Como el maldito y fugaz destello de explosiones solares que sólo impresionan borrosamente los ojos de los ciegos, el comienzo del horror pasó casi inadvertido: de hecho fue quedando olvidado en la locura de lo que vino después, y quizá no lo relacionó de ningún modo con el horror mismo.
Era difícil de juzgar.
La casa era alquilada. Acogedora. Hermética. Una casa de ladrillo, colonial, cubierta de hiedra, en la zona de Georgetown, en Washington D. C.
Al otro lado de la calle había una franja de "campus" perteneciente a la Georgetown University; detrás, un escarpado terraplén que caía en pendiente vertical sobre la bulliciosa calle M y, más lejos, el fangoso río Potomac. El 1º de abril, por la mañana temprano, la casa estaba en silencio.
Chris MacNeil se hallaba incorporada en la cama, repasando el texto de la filmación del día siguiente; Regan, su hija, dormía en su habitación, al final del pasillo, y los sirvientes, Willie y Karl, ambos de edad madura, ocupaban una estancia, contigua a la despensa, en la planta baja.
Aproximadamente a las 12.25 de la noche, Chris apartó la mirada del guión, y frunció el ceño con perplejidad. Oyó ruidos extraños.
Eran raros. Apagados. Agrupados rítmicamente. Un código insólito de golpecitos producidos por un muerto.
"Curioso".
Escuchó durante un momento y luego dejó de prestar atención; pero como los ruidos proseguían, no se podía concentrar. Arrojó violentamente el manuscrito sobre la cama.
"¡Dios mío! ¡Qué fastidio!"
Salió al pasillo y miró a su alrededor. Parecían provenir del dormitorio de Regan.
"Pero, ¿qué estará haciendo?"
Caminó lentamente por el corredor, y de pronto los golpes se oyeron más fuertes, más rápidos. Al empujar la puerta y entrar en la habitación, cesaron de pronto.
"¿Qué diablos pasa?"
La niña de once años dormía, firmemente abrazada a un gran oso de felpa de ojos redondos. Arruinado. Descolorido después de muchos años de asfixiarlo, de cubrirlo de tiernos besos húmedos.
Chris se acercó suavemente al lecho y se inclinó murmurando:
-Rags, ¿estás despierta?
Respiración rítmica. Pesada. Profunda.
Chris paseó la vista por el cuarto. La débil luz del pasillo llegaba mortecina y se astillaba sobre los cuadros pintados por Regan, sobre sus esculturas, sobre otros animales de felpa.
"Está bien, Rags. La vieja mamá ya se va. Dilo. '¡Que la inocencia te valga!'"
Y, sin embargo, Chris sabía que ese comportamiento no era propio de Regan. La niña tenía un temperamento muy opaco. Entonces, ¿quién era el bromista? ¿Algún tipo muerto de sueño que trataba de silenciar los ruidos de las cañerías de la calefacción? Cierta vez, en las montañas de Bután, había pasado horas y horas contemplando a un monje budista que meditaba acuclillado en la tierra.
Al final creyó verlo levitar. Quizás. Al contar la historia a alguien, siempre añadía: 'Quizás.'
Y quizás ahora también su mente, esa incansable narradora de ilusiones, había exagerado los golpes.
"¡Pues no! ¡Los he oído!"
Bruscamente lanzó una mirada al techo. ¡Allí! Leves rasguños.
"¡Ratas en el altillo, Dios mío! ¡Ratas!"
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El Exorcista - William Blatty
HorrorEl terror comenzó tan discretamente que al principio pasó inadvertido.Pequeñas molestias en Regan, para las cuales Chris MacNeil, actriz y madre, encontraba fáciles explicaciones. Parecía como si Regan hubiera sido invadida por una personalidad dife...
