Míralo.

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Míralo.- Rorro.


Otro día en el que volvía a irme a dormir con la misma sensación en el pecho. Un nudo que atravesaba desde la garganta hasta el estómago impidiendo que respirara con normalidad.

Siempre era lo mismo cuando la veía alejarse.

Cuando después de horas juntas, había cualquier mínimo detalle y volvía aquella coraza de la que tanto me advirtió pero quise ignorar.

Cuando después de horas juntas, se levantaba del sofá y, casi sin despedirse, se marchaba hasta que decidía volver tras días sin dar señales de vida.

Con Chiara Oliver siempre era así desde hacía poco más de un año.

Aquella tarde no sé muy bien qué ocurrió exactamente para que me mirara con esa indiferencia que solía aparcar cuando me veía. Pero dolió. Dolió como pocas cosas. Porque los ojos nunca mienten y aquello me dejó helada.

Siempre había conseguido ver más allá. Leerla más allá. Porque había sido transparente conmigo casi desde el principio y no entendía que, de repente, el verde de sus ojos no me perteneciesen aun estando a solas.

Porque solo podía ocurrir si no había nadie más alrededor. A eso ya me había acostumbrado.

Y aunque me desgastaba toda esa situación, no podía evitar volver a ella. No podía evitar desear sus manos recorriendo mi cuerpo de nuevo.

Nunca tenía suficiente si se trataba de ella.

Pero ella sí, y dolía.

Dolía, sobre todo, porque era adicción pura y yo estaba enganchada a ella como nunca.

Dolía porque tenía las cosas claras. Sabía que no podía esperar nada de una persona que no era capaz de mirar más allá de sí misma. Que aparecía y desaparecía según le convenía. Dolía porque yo estaba harta de acabar rota cada vez que la veía sin poder negarme a verla cuando lo pedía.

Quizás, porque en lo más profundo, aún quedaba un resquicio de esperanza. De que cambiara por mí. De que se diera cuenta que, conmigo, podía dejarse ser.

Pero no, Chiara Oliver era el claro ejemplo de que esas cosas solo ocurren en las películas.

-¿Puedes venir a dormir?- Mi voz entrecortada no dejó que mi mejor amiga dudara en que necesitaba su compañía una noche más.

Lo único que me tranquilizaba cada vez que la llamaba y ella venía sin reproches, era saber que con pronunciar el nombre de la inglesa, sabría que era lo de siempre. Porque no, no era la primera vez que le hacía salir una noche entre semana, a las tantas de la madrugada, porque sentía que me asfixiaba. No había charlas eternas sobre el daño que me hacía. Ni cuestionaba que yo siguiera ahí, esperando. No había caras de lástima ni de excesiva preocupación. Quizás por eso, Almu siempre era lugar seguro. Porque se dedicaba a estar, sin más. A ofrecerme apoyo cuando lo necesitaba y a decirme las cosas como eran solo si yo lo pedía.

-Gracias por venir.- Musité cuando entró con la copia de llave que le había dado ya hacía años.

-No me las des, Vio.- Me sonrió de lado, sabiendo de sobra que ese día tampoco iba a hacer el click en el que por fin alejaría a Chiara de mí.

Se tumbó conmigo en el sofá sin decir nada. Estuvimos en silencio por lo menos veinte minutos. Acariciaba mi espalda mientras yo simplemente lloraba a ratos y, a otros, miraba un punto fijo de la televisión apagada.

-Ha estado con otras.- Rompí el silencio.

-Eso ya lo sabíamos.- Respondió. Supongo que queriendo entender porqué aquella vez me había destrozado más de lo normal.

ONE SHOTS- KIVIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora