Eso no tiene sentido

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Despierto sobre el cemento helado, sintiendo cada músculo de mi cuerpo arder por las descargas eléctricas del taser.

Suelto un gruñido ahogado e intento incorporar mi cuerpo dolorido, apoyando las palmas en el suelo. Es entonces cuando una figura borrosa en la esquina opuesta de la celda empieza a tomar forma entre la penumbra.

—Despertaste, conejita... —la voz de Kieran resuena rasposa y baja. Él también se incorpora despacio— ¿Te duele algo?

Escuchar esa pregunta brotar de su boca me descoloca por completo. ¿Desde cuándo a él le importa si siento dolor? Intento responder con una provocación, algo astuto que lo haga enojar, pero de mi garganta solo sale un sonido ahogado.

—Amm...

Un chasquido metálico interrumpe mis pensamientos. Al moverme, noto el peso frío apretándome la piel, llevo un collarín de hierro sujeto con cadenas pesadas a la pared, y dos grilletes más atrapan mis muñecas. Miro hacia Kieran y descubro que está en la misma situación, encadenado al muro como un animal peligroso.

Apenas estoy recuperando la fuerza. La rabia vuelve a quemarme por dentro. Necesito odiarlo. Tengo que aferrarme al odio hacia él para no volverme loca, porque si no es su culpa que yo esté aquí, entonces todo mi mundo se desmorona.

El cerrojo de la celda retumba y la puerta pesada de hierro se abre. Dos guardias uniformados con equipo táctico entran al calabozo. Traen los taser alargados en el cinturón y sostienen dos jeringas de cristal cargadas con un líquido espeso, de un color verde oscuro casi negro.

Sus miradas se posan en mí con una intención siniestra que me eriza los vellos del cuello. Instintivamente, intento retroceder contra la pared, pero un gruñido gutural y ensordecedor brota del pecho de Kieran, haciendo que los guardias desvíen la atención hacia él.

—Comenzaremos contigo, lobito —dice uno de los tipos con una sonrisa despectiva.

Caminan directo hacia Kieran. Ambos mantienen las manos apoyadas en los taser, avanzando con cautela; conocen de sobra la reputación del chico que tienen enfrente.

A pesar de que los músculos de Kieran siguen débiles por los sedantes, intenta arremeter contra ellos, pero los guardias lo reducen usando su peso y sujetándolo contra el muro. El segundo hombre saca la aguja y la clava sin piedad en el hombro de Kieran, vaciando el líquido negro directamente en sus venas.

Los guardias lo sueltan y dan dos pasos atrás.

Kieran ahoga un alarido de agonía. Su mandíbula se aprieta con tal fuerza que los tendones del cuello se le marcan como cuerdas tensas; parece que los dientes se le van a romper en cualquier momento. Sus ojos verdes me buscan en la penumbra y logro ver la pupila dilatándose salvajemente. Su espalda se arquea hacia atrás con un crujido seco y espantoso.

Es una transformación forzada.

Un nudo sofocante me atenaza la garganta y cierro los ojos con fuerza, incapaz de seguir viendo cómo le rompen los huesos desde adentro. Mi propia columna vertebral vibra con una punzada extraña, como si mi cuerpo absorbiera un eco de su dolor.

Pasan unos segundos de completo silencio en la celda.

Abro los ojos despacio. Frente a mí, un enorme lobo de pelaje oscuro y mirada asesina ocupa el espacio donde estaba Kieran. Las cadenas que lo sujetan apenas logran contener su volumen. Ya no me mira a mí; sus pupilas están fijas en los guardias con un odio puro.

Los dos tipos se echan a reír. Sacan los taser y activan las descargas directamente sobre las costillas del lobo.

Los aullidos desgarradores de Kieran rebotan contra las paredes de piedra. Me cubro los oídos de inmediato con las manos encadenadas, pero el sonido atraviesa mis palmas. Es como si encendieran un botón de pánico en mi pecho. Siento que voy a colapsar de la angustia. Mi cuerpo tiembla descontrolado, pero junto al pánico nace un deseo inconfundible y desesperado: necesito detener esto. Necesito salvarlo.

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