Una vez abiertas las puertas, Adora Grayskull hizo una de sus características entradas. Estaba ella ataviada con una hermosa chaqueta casi tan blanca como su tez, con detalles dorados en el cuello, dos pequeñas piedras en las puntas, y una rosa de color vino intenso en el hojal. Lord Micah advirtió rápidamente su fiebre nerviosa, la cual fue desestimada por Adora, cuyos modales no se veían afectados en ningún momento. Se mostró igual de radiante y natural como siempre, lo que la hizo pensar en si la urgencia de interpretar un papel era ,de por sí, un apoyo para la naturalidad. Los comensales, como de ordinario, estaban conmovidos. Nunca imaginarían que aquellas finas manos hubieran empuñado hace dos anocheceres una espada la cual se cubriría de sangre, ni que sus hermosos labios sonrientes hubiesen sido capaces de blasfemar tan libremente como aquella noche. Por su parte, Adora se sentía complacida y alegre como quien lleva con éxito una doble vida.
—Sobre la boda de lady Spinerella.
—Sepa disculparme, Micah -contestó Adora sin mostrar mucha pena-. La fiebre me aprisionó en mi casa, y habría lamentado arruinar tan bello evento con mi fatiga.
—Olvida eso, Adora -dijo Micah haciendo un gesto con la mano-. A lo que quiero llegar es a que es un buen momento para que encuentres a alguien con quien compartir apellido.
—¿Casarme? ¿Yo? -Adora juntó las cejas antes de girar el rostro- No lo creo, señor Micah. Definitivamente no.
—¿Por qué? A riesgo de sonar atrevido, eres un partido excelente, y no te faltan admiradores. ¿O es que ninguno te convence para tener una vida felíz.
—He buscado más el placer que la felicidad -se sinceró Adora-. La felicidad es una horrorosa sustancia que infecta tu sistema con ilusiones infantiles y júbilo enloquecedor, y en cuanto pasa, te descubres fagocitado por la abstinencia; por su parte, el placer me resulta más enriquecedor por tanto se encuentra en cualquier cosa, y funge como un fertilizante del bienestar así como un perfecto hombro sobre el cual llorar.
—¿Crees que no hay placer en el amor?
—Con su disculpa, no creo que el matrimonio y el amor vayan irremediablemente de la mano, señor Micah -dijo Adora, sonriendo con ligereza.
—Tienes razón, pues hay quienes no pueden permitirse un compromiso por amor. Tú sí puedes, Adora.
—El amor hacia cualquier cosa se pierde en el instante que aparece el compromiso. Y además... Llevo mucho tiempo sin enamorarme, y no sé si quiero hacerlo.
—¿No quieres enamorarte? ¿Por qué?
—La primera y última vez que lo hice resultó exquisita, pero tuvo un final que, a ojos de la gente, sería bochornoso -recordó Adora, con aires de molestia.
—¿Es la opinión pública la que te fuerza a escudarte contra las flechas de Cupido?
—Es el mismo Cupido el que me molesta como el niñito caprichoso que es, y sus flechas son de juguete.
—Suenas muy segura de ti misma, Adora -dijo Micah volviendo su mirada hacia ella-, pero no me convences. Creo que en realidad, le temes al desamor.
—¿Por qué dice eso?
—No tuviste un lindo primer romance, y por eso le has tomado miedo a la idea de repetir lo mismo.
Al siguiente instante, Micah se sobresaltó por un grito que venía de su lado seguido de un impacto. En el suelo, Adora Grayskull jadeaba y temblaba, con los labios entreabiertos y los ojos a nada de escapar de sus cuencas. Con ayuda de otra invitada, Micah sentó a Adora en una mesa para, seguidamente, abanicarla durante varios minutos. La señorita Grayskull mantuvo la boca cerrada, por lo que el resto de señores en el salón dieron por hecho que su fiebre nerviosa le había provocado una violenta sacudida. La mujer no se preocupó de alzar la mirada para ver sus reacciones de todos modos, temiendo que ése espectro partido en diagonal reapareciera entre ellos.
Una vez habiendo recuperado el color de sus mejillas, Adora fue conducida por lord Micah hacia el vestíbulo exterior, donde el aroma del pasto y las flores de campana blancas, discos amarillos y capullos rojos producía un efecto analgésico inmediato. Adora Grayskull aspiró con los ojos cerrados y desinfló su pecho al exhalar ruidosamente.
—¿Te conté sobre mi primer amor, Adora?
—Me temo que no, lord Micah.
El semblante del lord adquirió un aspecto nostálgico cuando centró su atención hacia el horizonte. Las flores mesían sus cabezas al son de la brisa, viendo a las aves cruzar el cielo despejado.
—Fue complicado. Ella no era lo que llamarías un mármol de Venus, pero poseía un encanto particular que me capturó enseguida. En menos de dos meses ya nos imaginaba en una misma casa y con hijos, ¿sabes? -dijo a la vez que inclinaba la cabeza hacia su contraria. Lord Micah suspiró con pesar mientras recordaba- Ella no lo veía así. El espectáculo era todo su mundo y yo no deseé quitarle eso. Aquella fue la última vez que nos vimos desde hace treinta años -exhaló de nuevo-. ¿Y te confieso algo, Adora? Creo que aún la amo.
—Pero -empezó Adora, juntando las cejas-, entonces ¿por qué no va con ella de nuevo y le pide su mano otra vez?
—Ya te lo dije, eso sería forzarla. Y de la fuerza, nada bello sale.
Una silueta alada cubrió los rostros de ambos cuando se alzó vuelo. Las pequeñas mandalas multicolores lo siguieron, golpeando con su perfume natural y sanador. Micah aspiró esa brisa aromática, que trajo cierta calma a su triste memoria.
—Además, no tengo la certeza de que siga allí donde nos dejamos, o si me odia por lo que hice. Si soy honesto, creo que es lo mejor; no tocar el pasado y dejar que la vida avance. Incluso si no es de la forma que te gustaría.
Adora observaba a su mayor con intriga. Su barba frondosa y cana, igual que su cabello, se curvó con una sonrisa realizada. Las manos entrelazadas en la espalda le eran un apoyo para sacar el esternón hacia afuera, ademas de inspirar un aire de sabiduría y humildad. Todo aquello sól realsaba la paz que iluminaba al lord, quien evidentemente había hecho las paces con su pasado. Esto último llevó a Adora a preguntar-¿Y no lo persigue alguna de sus acciones luego de eso? ¿Vive tranquilo?
—Oh, no creas que no me afectó durante largo tiempo. Muchas veces me mantuve insomne, pensando qué pude hacer mejor, y no sólo con ella, sinó que a lo largo de mi vida. Llegué a dudar de si era alguien realmente bueno o si sólo era un canalla con disfraz.
—¿Qué hizo entonces?
El lord se giró para encarar a Adora y acto seguido le apretó el hombro con cariño, mostrando una sonrisa sincera.
—Busqué aquello que era un símbolo de pureza en mi vida, y allí reencontré la mía.
Las palabras de Micah tenían todo el valor de una revelación espiritual, o la guía de un texto de fé. Los cabellos de Adora se movieron debido al viento, el cual le llevó una esencia de lavanda que le cerró la garganta. Se tocó el pecho entonces, a la altura de las clavículas, y su rostro se vio apesadumbrado al no hallar más que tela.
—¿Cree entonces que la gente puede volver a ser buena?
—Eso depende de cada uno, Adora, y no siempre algo debe ser bueno o malo. Las personas cometemos equivocaciones, pero podemos volver a encontrar nuestro rumbo siempre que tengamos un símbolo cercano de él en nuestra vida. Porque sin símbolos que nos aten a nuestro lado más bondadoso, o incluso, nuestra parte más criminal, no tendríamos una guía para seguirlo, sea el camino que sea. Entonces, te pregunto yo, ¿tienes algún símbolo que seguir, Adora?
Antes de retirarse con el resto de comensales, Adora prometió a lord Micah invitarlo la siguiente vez a su casa en Fright Zone, pues tenía allí una amiga a la que le encantaría presentarle. Micah aceptó gustoso.
La noche trajo soplos helados y una humedad que forzó a las nubes a acostarse sobre las empedradas calles de Bright Moon. Adora ya no dispuso de ningún harapo para su salida. En cambio, llevaba algo más valioso entre los dedos de su mano derecha, mientras sus zapatos golpeaban los charcos del suelo. Se vio obligada a pasar frente a un callejón, donde se apilaron varias cajas y la luz de la farola no podía alcanzar, sin advertir a los ojos brillantes que la seguían.
—Mira mira ¡pero si ahí va la protegida del diablo!
Adora detuvo su marcha, poniéndose firme. Dio media vuelta entonces para enfrentar a la figura apoyada contra la pared.
—¡Vuelves a llamarme así y juro que será lo último que digas, rata pestilente!
—Claro -sonrió la figura-. Prefieres que te llamen "Princesa", ¿cierto?
Un agotado marinero apoyado tras las cajas levantó la cabeza de un sobresalto. Alcanzó a distinguir un insulto hacia el personaje que fumaba con una sonrisa maquiavélica bajo la farola. Pero Adora se empezaba a perder entre la capa de nubes caídas.
En las puertas del mausoleo, parecía que la neblina tenía prohibido el paso. No se admitía ningún espeso intermediario entre el pesar de los jóvenes Grayskull y sus amados fallecidos. Allí, Adora se puso de rodillas y, sintiendo la garganta tensa, observó nuevamente la lápida de Mara Grayskull, grabada en piedra blanca marmolada con una baldosa de crisal frente a ella.
—Mamá... -comenzó Adora, vacilando-. Mamá, ha pasado tanto tiempo. No creas que mi ausencia fue falta de interés. Lo cierto es que no tenía la fuerza para venir. Para recordarme de frente que ya no estás... Y te extraño tanto, mamá. Cada día de mi vida -murmuró, observando la joya azulada que hacía tantos años había guardado en un cajón-. Me pregunto... Me pregunto si estarías orgullosa de mí. De lo que me he convertido. Seguramente no. No, de hecho, creo que... que estarías horriblemente avergonzada. Incluso me temo que yo misma te habría matado de la decepción. Donde sea que estés -espero que en el lugar más bello de éste mundo-, doy por sentado que debes sentir una profunda pena por mi culpa.
Las mejillas de Adora se empaparon en cuanto sus dedos tocaron el nombre grabado frente suyo. Donde la espesura cubría el suelo, unas botas avejentadas se habrían paso.
—No pienses... Por favor, no pienses que lo hice con tal de diferenciarme de ti. Porque a pesar de oir tu historia; sobre tu amor con mi padre, a quien no conozco, su posterior asesinato y, más tarde, tu propio deceso, mamá, yo nunca cambié mi idea sobre ti. Siempre fuiste, y siempre serás, la mujer más buena y hermosa que hubo en mi vida. Y lo eché a perder, mamá. Te deshonré; me olvidé a mí misma, y al hacerlo te olvidé a ti.
Arqueó la columna hacia delante, resaltando los saltos que daban sus hombros al llorar. Gracias a la luna plateada, una sombra se alargó sobre las demás lápidas del lugar.
—Perdóname, mamá. Te ruego que me perdones -lamentó, a la vez que se limpiaba los ojos-. Por favor, ayúdame a reencontrarme. A encontrar nuevamente a...
—No se mueva.
La sensación de metal helado contra su nuca paralizó a la mujer, tal vez más que la voz grave a sus espaldas.
—Pero quién...
—No haga ningún movimiento o juro que disparo.
—¿Es dinero lo que quieres? -tartamudeó- Te lo daré, sólo baja el arma.
—No quiero su asqueroso dinero, sinó su vida -declaró el hombre, apretando el mango de su pistola-. Soy Sean Hawkings, y es a usted a quien ciegamente le confíe la vida de Glimmer Moon, la mujer que era como mi hermana. Y en cuanto me fui, sin haber pasado una semana, me llegó la noticia de que se suicidó, y sé que no hay otro responsable más que usted. Es por eso que he pasado años buscándola, usando sólo su nombre de pila y el apodo cariñoso que Glimmer le dio: "Princesa". Después de tanto tiempo, escuché que ese sujeto del callejón la llamó así, de modo que al fin la encuentro. ¡El alma de mi hermana descansará en paz!
—Está demente, no tiene idea de...
—¡Silencio! -grito iracundo, Sean-Ahora póngase a la buena de Díos, porque ésta noche morirá.
Presa del pánico, la mente de Adora no paraba de maquinar, calentando su rostro sudoroso. Fue entonces que despegó la frente de la lápida.
—Un momento, ¿hace cuánto dice que murió la joven Glimmer?
—Dieciocho años exactamente.
Seguidamente, la risa de la mujer a los pies de Sean salió, algo seca y desafinada por la mala postura.
—Pobre imbécil. Lléveme a la luz y míreme la cara.
Sean la tomó del cuello de la camisa y empujó a Adora contra el pasto, sorprendiéndose de la peor forma. Aquella mujer que lo miraba con sorna tenía toda la gracia de la adolescencia. No debía tener más de las veinte primaveras cumplidas; la edad que tenía Glimmer antes de fallecer. Invadido por el pudor, dejó libre a Adora al creer que había cometido un terrible error.
—Santo Díos, mil disculpas, señorita. ¡Y pensar que estaba dispuesto a asesinarla!
—Espero que eso le sirva de escarmiento para no tomar justicia por su mano -dijo Adora ya de pie, arreglándose la chaqueta-. También debería dejar esa pistola, podría meterlo en problemas.
—Me he equivocado horriblemente. Tendré que buscar en otro sitio. Perdóneme de nuevo.
De ese modo, Sean se retiró del mausoleo Grayskull, dejando atrás a una Adora sumamente aliviada. Retornó , el marinero, a su rincón frío donde lo esperaban los mismos ojos de miel que detuvieron a la señorita Grayskull.
—No lo hiciste, ¿verdad? -dedujo el extraño.
—No es la mujer que busco. Era ella apenas una jovencita mientras que mi objetivo debe rondar los cuarenta años.
—Eres un tontuelo -se burló la viborezca presencia-. Pero no puedo culparte. Tiene una máscara muy efectiva.
—¿De qué hablas?
—La mujer que dejaste ir es a quien buscas, lo sé. La conocí hace dieciocho años, y desde aquél entonces no ha cambiado ni un poco.
—Mientes.
—No es más que la verdad, querido -dijo, largando humo por la boca-. Dicen que puso su alma en el altar del diablo para conservar esa cara bonita. Que su aspecto de ángel no te engañe, es toda una farsante, y de lo más perversa además.
—¿Cómo puedo saber que dices la verdad?
—Que se me caigan los ojos si no es así. Pero no le hables a nadie sobre ésta conversación, ¿de acuerdo? Aquí entre nos, te lo susurró una cucaracha.
Incrédulo, Sean corrió hacia el mausoleo, con el dedo rígido en el gatillo, pero una vez de vuelta, Adora ya se había marchado. Resopló con furia y tiró un puntapié a la nada, sin esperar que golpearía un pequeño objeto dejado frente a la lápida. Se trataba de una piedra de color azúl claro, colocada en una aureola de bronce pintado.
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El Retrato de Adora Grayskull (ADAPTACIÓN)
FanfictionTras verse golpeada por la realidad de que su inigualable belleza se marchitará algún día, Adora Grayskull jura que daría todo con tal de conservarla... Incluso el alma. Basado en el apasionante trabajo de Oscar Wilde, El Retrato de Dorian Gray.
