CAPÍTULO 8

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<<Yo no sé soltar. Creo que la libertad va más

allá de un "dejar ir". No me crea egoísta,

pero lo que hay en el corazón no sabe de despedidas>>.

Elena Poe.

Violeta Hódar:

—¿De verdad te piensas que no sé lo que estás haciendo?

Ruslana. Albatros. La pelirroja de suplencia que ha insistido en compartir la mañana conmigo en la librería. Sin forma alguna de poder deshacerme de ella para continuar volviendo loca a la morena de ojos verdes con la que he compartido las mejores tres semanas de noviazgo jamás imaginadas. Semanas en las que hemos permanecido unidas, siendo una en cualquier forma en la que una persona puede fusionarse con otra.

Entiendo a la perfección que mi amiga quiera pasar tiempo conmigo, es lógico y respetable, pero tampoco puedo sentirme mal por pasar mi tiempo libre junto a la mujer de la que estoy enamorada. Ruslana tendrá que disculparme, pero el tiempo es un bien finito y quiero exprimir cada segundo al lado de la escritora.

—Sé que sabes perfectamente lo que estoy haciendo —giro la cabeza para sonreírle con picardía—. La cuestión es que me da exactamente igual que lo sepas, porque no pienso dejar de hacerlo.

—Siendo tan zorra vas a conseguir que a la taza de café se le caiga en el portátil. —Lanza una carcajada antes de darme la espalda, colocando los libros que le he entregado en el lugar que corresponde.

—¿Y? —sonrío, devolviendo la mirada al frente para comenzar a trazar círculos con el paño sobre el cristal del escaparate— Es ella la que ha decidido volver a escribir en la cafetería de Kate, así que debería saber desde un comienzo que no pensaba jugar limpio.

—Lo único que tienes limpio son los cristales, porque como estés así todos los días solo para restregar las tetas contra el cristal y que Chiara venga corriendo a la librería...

—¡Ruslana! —me rio, pero la verdad es que no es tan mala idea.

Nadie puede culparme por ser una persona feliz. Sí, feliz. Siempre me he considerado alguien alegre, a la que le gusta compartir su tiempo con la gente que quiere y disfruta de lo que la rodea. Quizás con algún que otro fallo como anteponer demasiado la felicidad de otros a la mía, pero ahí está la diferencia en esta situación, con que soy feliz.

Feliz. Feliz. Feliz. Feliz. Feliz.

Y, ¿qué es la felicidad? Según Russell, la felicidad solo puede conseguirse a través de la experiencia del amor y la gratitud. Epicuro postuló el principio de que el equilibrio y la templanza era lo que daba lugar a la felicidad. Para Kant, la felicidad es más que un deseo o elección, es un deber.

Si nos basamos en la psicología positiva, esta destacada dos perspectivas desde las cuales podemos experimentarla: la hedonista y la eudemónica.

La hedonista se remonta al siglo IV a.C, cuando Aristipo de Cirene, un discípulo de Sócrates, explicó que el objetivo final de la vida debía ser maximizar el placer y minimizar el dolor. Una persona con una perspectiva hedonista cree que la felicidad proviene, por ejemplo, del placer de hacer un viaje, de ir a un concierto o comprarse un capricho.

La eudemónica no es tan frecuente en la cultura occidental, este concepto se remonta al siglo IV a. C., cuando Aristóteles la definió por primera vez en su obra Ética a Nicómaco. Para Aristóteles, uno debe vivir su vida de acuerdo con sus virtudes para alcanzar la felicidad. Esta perspectiva es un intento de buscar una felicidad más duradera y significativa; por ejemplo, una persona con esta perspectiva puede pensar que la felicidad deriva del placer que puede producir el crecimiento personal.

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