VIII

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Dawkins solo pintaba lo mejor que podía, cada pincelada que daba en el lienzo blanco era un intento de lograr captar una imagen en concreto, sin una idea en prevista.

Da Vinci notó su comportamiento en la manera de hacer algo en el lienzo, observaba que estaba perdido sin mostrar un rumbo a qué hacer. Con la idea de poder ayudarlo, lo toma de su pata para comenzar a darle guía en sus pinceladas.


—¿Qué haces? —indagó el inventor, tras la inesperada acción de su compañera.

—Trato de ayudarte, hermano. Solo sigue mi pulso.


La chica ayudaba a guiar a su hermano el inventor a dar una forma a sus pinceladas, que no daban una claridad concreta de lo que estaba haciendo. Aunque Da Vinci estaba en la misma situación, comenzó dando un ritmo diferente al pensar la cosa más sencilla para principiantes.

Fueron pocos minutos para terminar el trabajo, dejando confuso y sorprendido el cachorro inventor al ver lo que se plasmaba en ese lienzo. Habían pintado una manzana roja, completamente sólida. Al solo colocar dos tonalidades diferentes de color, empezaron solo haciendo algo básico, principalmente para Dawkins que solo se sentía obligado a hacerlo.

La chica mostraba una sonrisa como apoyo de su esfuerzo, pero fue notoria la expresión seria del macho sin apartar su mirada en la pintura realizada. Daba como observación que la obra que realizó no llegó a convencerlo completamente, lo que pensó que se sentía desanimado aún. Le puso su pata en la espalda del macho y le hizo compañía a su lado.


—Mira, Dawkins, sé que esto no es mucho, y más que tratabas de negarte en hacerlo. Pero solo quiero ayudarte, a buscar nuevas maneras de poder salir de la rutina. No se trata de hacer lo mismo todo el tiempo, porque te abrumas en ello, te lo digo por experiencia. Por eso tienes que hacer algo diferente para que no entres en ansiedad o en un colapso psicológico y emocional.

—¿Pero qué? Es lo único que sé hacer: inventar y estudiar ciencia. No sé en qué más puedo hacer, ni tengo bien qué es lo que espero de mí dentro de unos años.

—Ay, hermano, lo dices como si fuera difícil. Mira, cuando yo ando así cansada de pintar o tengo un bloqueo artístico, suelo caminar, escuchar música o me pongo a leer un libro. Ese último siempre me relaja cuando me siento presionada.

—¿Acaso lees? ¿Sabes leer?

—¿Acaso me viste con cara de cavernícola? —burló ella con una leve carcajada—. Claro que sé leer, y me gusta. Solo no lo digo porque la gente me conoce por lo que hago siempre, pintar. El punto es, si yo tengo tiempo libre para desahogarme del arte, puedes hacerlo igual con tu profesión. Solo inténtalo.

—Me parece complicado, te digo que es lo único que sé hacer. Duermo, como y pienso en eso, no tengo salida de ello, aunque más lo intente.

—Nada es imposible —dijo ella estando en frente y tomando sus patas delanteras—, solo déjame ayudarte. Yo te ayudaré a encontrar un escape, que pueda beneficiarte por un bien.


El macho había apartado la mirada, se sentía confuso al ver que su hermana trataba de ayudarlo con más frecuencia, a comparación de otros días que ella lo apoyaba en avanzar en su máquina. Su expresión de compasión era la clave al ver su intención en compromiso.

Al no querer hacerla sentir mal, aceptó asintiendo con la cabeza. Lo que la hembra se puso feliz y agitó su cola como símbolo de aquella expresión. Era predecible el abrazo que terminó correspondiendo de ella, lo que liberaba una vibra de tranquilidad en su aura.

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