Penélope acudió a la impostergable cita con Doña Gertrudis, en la parada de la pasarela. La halló más dócil que el día anterior. No peleó con nadie en la autopista, no hizo comentarios despectivos acerca de cualquier cosa. Solo estaba concentrada en el camino y repetía cada tanto: «a mí no me van a joder».
Cuando llegaron a la empresa, le anunció que se quedaría un rato en el Land Rover.
—Sube, yo te alcanzo más tarde y si no he subido para las diez y media de la mañana, me vienes a buscar.
Le vio preparar sus cosas, la pipa, la hierba y el encendedor. Cerró los vidrios y comenzó a fumar su medicina. «Con razón estaba tan tranquila, vieja mañosa». Pensó Penélope.
Y de esa forma la señora estableció la nueva rutina laboral. Cambió la hora feliz de la tarde para la mañana. Como no podía hacerlo en la oficina, se las arregló para subvertir el inconveniente. Penny entendió entonces su retahíla: «a mí no me vas a joder».
Al principio la buscaba puntual al estacionamiento, pero poco a poco fue espaciando los tiempos hasta casi el mediodía. Así podía trabajar con soltura y sin presiones.
En las tardes, después del almuerzo y dos tazas de café, la doña entraba en una fase de actividad frenética. Alexa, a pesar de darse cuenta de la cuestión, lo dejó pasar, ya sea por complicidad o condescendencia con ella. Igual, la eficiencia de secretaría se mantenía intacta. Penélope, ya sea bajo la dirección de Gertrudis o sola, llevaba la agenda de una manera óptima. Luego de varias semanas, los papeles se habían invertido, la asistente parecía una y la secretaria la otra.
La vida le sonreía a Penélope, tenía un buen trabajo, buen ambiente, transporte personalizado y ya había salido un par de veces más con David. Era un hombre agradable y ella se lo estaba pensando. Cosa que a Carmilla le gustó mucho, también a su papá. Todo parecía estar bien. Sin embargo, muy en el fondo, se sentía vacía y no sabía por qué, o más bien, si lo sabía, pero prefería ignorarlo.
Una reunión con Alexa y Gertrudis removió el sedimento del fondo, enturbiando el agua.
—Mañana regresa Axel, retomará su puesto como CEO de Morgan Rousel Incorp, C.A. Quiero agradecerles su desempeño durante este mes. Ha sido maravilloso y puedo entregar la empresa a mi hermano en óptimo estado, operativa y pujante.
—Son excelentes noticias Alexa —respondió Gertrudis Santana.
—¡Ni que lo digas Gertrie, ahora me toca a mí casarme e irme de luna de miel! —exclamó la gemela e hizó un bailecito.
Penélope quiso alegrarse por ella, sin embargo, su corazón latiendo sin control no la dejaba expresarlo. Alexa había sido su salvadora, persona que rectificó las injusticias y se opuso a los malignos designios de la muérgana. Sin ella, estaría desprotegida. ¿Morgana aceptaría sin más que ella fuese la secretaria de su esposo-trofeo? Y esa era otra cuestión, ¿Cómo reaccionaría ella misma ante la presencia de Axel? Debía llamarlo, ahora sí, como el señor Axel.
Sintió mareos, se excusó y fue al baño. Contó hasta diez, se echó agua en la cara, contuvo las ganas de vomitar. Sudaba frío, ¿Que era aquello? La olvidada sensación de descontrol. ¿La sola posibilidad de verlo le causaba mucha ansiedad y le hacía sentir polillas (que no mariposas) en el estómago?
Recuperó la compostura, salió, felicitó a Alexa. Cuando le preguntaron por su malestar, mintió y le atribuyó la culpa a un burrito ficticio, que solo existía como excusa.
De regreso a casa, mientras andaban por la autopista a toda velocidad, ella abrió la ventana, necesitaba aire. El irritación persistía, se sentía sofocada. Y entonces lo vio. A Pedro Miguel en su moto, haciéndole señas.
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Axel AlexA
Mystery / Thriller¿Cuál es la escala de la felicidad? Penélope ha cambiado, casi no reconoce la hermosa mujer en que se convirtió; sin embargo, no ha dejado de ser una tímida adolescente que cree que el amor no se hizo para ella. Un golpe de suerte le hace conocer al...