Un monstruo no se crea en la oscuridad; aprende a sobrevivir en ella.
Huir de un pasado sangriento me trajo directo a la Wolf Academy, un lugar que prometía ser un refugio y terminó convirtiéndose en mi peor pesadilla. Aquí, el dolor no solo se recu...
Dolor de cabeza. Un horrible y lacerante dolor de cabeza.
Lianna me prometió que nuestra naturaleza licántropa y la capacidad de curación acelerada no tardarían en neutralizar el alcohol en mi sangre, pero cada segundo se siente como una eternidad. No soporto la luz. Las gafas de sol oscuras que me prestó solo sirven para atraer más las miradas burlonas de los idiotas a mi alrededor, justo cuando empezaba a pensar que finalmente me ignoraban.
Solo quiero ir a mi habitación, cerrar las cortinas y enrollarme en mis cobijas. Hago un esfuerzo sobrehumano por mantener los ojos fijos en la pizarra, intentando "apagar" el oído absoluto para no volverme loca con los murmullos de los demás estudiantes. Conté cada segundo como una condena hasta que sonó el timbre de salida.
Sin embargo, el día todavía puede empeorar.
Esperándome justo al cruzar el umbral de la puerta, hay una persona que me congela la sangre. Su sonrisa cínica e inclinada de lado me hace detener el paso por un segundo. Intento esquivarlo por la derecha, pero es un fracaso absoluto.
—¿A dónde crees que vas, conejita? —murmura, tomándome con fuerza del brazo.
—Suéltame, Kieran.
—No —responde sin vacilar, tirando de mí hacia su cuerpo hasta dejar cero espacio personal entre los dos.
—¿Por qué usas esto, amor? —Pregunta, quitándome las gafas de sol de un solo tirón.
Parpadeo violentamente cuando la luz del pasillo golpea de lleno mis pupilas dilatadas, provocándome un punzado punzante tras los ojos.
—No te incumbe —Intento arrebatárselas, pero Kieran me aprisiona la cintura con un brazo, manteniendo las gafas lejos de mi alcance.
De repente, hunde su rostro en la curva de mi cuello y aspira profundamente. Su aliento cálido me eriza la piel.
—¿Mi conejita estuvo bebiendo? —pregunta con tono divertido.
No le contesto. Lo empujo con ambos puños contra su pecho, ignorando la sonrisa de sorpresa que se dibuja en sus labios al ver mi resistencia.
—Cada vez me sorprendes más, Nadine.
—Deja de llamarme así, por Dios —acomodo la tira de mi mochila sobre el hombro y empiezo a caminar a paso rápido. Él no tarda en ponerse a mi altura.
—Tendrás que acostumbrarte.
—¿Acostumbrarme a tus apodos sin un ápice de imaginación? Qué tortura.
—De hecho... —Kieran me atrapa del antebrazo, deteniendo mi marcha en seco y acorralándome contra la pared de piedra del pasillo.
Echó una mirada desesperada por encima de su hombro buscando ayuda, pero los demás estudiantes pasan apresurados, bajando la cabeza como si tuvieran pánico de interrumpir a Kieran.
—Te tendrás que acostumbrar a mi presencia, amor —susurra, inclinándose hacia mi rostro— Porque no pienso alejarme, por más que me insultes, me empujes o me escupas. Tu terquedad solo hace que me intrigue más. Me da ganas de pasar cada segundo compartiendo tu mismo aire con tal de verte, olerte y tocarte.
—Kieran... detente —intento ahogar el pánico en mi voz.
—Y eso no me bastará, porque cuanto más cerca te tengo, más te necesito.
—¡Que me sueltes! —Lo empujo con todas las fuerzas que me quedan.
Para mi alivio, esta vez no me sigue. Mantiene esa sonrisa fascinada mientras me ve huir a paso apresurado, con el corazón martilleándome el pecho a un ritmo desenfrenado.
Llego a mi habitación, cierro de un portazo y le paso el seguro. Apoyo las manos en mis rodillas, incapaz de llenar mis pulmones de aire.
—Es solo un ataque de ansiedad... es solo un ataque de pánico —me repito a mí misma en un murmullo tembloroso.
Intento reprimir los recuerdos, pero mi mente no está bajo control. Tengo que dejarme caer en el suelo para intentar estabilizar mi respiración.
Es que la mirada de Kieran... esa determinación enferma y posesiva me resultó tan escalofriantemente familiar que me dieron ganas de vomitar.
De pronto, un aroma penetra por mis fosas nasales, cortando mi respiración de golpe. El olor es tan denso y claro que parece que el dueño estuviera parado en medio del cuarto. Conozco esa loción demasiado bien un aroma picoso, masculino y pesado que podría identificar a kilómetros de distancia.
Me levanto de golpe, alterada, inspeccionando cada rincón de la habitación. Busco algo fuera de lugar, alguna señal de intrusión.
Y, para mi mala suerte, lo encuentro.
Mi mano empieza a temblar descontroladamente al acercarme a la cómoda. El cajón donde guardo mi ropa interior está medio abierto. Es de ahí de donde emana el olor con más fuerza.
En medio de mi ropa, hay una pequeña nota doblada.
—No... por favor, no... —un terror añejo y visceral comienza a bombear por mis venas mientras tomo el papel entre mis dedos helados.
Lo desdoblo.
"No te he olvidado, pequeña."
Las lágrimas se me escapan sin que pueda contenerlas, nublándome la vista. El dolor de cabeza se desvanece ante una pesadilla aún mayor.
El idiota no murió.
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