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Yitzel.
Silencio.
Eso era lo que había en casa últimamente.
Silencios que decían todo, que lastimaban, que no perdonaban, cargados de mucha incomodidad.
Este día no era distinto.
Clases, mas clases y para mi, el final de todo.
Mamá había logrado hablar con mi papá, y ellos habían conseguido un vuelo para mi, para regresar a Ámsterdam.
Mis maletas estaban listas desde ayer en la noche, lo único que quedaba eran las cosas que ya estaban cuando yo llegue, no solo las cosas físicas, si no tambien sentimientos.
No había hablado con Mick, no podía, pero sabía que lo haría mas tarde cuando llegáramos a casa.
Iba saliendo para caminar a la van que ya había llegado cuando vi que unos niños estaban molestando a los gemelos.
– ¡Miren quienes son! ¡Son los entes! – escuché al niño pelinegro.
– Si, ¿Por qué no vuelven a su nave? – dijo un gordinflón.
– Cierra la boca – respondió uno de los gemelos.
– ¿Acaso le dijiste que cerrara la boca? – se les acercó intimidante la única niña del grupo.
Me acerqué rápidamente para intentar intervenir pero Lau llego antes que yo con los brazos cruzados.
– ¿Algún problema, vago? – dijo tranquilo.
– ¿Tú que quieres aquí? – le respondió violento el niño de tez morena.
– Si te metes con mis hermanos, te metes conmigo – siguió tranquilo.
Los niños que los molestaban, soltaron una risa burlona.
– ¡Si! ¡Seguro! ¡Claro! – se siguieron burlando.
– Y conmigo – llegó mi hermano.
– Y conmigo – llegó Bina y despues su gemela.
– Y conmigo – así fueron llegando Naoko, Joni y Jimi.
– Ahh, tranquilos – dijo asustado el pelinegro.
– Otter, ¿Estos son los niños que tienen problemas con familias numerosas? – preguntó mi hermano.
– Dicen que compartimos calzones – respondió él.
– Eso es ignorancia – dijo Jimi.
– ¿Y tienen idea de con que se remedia la ignorancia? – les preguntó Naoko. En ese momento igual llegó Harry.
Empezaron a acercarse, y los brabucones comenzaron a retroceder.