El sol de media mañana caía suavemente sobre el supermercado y el padre de Karime, el Sr. Alberto Pindter, empujaba con calma el carrito de compras, concentrado en la lista que su esposa le entregó desde temprano. Había estado ocupado toda la semana en la oficina, y aunque no le entusiasmaba mucho hacer las compras, le gustaba la paz que le brindaba el hacer otra cosa que no fueran números y situaciones.
Mientras revisaba las frutas, su atención fue capturada por dos mujeres de mediana edad en el pasillo de cereales. No le prestó importancia al principio hasta que escuchó el nombre de su hija.
—¿Supiste el nuevo chistecito de la hija de los Pindter?—preguntó una de las mujeres con un tono susurrante, aunque claramente diseñado para ser oído por cualquiera a su alrededor.
—Claro, ¡mi hija me contó! Siempre tan amigable, tan "perfecta" y ahora resulta...—la otra mujer hizo un gesto de desaprobación, lanzando una mirada rápida al Sr. Alberto—. Dicen que parecen muy íntimas, ya sabes esas personas volteadas.
El Sr. Alberto sintió un nudo en el estómago. No era la primera vez que escuchaba rumores sobre su hija pero esta vez había algo en la manera despectiva en que hablaban de ella y Gala que le molestó profundamente.
—Es que... ya sabes, estas modas de "experimentar". Seguro que es por llamar la atención. Imagínate, ¡con una futbolista! Esas siempre tienen mañas raras, por decirlo de forma amable —agregó la primera riendo suavemente.
Don Alberto respiró hondo, sintiendo cómo la indignación subía por su pecho. No quería causar una escena, pero tampoco iba a quedarse de brazos cruzados mientras hablaban de su hija de esa forma. Dando un paso adelante, aclaró la garganta y miró a ambas mujeres directamente a los ojos.
—Disculpen, —dijo, su voz tranquila pero firme—. Creo que están hablando de mi hija, Karime. Y aunque no creo que sea de su incumbencia, déjenme decirles que es una persona increíble, mucho más de lo que cualquier rumor podría sugerir.
Las dos mujeres se quedaron sin palabras, con las mejillas enrojecidas de vergüenza. Alberto se giró y se alejó sin esperar una respuesta, tomando un respiro profundo mientras continuaba su camino hacia la caja. Sabía que los rumores no iban a desaparecer, pero también sabía que haría todo lo posible para proteger a su hija de esa clase de prejuicios. Cualsea la situación que estuviera ocurriendo.
El peso del comentario no era solo por lo que implicaba, sino porque su hija, la niña de sus ojos, estaba en el centro de un chisme hiriente y mezquino. Decidió salir del supermercado. El apetito de compra se le había ido por completo.
Al llegar a casa, el hombre apenas había cruzado la puerta cuando escuchó voces en la sala. Reconoció de inmediato a su esposa, pero la voz masculina que hablaba con ella era inconfundible: Sian, el insoportable exnovio de Karime.
—...y sí, pensé que debían saberlo, porque, bueno, Karime siempre había sido tan...normal. Nunca pensé que terminaría haciendo esto —decía Sian, con una entonación fingidamente preocupada.
Alberto se acercó al marco de la puerta de la sala y observó la escena en silencio. Su esposa lo miró con una consternación en sus ojos, como si no supiera bien cómo procesar la noticia que Sian comenzaba a revelarles.
—No entiendo, Sian —dijo la Sra Isabel con el ceño fruncido—, ¿por qué piensas que necesitamos saber? Karime es nuestra hija, y si hay algo que nos quiera contar, confiamos en que lo hará a su tiempo.
Al regresar a casa, la líder de las porristas regresaba a casa después de un día especialmente agotador en la escuela. La situación con Gala era cada vez más complicada, y aunque en público seguían aparentando ser una pareja, los rumores y las miradas constantes empezaban a pasarle factura. Nunca imaginó lo frustrante e incomodo que podía llegar a ser el soportar a tantas personas juzgando por una relación entre dos chicas. Ahora comprendía un poco más a la comunidad.
Sin embargo, esa molestia desapareció cuando encontró en la sala. Sus padres estaban sentados junto a Sian.
La expresión en los rostros de sus padres era de desconcierto y algo de incomodidad, mientras que Sian la miraba con una sonrisa casi triunfante.
—Karime, ¿podemos hablar un momento? —dijo su madre Isabel con una voz suave.
La pelinegra se quedó paralizada. No necesitaba muchas pistas para saber que algo había pasado, y la presencia de Sian solo hacía que todo fuera más confuso. Se acercó a la sala, dejando caer su mochila a un lado, y se quedó de pie frente a ellos, sin saber qué esperar.
—¿Qué haces aquí, Sian? —preguntó ella, cruzándose de brazos, tratando de mantener la calma.
—Solo vine a hablar un poco con tus padres. Me pareció que ellos deberían saber lo de Gala —dijo él, enfatizando el nombre de su nueva novia con un tono malicioso.
—¿Qué...qué les dijo? —preguntó Karime dirigiéndose hacia su madre, sintiendo cómo la adrenalina le invadía el cuerpo.
—Le estaba contando a tus padres que últimamente te he visto muy cercana —dijo Sian, con tono inocente, pero sus ojos mostraban una chispa de malicia, sabía perfectamente lo que iba a provocar—. Todos han estado hablando de eso en la escuela y pensé que tal vez deberían saberlo.
La menor de los Pindter sintió cómo la sangre le subía a las mejillas. No era vergüenza, sino rabia e incomodidad. Quería decir algo pero las palabras parecían atrapadas en su garganta. Nadie tenía el derecho de tomarse la libertad de exponer tu sexualidad con los demás aún cuando Karime creía ser heterosexual.
Jamás se había imaginado que su ex novio llegaría tan lejos como para ir con sus padres y tratar de arruinar su reputación en su propia casa.
Sus padres intercambiaron miradas antes de que su madre hablara de nuevo.
—Cariño no queremos juzgarte ni hacerte sentir mal —dijo Isabel, tratando de medir sus palabras—. Solo estamos un poco ¿sorprendidos? Nunca nos habías dicho que te gustaban las chicas.
Karime se mordió el labio, tratando de encontrar las palabras adecuadas. Se suponía que todo era una farsa; su "relación" con Gala era solo un acuerdo pero ahora sentía la presión de tener que explicarlo todo a sus padres sin quedar aún más en evidencia.
La realidad es que la Matrioshka nunca pensó que la futbolista podría hacerla cuestionarse su propia identidad. No se sentía diferente y sin embargo, la idea de que ella y Gala pudieran ser más que una actuación se deslizó como una sombra en su mente.
¿Y si realmente había algo en Gala que le hacía replantearse todo?
Se encogió de hombros y, con la mayor calma posible, respondió.
—Lo que pase con Gala es asunto mío. No necesito dar explicaciones. Y tú —dijo mirando a Sian—, deberías preocuparte por tu propia vida. ¡Lárgate de mi casa!
—Sabemos que será difícil lidiar con lo que dicen los demás —dijo su padre, con una voz más suave de lo usual—. Queremos que sepas que te apoyamos pero también necesitamos que seas honesta con nosotros. Si hay algo más que nos quieres contar, aquí estamos para escucharte.
Sian viendo que no había causado tanto alboroto como esperaba, se levantó y sonrió de manera forzada.
—Creo que esta vez sobro aquí, así que me tengo que ir —dijo con una dulzura fingida—. Solo quería asegurarme de que supieran. Cuídense, señores Pindter.
Sian se levantó mirándola con una mezcla de burla y desdén, salió de la casa.
La porrista se quedó en silencio mirando a sus padres.
Cuando el eco de la puerta se cerró tras ella, Karime suspiró y se dejó caer en el sillón, mirando al techo mientras sus padres la observaban en silencio. Sería una conversación muy agotadora y eterna, no como la carnita asada.
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Tren de medianoche
FanfictionKarime Pindter tenía como meta seguir siendo la porrista más popular durante su ultimo año pero no contaba con que su estúpido novio la terminara para irse con su rival, desesperada por mantener su estatus, contratará a la mejor jugadora de fútbol d...
