Penélope y Martínez

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Penélope quiso guardar alguna fe en la resolución de lo ocurrido. Apeló al recuerdo, a lo que pasó en el incidente con su papá, la situación se había resuelto por si sola, sin necesidad de su intervención directa. Por más que lo creyó muerto, éste se levantó, ayudado por los vecinos y conservó la vida, apenas con un rasguño. Claro que era un pensamiento bonito, esperanzador, pero efímero...

La realidad era otra. Carolina no se levantaría por si misma, no por los buenos samaritanos, lo harían la policía y los forenses. Estaba muerta, muerta, muerta. ¿Cómo podría asimilarlo? Hacía pocos segundos hablaba con ella. ¿Cómo era posible tal tragedia?

Penélope no lo notó, en su afán, tenúe busqueda de una vida perdida, se había colocado en una precaria posición, apoyada sobre el marco. Sus pies no tocaban el suelo. Bastaría el menor movimiento en falso para que acompañara a Carolina en el asfalto, sesenta metros abajo.

Otro grito, una voz, un ángel, cuya mano firme brindó el oportuno rescate.

—¡No lo hagas Penélope! ¡No lo permitiré! ¡Tú no! —grito el joven CEO.

Axel le apartó de la ventana.

Aquello le sorprendió de manera triple, no tuvo conciencia de hallarse en peligro, él había pensado que ella se iba a lanzar por la ventana y tercero, y no menos importante: no sabía que él le tenía en tanta estima.

El pedido no fue imaginación suya. Lo oyó con claridad, dijo que no podía permitirse su pérdida. Quizás no la amaba, sin embargo, algo fuerte sentía por ella.

Emocionada abrazó al hombre, el blanco de sus obsesiones, quizá el dueño de sus suspiros. No eran nada oficial, pero tampoco carecían de conexión. Algo había entre ellos, aunque estuviese envuelto en la decepción y la oscuridad.

Enseguida la empresa se revolucionó. Pronto comenzó a llegar gente, trabajadores, oficinistas y por supuesto: la muérgana. Quien, lo primero que hizo, sin preguntar el porqué del alboroto, fue separar a la imprevista pareja. Seguido le formó una san pablera a ambos personajes, reclamando explicación sobre el adultero comportamiento de su prometido con la empleada de limpieza.

—¡Señorita Morgana! ¡Carolina Pérez cayó por la ventana, esta muerta! —exclamó Penélope.

—¡No es excusa para que estes abrazando a mi novio! ¡Quítate! ¡Aprovechada! —respondió Morgana, empujándola con violencia.

Una voluminosa panza impidió que Penélope cayera de espaldas en el suelo. La joven agradeció la oportuna aparición de la esponjosa barriga y los vigorosos brazos que le sostuvieron. Era Lotario Cárdenas. Por instinto, buscó a Alexa, debería estar allí también. No la halló.

Lo que siguió fue muy confuso. Penélope observó que, luego del tumulto inicial, los jefes se dieron a la ardua e imposible tarea de regresar a todos a sus puestos. Algunos lloraban, otros comentaban, unos permanecían en silencio; hubo un par de desmayos y acusaciones. Como dicen en algunos países: era un quilombo.

Rendidos ante lo evidente, los jefes suspendieron las labores. Al menos por el momento, mientras pasaba la conmoción y llegaban los servicios de emergencia y la policía.

A Penélope la remitieron a servicio médico, estaba muy nerviosa. No que Morgana estuviese de acuerdo. Para ella la empleada de ablución estaba exagerando y así lo expresó en público.

—Es una showsera. Ni que la conociera tanto o fuesen las mejores amigas —dijo.

Allí, en enfermería, Fermín Martínez, la vio por primera vez.

Leyó los datos básicos de la testigo: Penélope Candy Mármol Pineda, veinte años, empleada de mantenimiento en el consorcio, recién contratada, el mismo día que la occisa. «¡Vaya! Qué casualidad». Observó la foto en la ficha de trabajo que le fue suministrada, no parecía la misma persona. O sea, había alguna semblanza, pero la nariz, la boca y su mejilla eran distintas. Lo desestimó, ahora, con tantos filtros en las imágenes, era difícil reconocer a la gente. Aunque los mismos se usan para mejorar la imagen y verse más guapos o bonitos. Quién sabe. Quizá la chica en cuestión no conoce la forma adecuada de manejar las aplicaciones o la persona que tomó la foto no es un profesional.

Axel AlexADonde viven las historias. Descúbrelo ahora