Se detuvo en el borde del solitario andén del 'Metro', esperando oír el estruendo del tren, el cual apaciguaría aquel dolor que siempre lo acompañaba. Como el pulso. Lo oía sólo en el silencio. Se cambió de mano la maleta y contempló el túnel. Focos de luz. Se estiraban en la oscuridad como guías hacia la desesperanza.
Una tos. Miró a su izquierda.
Un hombre canoso, con aspecto de mendigo y sin afeitar, se incorporaba en medio de un charco de orina. Sus ojos amarillentos observaron al sacerdote con expresión triste.
El sacerdote desvió la mirada.
El hombre se acercaría. Gemiría.
"¿Podría ayudar a un viejo monaguillo, padre? ¿Podría?" La mano, salpicada de vómito, se apoyaría en su hombro. Hurgar y buscar una medalla. La vaharada de vino y ajo soportada en miles de confesiones, y los trillados pecados mortales eructados de una vez y que asfixiaban... asfixiaban...
El sacerdote oyó que el desharrapado se levantaba.
"¡Que no se acerque!"
Unos pasos...
"¡Oh, Dios mío, hágase tu voluntad!"
-¡Hola, padre!
Dio un respingo. Se encogió.
No se atrevía a volverse. No podía soportar la búsqueda de Cristo en el tufo y en los ojos hundidos, al Cristo del pus y los excrementos sangrantes, al Cristo que no podía ser. Con un ademán distraído, se tocó la manga, como si buscara una inexistente franja de luto. Tuvo un leve recuerdo de otro Cristo.
-"¡Padre!"
El ruido de un tren que llegaba. El ruido de un tropezón. Miró al vagabundo. Se tambaleaba. Se desvanecía. Con un ciego impulso, el sacerdote se le acercó, lo agarró y lo arrastró hasta el banco que había contra la pared.
-Soy católico -murmuró el vagabundo-, soy católico.
El sacerdote lo tranquilizó, lo hizo acostar y vio que se acercaba su tren. Rápidamente sacó un dólar de su billetera y lo metió en el bolsillo de la chaqueta del vagabundo; pero luego le pareció que no era un lugar seguro, lo sacó y se lo metió en el bolsillo del pantalón, húmedo de orina; recogió su maleta y se metió en un vagón.
Se sentó en un rincón y fingió dormir. Al final del trayecto caminó hasta Fordham University.
El dólar era para el taxi.
Cuando llegó al pabellón en que se alojaban los visitantes, registró su nombre, "Damien Karras", y se quedó mirando el papel. Faltaba algo. Cansado, se dio cuenta de que no había puesto "S. J." y lo añadió.
Le asignaron una habitación en el edificio 'Weigel', y al cabo de una hora pudo dormir.
Al día siguiente asistió a una reunión de la Sociedad Americana de Psiquiatría. Como principal conferenciante, expuso su tesis, titulada: "Aspectos psicológicos del desarrollo espiritual". Al finalizar el día pudo tomar algo con otros psiquíatras, quienes pagaron.
Los dejó pronto. Tenía que ver a su madre.
Se fue caminando hasta el semiderruido edificio de apartamentos de la calle Veintiuno Este, en Manhattan. Se detuvo junto a la escalinata de acceso y contempló a los niños que había allí. Desaliñados. Mal vestidos. Sin casa.
Se acordaba de desahucios, de humillaciones, de haber vuelto a su casa con una novia de séptimo grado, para hallar a su madre revolviendo el cubo de la basura de la esquina, en espera de encontrar algo. Subió la escalera y abrió la puerta como si fuera una herida delicada. Olor a comida. A dulzaina podredumbre. Se acordaba de las visitas a mistress Choirelli en su pequeño apartamento con los dieciocho gatos. Se agarró a la barandilla y subió, vencido por un repentino cansancio, que se filtraba en su interior y que él sabía que provenía de un sentimiento de culpa.
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El Exorcista - William Blatty
TerrorEl terror comenzó tan discretamente que al principio pasó inadvertido.Pequeñas molestias en Regan, para las cuales Chris MacNeil, actriz y madre, encontraba fáciles explicaciones. Parecía como si Regan hubiera sido invadida por una personalidad dife...
