Entrapta negó con la cabeza. Se mostraba tensa y no despegó la barbilla del pecho.
—Hasta el último fragmento de sus huesos y el más pequeño hilo de ropa. Puedes estar tranquila.
—Oh, Entrapta. Si supieras cuánta es la gratitud que siento hacia ti.
—Eres una condenada, Adora. La más abyecta y cobarde mujer, sinó es que ser humano que haya existido. Rezo porque no volvamos a cruzarnos jamás.
—Calla, Entrapta. Me has salvado de la perdición, y eso no lo olvidaré.
Y la pequeña mujer abandonó, casi escapando, la mansión Grayskull. Adora regresó al ático, donde le llegó un fuerte olor a químicos rancios, pero había valido la pena. Aquella cosa tirada en el suelo se había esfumado.
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El Retrato de Adora Grayskull (ADAPTACIÓN)
FanfictionTras verse golpeada por la realidad de que su inigualable belleza se marchitará algún día, Adora Grayskull jura que daría todo con tal de conservarla... Incluso el alma. Basado en el apasionante trabajo de Oscar Wilde, El Retrato de Dorian Gray.
