La dálmata de manchas de colores regresaría a su hogar después de la jornada que le tocó trabajar en ese espacio para pintar. Su cara lo decía al entrar a través de la puerta principal al cerrarse completamente, estaba exhausta después de todo su día transcurrido. Dejando su morral lleno de utensilios para la pintura a lado de un mueble cerca de la entrada para dejar el correo y subir por las escaleras.
El vacío era total, sin ruido aparente de sus hermanos jugando y corriendo por toda la casa, que era la rutina de cada día. Era extraño que eso fuera posible, al menos que salieran a dar el paseo diario por el parque cercano a su domicilio. Confirmó lo que pensaba, habían salido a ello.
Entrando a su habitación, se recargó en una de las paredes observando la oscuridad presente en el área, con la iluminación de las farolas externas en las calles entrando por la ventana sin cubrirse de las cortinas oscuras. Perdiendo su mirada al vacío que había en el lugar, el silencio mostraba la soledad en la que estaba.
Con una de sus patas manchadas de pintura tomó su pañuelo rosado de su cuello y lo desprendió de su nudo con un solo movimiento, dejándolo caer en su pelaje deslizándolo hasta tirarse al suelo. Con ambas patas cubría su rostro extendiendo los dedos a las extremidades de su cara y arrastrándolas en ellas estirando la piel mientras un jadeo agonizante por cansancio salía de su hocico.
—¡Nada de lo que hago les parece bien! —exclamó en voz alta al unísono reflejando su molestia.
Al finalizar su grito, librando su frustración total, golpeó con una de sus patas al suelo donde estaba sentada. Al par de un suave golpe con la nuca en la pared en donde recargaba su cuerpo. Sus ojos cansados cerrándose y la mandíbula firme con las ganas de volver a gritar para soltar una última vez la impotencia contenida.
«Tendría la misma reacción si no lograría convencer lo que soy capaz. Pero, lo clásico, Dios tiene a sus favoritos».
Quería llorar, pero trató de aguantarlo lo mejor posible. Sus patas eran puños al pulso que su sangre bombeaba con rabia, un golpe era la necesidad para soltar esa ira contenida. Era grande lo que quería librar, se mantuvo serena al recordar que solo necesitaba un respiro. Una sesión de respiraciones largas y profundas realizó con repeticiones en espera de resultados.
Se calmó a los pocos minutos, la transición fue corta tras librar los puños que se abrían las palmas con relajación y un leve dolor por la tensión forzada en sus dedos. Solo una lágrima derramada cayendo al suelo tras deslizarse por la mejilla y llegado a su mentón largo. Se relajó y la vista volvió a aclararse en su entorno.
Tomó su pañuelo y lo puso en perspectiva en frente de ella, queriendo recordar el significado que ese objeto sujetado en su cuello simboliza en ella. Un valor puro de lo que se convirtió y lo que puede lograr con años de práctica. Cerrando el puño al tomarlo con fuerza y recargarlo en su pecho a la altura donde está su corazón. Cerró los ojos y respiró profundamente sin interrupción alguna.
Era una artista, las manchas de colores de pintura en su pelaje le daban la representación total. Ella decidió esa profesión, y su trabajo es defenderlo para demostrar lo que es capaz. Arte urbano o clásico, a brocha o lápices de madera, en murales o piezas de papel, la pintura es su pasión. El estilo de vida que decidió tomar, y de ello vivir a lo máximo.
Dejó su imaginación trabajar en las palabras que significaba ser alguien con ese pañuelo, al punto de librarse al escuchar el ruido entrante de la puerta de la habitación siendo golpeada por el otro extremo. Se puso el pañuelo de vuelta a su cuello y se frotó la cara con ambas patas tratando de quitar la emoción de tristeza físicamente.
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Petricor
FanfictionTodos tenemos días malos, todos sentimos tristeza, todos pasamos por cosas malas. Pero no todo se pinta en un torno gris, siempre hay una salida donde las cosas se ponen mejores. Donde todo es más alegre y se siente conforme y feliz. Dawkins y Da Vi...
