Chapter seventen.

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Varios días transcurrieron en la ciudad de Nueva York. 

Una pensativa Cate se dirigía a su sitio de trabajo, va manejando con parsimonia, con la vista en la carretera, una mano apoyada en su mejilla y la otra sobre el volante. Pensaba en Joyce y en su inesperada partida, debía despedirla en el aeropuerto dentro de poco.

Iba tarde como siempre, pero no era algo que perturbara su calma, más bien había adaptado ese horario con su día a día.

Mientras tanto, en el bufete se reunían los abogados en la sala de juntas con Albert, como cada mañana religiosamente tomaban sus cafés, halaban una silla y se acomodaban con sus documentos más recientes para comentar cada caso a su jefe.

―Antes de revisar las asignaciones debo decirles algo importante ―habló el CEO, dando por iniciada la reunión―. Seguimos en el puesto número uno, equipo. ¡Felicidades! ―exclamó y comenzó a aplaudir, poco a poco los presentes se unieron a él con sonrisas y una que otra carcajeada.

―No es algo nuevo, pero es bueno saberlo ―comentó Kirk y Rebeca lo secundó. 

―Por algo estamos tan llenos de trabajos, casi no descansamos. ―Angelina largó un bostezo con suma pesadez―. Ni siquiera el café me ayuda ya. 

―Ni a mí ―acotó Thomas, terminando el contenido de su vaso.

―Estoy muy orgulloso de ustedes, de nosotros. ―Expresó con autentica alegría―. Bueno, volviendo al tema, necesito de tu ayuda, Angelina, están demandando a Evangeline, nuestra arquitecta por incumplimiento de contrato... ¿Cómo vas de trabajo? ¿Crees poder aceptarlo?

Albert sabía que la pelinegra prácticamente dormía en los tribunales, visitaba el trabajo y paseaba en su casa, toda una mujer ocupada.

― ¿Derecho laboral? ―Habló Rebeca―. ¿Quién demanda?

―La empresa mediante su contratación ―explicó Albert enseñando el documento―. No es algo grave, pero decidieron llevar a cabo la demanda de todas formas.

Entre cada uno cruzaban miradas sorpresivas, ¿la tímida Evangeline Brown en problemas legales? Era algo de no creer. Thomas decidió hablar.

―Angelina es perfecta para llevarlo a cabo, en mi opinión.

La mencionada permanecía en silencio, meditando la situación, haciendo un conteo mental de los casos urgentes y pendientes. Le sabía mal negarse a algo, pero no podía comprometerse si no estaba segura de cumplir con la tarea.

―Me disculpas mucho, Albert... no voy a poder hacerlo. ¡Pero, Thomas puede! ―exclamó y con su delgado dedo índice lo apuntó―. Estoy tan llena, que no me siento capacitada para esto y no quiero ser una irrespetuosa con la señorita Evangeline. Thomas conoce de derecho laboral y si no hay necesidad de ir al tribunal, se resolvería con facilidad.

―No tienes porqué disculparte, tranquila ―vociferó el líder de los abogados―. Thomas, ¿aceptas el caso?

Para el abogado sería más fácil que cualquier otro caso que haya llevado. Además, proyectaba una oportunidad perfecta para acercarse a Eva, trazar un camino con ella, quién sabe.

―Claro, Albert, cuenta conmigo ―accedió, imaginando toda una película que solo se transmitiría en sus sueños. 

Angelina le agradeció en susurros a Thomas y se ofreció a ayudarlo en lo que necesitara.

La junta siguió su habitual rutina, entre tanto Cate desayunaba en la cafetería del rasca cielos. Compró tocino, huevos y tostadas y claro, el jugo de naranja. Casi nunca frecuentaba esa estancia, sin embargo, se permitió estar ahí al menos esa vez. Observaba el lugar con detenimiento, escudriñando a las personas esparcidas por el amplio espacio, picando y masticando de su desayuno.

¡Buen día, arquitecta!©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora