El resto del día, Adora Grayskull sofocó su amargura leyendo en la comodidad de su sala uno de los libros que Elizabeth le había prestado. De tanto en tanto, la pasada escena se repetía en su mente, intensificando su rencor. ¿Qué se había creído esa mujerzuela para encantarla y luego jugarle la peor de las traiciones? ¿Y rogarle haciendo una escena? ¡Por supuesto! Eso era lo que era ella: una actríz, y los actores son profesionales en la mentira y manipulación. ¿Hacerle creer que su dolor era más grande que el suyo? ¿A ella? ¡Mil veces maldita! Pero qué más daba. Hundida en su sillón, Adora suspiró pensando que su pena había acabado porque Glimmer Moon ya no formaba parte de su vida. Catra tenía razón. ¿Qué pasaría luego? Tal vez consiga un amante nuevo y más complaciente si es que aquél día no era una señal de que la entrega absoluta no valía la pena con las personas.Cuando el reloj marcó las nueve de la noche, Adora se dispuso a irse a dormir y tratar de olvidar.
Atravesando la sala, se encontró con su retrato, el cual aún no había decidido dónde colocar. Le era inevitable no detenerse en él para apreciarlo, aún con la ligera tristeza de saber que aquél cuadro estaba exento de los efectos de la vejez; pero cuando cerró la distancia entre ellos para ver mejor su obsequi, notó algo inusual, una anomalía que antes no estaba allí. En su rostro, muy apenas se alcanzaba a percibir una curvatura donde anteriormente había una expresión neutral. Adora talló sus ojos creyendo que sólo se trataba del efecto de una vista cansada, pero de hecho, era más que una curvatura. Su boca había cambiado para mostrar una pequeña sonrisa embebida en crueldad. Adora dedicó un largo rato en analizar qué podría haber ocurrido: sabía de procesos químicos que desencadenan ligeras alteraciones en las pinturas, pero aquella sonrisa no era producto de ninguna corrosión; se trataba de pinceladas dando forma a una expresión malévola y perfectamente intencionada. Entonces recordó un fugaz y lejano momento dos meses atrás, estando bajo la influencia de su tormento y la desesperación. Cuando Catra le había preguntado qué estaba dispuesta a dar para hacer realidad su sueño de ser una inmortal de belleza perdurable y juventud eterna; cuando juró que entregaría su misma alma para alcanzarlo. Allí en su sala, sin apartar la vista de esa sonrisa, una idea, una descabellada, demencial y tétrica idea le abrió los ojos y endureció su faz: pensar que aquella mañana de junio realmente había conseguido pactar tal acuerdo; cambiar el orden de lo natural transmitiendo las secuelas de sus pecados hacia su retrato, quedando así limpia de las horribles garras de la erosión. Con gran placer y euforia pensó, Adora, en esto, viendo su deseo hecho realidad. Pero entonces moralizó. A la felicidad le sucedió el terror. Saber que cada uno de sus pecados significaría una mancha en su retrato, vuelto testimonio de sus crímenes y reflejo de su alma; trampa para su moral que la perseguiría cada noche de su vida recordándole cuán corrupta y podrida estaba en su interior. Se le cayó la cara de vergüenza cuando recordó cada insulto, cada grito, cada rechazo y la mirada que le dedicó a la pobre Glimmer Moon mientras ésta le rogaba a la altura de sus pies. ¡Oh, en qué estaba pensando! ¡Cuánto había sufrido esa pobre chiquilla por su egoísmo! Pero no podía regresar, ¿con qué fuerzas la vería a los ojos? ¿Cómo excusar su salvajismo? Se había portado como la peor de las bravuconas con una damita tan excepcional y noble como lo era Glimmer Moon. Estaba decidido. A la mañana siguiente, ella se encaminaría al teatro con el regalo más bello que pudiera encontrar y allí le demostraría cuánto estaba dispuesta a dar para obtener su perdón. También cortaría su relación con Elizabeth, recuperaría el tan maltratado vínculo con su querido Bow y no pecaría jamás. Su retrato le serviría como un recuerdo constante de aquello que jamás debiera repetirse. Quién sabe, tal vez al corregir sus errores también corregiría el cuadro, devolviéndole su brillo. Así, la muchacha llegó a la cama, no sin antes buscar un biombo para cubrir el cuadro.
El alba bañó el interior de la mansión con su luz. Adora despertó convencida de su decisión. De hecho, utilizó gran parte de la mañana para planear rigurosamente sus disculpas hacia su amada Glimmer Moon. Iría con el ramo de flores más variopinto y perfumado que consiguiera comprar, sus ropas, elegantes pero sobrias y dejando a un lado el orgullo o la vergüenza para demostrarle que estaba dispuesta a cambiar con tal de pasar su vida con ella, que tanta alegría le brindaba a su vida. El mayordomo entró con una gran cantidad de sobres en una bandeja.
—La correspondencia, señora Grayskull.
—Muchas gracias —dijo Adora, estando de pie frente a la ventana—. Puede dejarlo sobre la mesa.
Adora vio de reojo al mayordomo dirigiéndose hacia la salida, de modo que notó cómo se detuvo frente al biombo donde se hallaba escondido su cuadro. El pánico hizo presa de ella, paralizándola en su lugar. Consideró distraerlo, gritarle e incluso abalanzarse sobre el delgaducho hombre, todo a la vez que el amagaba con asomarse para chusmear.
—Parker —alcanzó a decir con un hilo de voz, rígida en su lugar.
—¿Sí, señora? —balbuceó el anciano.
—Ya no te requiero aquí. Retírate.
—Como ordene, señora.
Adora siguió la marcha del mayordomo hacia la salida, cuidando que sus ojos chismosos no se colaran entre las láminas de papel. Una vez fuera, exhaló con alivio. Debía pensar cómo ocultar el retrato lejos de miradas entrometidas. Pero de eso se haría cargo más tarde.
Sobre la mesa estaba la correspondencia que Parker había recibido: Un par de invitaciones; publicidad; una carta a la caridad; una carta de Lady Elizabeth, ésta la alejó con desprecio; una copia del Times, también enviada por Elizabeth, y así siguió revisando entre montones de papel. De tanto en tanto volvía la vista hacia las cartas de la joven D'Horde, repitiéndose a sí misma que se había prometido cortar todo lazo con ella. Sólo influía de la peor manera en su vida. Atendió sus deberes, envió un generoso montón a la caridad e incluso se dispuso a escribirle a Bow, solicitando una de sus ya olvidadas citas, como en los buenos tiempos… Pero la curiosidad la dominó. Nunca entendió qué tenía Elizabeth que llamaba tanto su atención, pero esas cartas fueron abiertas. Eran de ella exigiendo que se presentara en su casa con la mayor prontitud posible. Adora dudó. Sabía que las palabras de Elizabeth tenían un gran efecto en su persona, por lo que temía que, de ir, volviera a salirse del camino. Además, había de correr rumbo al teatro donde esperaba encontrarse con su amada y pobre Glimmer, ¿cómo podría? ¿Qué requeriría tal urgencia?... Adora se mordió los labios y arrojó la carta sobre la mesa antes de retirarse.
En la sala, se recogió el cabello y acomodó el chaleco.
—Voy a salir, Parker. No sé exactamente cuándo vuelva. Avísale a cualquier visita que no estoy aquí.
—Sí, señora.
—Ah —recordó, retrocediendo—, y no te acerques a la sala, ¿me oíste?
—No lo haré, señora. Puede estar tranquila.
Le dedicó una mirada severa al viejo mayordomo, desconfiado de su palabra y pasados unos segundos, cruzó la puerta. El viaje hasta la casa de Elizabeth fue rápido y Adora esperaba que el regreso también, por lo que subió directamente a la biblioteca, sabiendo que ahí se encontraba. Estuvo en lo cierto.
—Adora —exclamó lady Elizabeth— ¿Se puede saber por qué tardaste tanto?
—¿Qué ocurre, Catra? —encausó, apurada y algo hostil.
—¿No has leído el periódico que te envié?
—Me temo que no tuve tiempo. Deja las vueltas y explícame para qué me llamaste.
—Debes leer esto ahora mismo.
—No tengo tiempo, Catra.
—Creo que de verdad puede interesarte.
De mala gana, Adora Grayskull le arrebató el periódico a Elízabeth de la mano y lo ojeó a groso modo. Su lectura se volvió minuciosa, acercándose al papel con el corazón golpeando sus cosillas y las pupilas contraídas.
"Encuentran muerta a joven actríz en su alcoba.
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El Retrato de Adora Grayskull (ADAPTACIÓN)
FanficTras verse golpeada por la realidad de que su inigualable belleza se marchitará algún día, Adora Grayskull jura que daría todo con tal de conservarla... Incluso el alma. Basado en el apasionante trabajo de Oscar Wilde, El Retrato de Dorian Gray.
