Ja no fa mal.- La Fúmiga ft. Samantha
About time sonaba casi en un susurro en aquella casa llena de calidez. Pero Violeta no era capaz, en ese momento, de sentirse arropada ni en los brazos de su hermana, que se dedicaba a escuchar con atención la letra de aquella canción que la mayor de las Hódar tenía en bucle desde que la había descubierto hacía un par de semanas.
-Es alucinante.- Musitó Tana después de escucharla por tercera vez en esa tarde.
-Estoy súper orgullosa de ella, Tana.- Musitó Violeta, que aunque aún tenía el rastro de lágrimas sobre sus mejillas, mostraba un brillo en los ojos que tenía una clara protagonista.
-¿Por qué no le hablas?- Susurró con cuidado, sabiendo que aquel era un tema más que delicado.
-Quedamos en no buscarnos.- Suspiró con pesadez, separándose de su hermana y tumbándose boca arriba en la cama.
-Eso fue hace diez años, Vio.- Rodó los ojos a la vez que soltaba un pequeño bufido.
-Pero fue en lo que quedamos y...
-Y nada, Violeta.- La miró seria.- Hace diez años era una situación muy distinta. Joder, si dentro de nada empieza una gira, Vio.- Intentó convencerla.
-Me lo pienso, ¿vale?- Sonrió débilmente, queriendo cambiar de tema.
No era algo que le doliese ya, porque lo tenía más que asimilado. Su historia con Chiara había sido la más bonita que pudo siquiera haber imaginado. Pero como todo, tuvo un fin.
Se habían conocido a los diecisiete años, cuando coincidieron, por primera vez, en el instituto al que la pelinegra había llegado a mitad curso y que Violeta ya se conocía como la palma de su mano.
Se dedicaba a escribir verso tras verso en la libreta nueva que se había comprado hacía un par de días. Y, realmente, para tenerla en sus manos desde hacía tan poco tiempo, estaba sorprendida con la cantidad de páginas que ya había usado. Aunque todo se resumía en tachones frustrados por no terminar de gustarle nada de lo que escribía.
Solo levantó la vista de aquellas hojas cuando, tras unos golpes en la puerta, esta se abrió chirriando un poco.
-Como os he comentado al principio de la clase, tenéis una nueva incorporación en clase.- Interrumpió el profesor su propia explicación. Violeta alzó una ceja, pues ni siquiera había escuchado aquella información.- Esta es Chiara Oliver.- Presentó a la chica cuando entró en la clase, siendo la protagonista de cada mirada.
La chica, casi de inmediato, se cruzó con la mirada de Violeta, que a diferencia del resto, que murmuraba sobre ella cosas que ni siquiera le interesaban, la miraba con curiosidad. La pelirroja le dedicó una sonrisa, quitando su mochila, por primera vez en el curso, de la silla vacía que siempre había a su lado. Y Chiara le devolvió la sonrisa, ilusionada por aquel pequeño gesto que, en su primer día de clase, significó mucho.
-Soy Chiara.- Saludó la chica al sentarse, empezando a sacar una libreta, ya usada, y un simple bolígrafo azul.
-Soy Violeta.- Sonrió, sin ser capaz de apartar la mirada de su nueva compañera.
No hablaron más durante la clase, porque no querían molestar a la otra. Chiara porque veía a Violeta concentrada en su libreta y esta, porque veía a la pelinegra escuchando con atención. Aunque fue capaz de darse cuenta de que, más que atendiendo, simplemente tenía la vista perdida mientras miraba al frente.
El timbre sonó cuando el reloj marcó las diez en punto, y mientras todo el mundo recogía con rapidez para poder irse al recreo, Violeta se lo tomó con calma, como cada día. Estaba acostumbrada a que nadie la esperara y a no esperar a nadie, porque no conseguía congeniar con nadie. Aquel instituto de su barrio era uno de los mejores de Granada, y se notaba mucho por cómo se comportaba la gente. Nunca había sido de prejuicios, porque los odiaba como pocas cosas en la vida, pero los compañeros con los que llevaba compartiendo clase desde los cinco años, los cumplían absolutamente todos.
