En medio del azulado filtro que coloreaba el campo, las luces de la casa Georgeson destacaban con su cálido resplandor, rodeada por una orquesta de grillos. Luego de agradecer a Kowl, lady Elizabeth y Bow tomaron asiento. En manos de la primera, una botella de vino era abierta.
—Despedir a un amigo pronto a exponer en Elveron —comentó Elizabteh entre risas—, jamás imaginé mayor honor —llenó su copa y la extendió hacia Bow—. Mi humilde brindis a tu triunfo.
—Te agradezco.
—Ya lo sé —dijo con vanidad, dando trago.
—No deseo premios ni nada de eso.
—Sólo grandes y numerosas ventas.
—Nunca entendiste, Catra, que hay valores preciados por la dignidad que otorgan —se cruzó Bow de brazos, algo molesto.
—Estás en lo cierto. Mas me intriga saber por qué, de todos los sitios, quisiste festejar justo aquí.
—Son sólo los recuerdos...
—Entiendo —sonrió Elizabeth, descifrando el rostro melancólico de Bow—. Adora Grayskull.
—No entiendes nada.
—Oh, claro que sí. Mucho más de lo que crees.
Bow mostró una expresión apesadumbrada, observando al pasillo hacia su estudio.
—Aquí perdí al alma más importante de mi vida.
—Y piensas reencontrarla.
El pintor se mantuvo reflexivo en su silla.
Las calles de Bright Moon apenas eran reconocibles a causa de una espesa neblina la cual bloqueaba los ojos enfermos de las farolas. En la mansión Grayskull, el mayordomo se dispuso a atender un llamado a la puerta, pero la señora de casa quiso hacerlo por sí misma. Vistiendo una camisa entreabierta y con algo de desgano, Adora Grayskull abrió, sin esperar tan sorprendente visita.
Minutos más tarde, estaba encendiendo un cigarrillo en compañía de su viejo amigo.
—Por supuesto que no me molestas, querido Bow, sólo estoy extrañada. Tengo entendido que te irías a Elveron para una exposición.
—Y es cierto, sí. En media hora sale mi tren. Pero pensé… Es la víspera de tu trigésimo octavo cumpleaños y hace años que no te he visto. Quería al menos pasar a saludar —habló Bow levemente tímido—. Además, necesito un pequeño favor.
—Tal vez dinero —rió Adora.
—Muéstrame el cuadro.
Adora crispó su postura antes de volerse, atemorizada.
—¿Mostrarte el cuadro?
—A eso vengo.
—No —sentenció con firmeza.
—¿No?
—Es imposible que comprendas, Bow, pero arriesgas hasta la vida con lo que pides.
—¿Tan así puede ser por ver mi cuadro?
La tranquilidad de Bow Georgeson contrastaba con la evidente perturbación de Adora, quien le dio la espalda.
—Me temo que así es. Te lo niego.
—Yo te lo pido otra vez.
—¿A qué se debe esa obsesión?
—Sólo quiero ver mi obra. Pasaré seis meses fuera de Bright Moon, y quiero llevarme al menos una imagen de mi mejor trabajo. Ninguno de los que serán expuestos se le asemejan.
—¿Con que a eso has venido? ¿Sólo por el cuadro?
—Sabes que no, Adora. Y con tu perdón, me resulta ofensivo que me digas eso siendo que has estado evitándome estos últimos dieciocho años.
—Tengo una vida ocupada.
—Sí. Escuché mucho sobre tu vida, y nada me ha tranquilizado.
Adora se volvió hacia su contrario con intriga.
—Sí, me llegaron espantosos rumores sobre ti. Todo Bright Moon los esparse.
—Ah, adoro los escándalos de otros, pero las habladurías sobre mí me cansan. Carecen del encanto de la novedad. Y además, conociéndote, no te has creído ninguno —sonrió confiada.
—No estoy seguro de eso en este momento.
La gravedad en la entonación de Bow hizo a Adora fruncir el ceño.
—He oído cómo las mujeres con las que intimas ya no vuelven a mostrarse en sociedad con dignidad; y los hombres que se te acercaron viven eternamente juzgados. Me han hablado de malos negocios, incluso pleitos en circunstancias horribles. Por supuesto que no lo creí de parte de la Adora que conozco. Sin embargo, no puedo hacerme el ciego. Sé que has cambiado, y eso es culpa de Catra.
El rostro de Adora reflejó una profunda ofensa inmediatamente después de oír lo último.
—Es mucho lo que le debo a Catra. Más de lo que te debo a ti. Tú sólo me enseñaste a ser vanidosa —dijo con severidad. Su semblante adoptó una actitud altiva—. En cuanto a lo que oíste, me sorprende que lo creyeras. Y aún suponiendo que es cierto, ¿qué me importa a mí? ¿Dirás que soy mala influencia? Esa gente ya tenía sus propios secretos, y por ellos caerían tarde o temprano.
—¿Y cómo es que eso pasa justo después de juntarse contigo?
—Me sorprende lo desconfiado que resultaste. Qué más da. Simplemente, en esta casa se revelan muchos secretos —tras una pausa, se volteó nuevamente, sonriendo de forma extraña—. Tú mejor que nadie lo sabes, ¿no es así?
Bow balbuceó sin encontrar forma de replicar.
—Adora, no me gusta nada ésta actitud. Es muy impropia de ti.
—¿Y cómo sabes lo que es impropio de mí? —habló Adora, acercándose al pintor con la cabeza en alto y una actitud burlesca— Después de tantos años, ¿crees conocerme en verdad, Bow? ¿Poder ver mi alma?
—¡Por supuesto que no! —rechazó, casi indignado— Nunca. Sólo Díos puede hacer tal cosa.
Adora permaneció quieta en su lugar mirando fijo a su amigo, tan firme como inquieto por lo intenso de sus ojos. En un momento, formó una sonrisa que lo confundió.
—¿Sabes, mi querido Bow? Acabo de pensar que tienes razón. Estás en todo tu derecho de ver el cuadro. ¿Quién soy yo para privarte de ver tu propia pintura? —dijo buscando una vela, la cual encendió— Sígueme.
Así, Adora condujo a Bow escaleras arriba en completo silencio. Miraba con atención las paredes, dudoso por momentos. Cuando alcanzaron las podridas y chirriantes escaleras de la cima de la casa, la atmósfera adquirió un aire turbio y desconcertante. Adora sacó su preciada llave una vez frente a la puerta y abrió sus cerraduras.
—Entonces dices que sólo Díos puede ver el alma —repitió la mujer—. He allí tu querido cuadro, amigo.
Bow accedió a la habitación en un andar lento. A duras penas por la ventana se colaba una ligera luz que permitía tantear el lugar. Adora lo siguió, cerrando la puerta a sus espaldas. La llama de la vela temblaba debido a la caminata de Adora, que dibujaba enormes sombras en el suelo. Dejó la vela sobre un desgastado y polvoriento tocador cuando llegó al centro del cuarto donde se hallaba un gran rectángulo cubierto por una tela roja gruesa. Usando una energía innecesaria, sujetó aquella capa y la dejó caer violentamente. Segundos después, Bow se llevó las manos a la boca para amortiguar su grito de horror. Bajo el fino terciopelo, se escondía un monstruoso ser de ojos ensangrentados, de carnes heridas cubiertas por sucios harapos, cabello endurecido y su faz demacrada, rugosa y, sencillamente, porque no existía otra forma de describirlo, diabólica.
Los ojos de Bow temblaban, presos de un terror de muerte.
—¡Ese no es el cuadro que te hice!
—Querías verlo ¡entonces mira! ¡Mira bien tu obra! —gritó Adora. Sus gestos eran agresivos.
—Yo no hice eso.
Adora agarró a Bow de la nuca, acercándolo al lienzo.
—Tu firma me dice lo contrario.
—¡Eso no es mi obra, es un monstruo!
—El que tú lograste parir —sonrió Adora con una perversión que mortificó al pintor.
—Adora —tartamudeó tembloroso, Bow, retrocediendo—, ¿pero qué locura has cometido?
Adora echó atrás la cabeza, soltando carcajadas que helarían la sangre del hombre más devoto .
—¿Para que tu cuadro muestre eso de mí? ¡Cuántas debieron ser para que no tengan lugar en mi memoria!
—No —negó el desolado Bow mientras la risa de Adora hacía vibrar las paredes del ático—. Esa no es Adora.
—Tu Adora querrás decir; la de juguete, la cáscara, la descerebrada, tu adorno. Claro que no lo es. Es mi alma la que se ve reflejada aquí.
—¡No es cierto! ¡Ese cuadro no eres tú!
Sonó su voz lastimera. La cabeza del pintor daba vueltas debido al vertigo, por el cual se le humedecía la cara y temblaban sus labios.
—No es tarde… No, no lo es —tartamudeó. Sintiendo sus piernas debilitadas, se aproximó hacia la mujer junto a la pintura y le jaló el cuello de la camisa—. Puedes arrepentirte, Adora, por favor. Sé que tú no eres una mala persona —imploraba con los ojos cristalinos, casi rompiéndose la garganta—. Aún debe haber algún vestigio de nobleza en tu interior. Dime que quedó algo de la inocente y amable muchacha que conocí en el balcón de Micah.
Al ver la sonrisa con la que su amiga arqueó la ceja, Bow se apartó, afiebrado por la aversión. Era una extraña quien estaba frente suyo, riendo bajo el deformado y corrupto retrato, con rojas llamas de infierno abrazando su forma. Corrió.
Adora accionó lo más rápido que pudo. Acelerada, se hizo con la espada de la vieja armadura a su lado. Dio tres zancadas y un salto, elevando el arma con ambos brazos. Los ojos de una bestia se encendieron. Afuera de la mansión, los pájaros batieron sus alas y atravesaron la brillante perla colgada en la espesa y celestial negrura.
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El Retrato de Adora Grayskull (ADAPTACIÓN)
Fiksi PenggemarTras verse golpeada por la realidad de que su inigualable belleza se marchitará algún día, Adora Grayskull jura que daría todo con tal de conservarla... Incluso el alma. Basado en el apasionante trabajo de Oscar Wilde, El Retrato de Dorian Gray.
