CAPÍTULO 5 (PARTE 1)

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<<A las personas tristes no les

preguntes qué les pasó sino

quién. Casi todos los

infiernos tienen nombre>>.

Elena Poe.

Violeta Hódar:

La gente no comprende algo cuando hablamos de la palabra sorpresa, y es que, aunque hablemos de ella con vehemencia, se trata de la emoción más breve de todas. Surge de una forma tan repentina, que no somos conscientes de que desaparece con la misma velocidad.

Si voy más allá, recuerdo mi enfado cuando salí de ver Inside Out del cine y darme cuenta de que sí, que estaban las emociones fáciles de reconocer como pueden ser: la alegría, la tristeza, la ira y el miedo. Sin embargo, se olvidaron por completo de la emoción más interesante de todas, que es la sorpresa. La más fugaz e inesperada de ellas.

Es la emoción más increíble, porque... no sé, aparece de forma súbita ante una situación o contexto que no esperas y arrasa con todo. Encima, se vincula rápidamente a otra emoción que sea congruente con lo experimentado.

Yo, ahora mismo, me encuentro en la fase de efecto subjetivo. Este efecto está basado en los juicios y sentimientos que experimento antes de llegar a la emoción que va vinculada a mi estado de sorpresa. Digamos que estoy en su principal efecto, que es la conocida "mente en blanco". Algo que sucede cuando un señor de avanzada edad aparece en tu librería para decirte de forma totalmente desprevenida que es el remitente de las cartas de ese amor prohibido que mi abuela recibió durante toda su vida. ¿Cómo dar explicación a una declaración como esa?

—Alfred, tienes que...

—¿Dónde las has encontrado? —jamás he visto la mirada que hay en los ojos del hombre, llenas de pesar, recuerdos y dolor— Ella... ella dijo que...

—Alfred, dime que estás bromeando. —Ahora sí que siento mi cuerpo en tensión ante el descubrimiento que podría estar a punto de hacer.

—Niña, yo...

Jamás he visto a mi compañero de tardes tan desorientado como ahora mismo. No tiene ni la menor idea de lo que decir, y esa es la única confirmación que necesito para saber que es real, que las cartas que están entre mis manos vienen de su puño y letra, pero, sobre todo, de su corazón.

Ante mí tengo la viva imagen del amor, y no precisamente del que una persona quiere llegar a experimentar. Porque del mismo modo que es el amor en persona, también representa el dolor de una historia que no se materializó de la forma en la que dos almas quisieron.

—Alfred... —susurro.

—¿Estás bien? —interviene Chiara, que coloca la mano en el hombro del hombre, aun perdido en sus pensamientos.

—Sí, yo solo... yo... —alza la vista para encontrarse conmigo—... creí que esas cartas habían desaparecido junto con ella.

Mi corazón duele ante la frase, así que rodeo el escritorio al sentir que mis manos pican por entrar en contacto con las de mi amigo, y así es. Jamás hemos sido dos personas que demuestren afecto de una manera física, pero ahora mismo siento que necesito demostrarle que sea lo que sea que pase por su cabeza, no va a afectar a mi manera de verlo a él.

—Violeta, niña, yo...

—No pasa nada, Alfred —le sonrío para intentar tranquilizarlo—. Lo que hay en esas cartas es algo que no tenías que contar al mundo porque siempre fue un amor silencioso, así que no tienes que decirme absolutamente nada si quieres que se mantenga de esa manera.

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