Piezas

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Si muero, entiérrenme con aquella gaveta que está escondida en la esquina de mi habitación; es aquella que guarda mis más atesorados recuerdos.

La caja de madera tiene todas las cartas escritas por manos amorosas, los regalos que me duele ver y las fechas que silenciosamente anoté. Pero, más importante, ahí están los restos de los amores que alguna vez me juraron.

En perfecto orden y fechados, están los frascos viales con los ojos que pertenecieron a aquellos que me miraban con nada más que amor, adoración y ternura. Alineados por fecha, brillan bellamente con la luz del sol que rara vez entra en su claustro, y si los veo bajo ese rayo preciso del atardecer, aún puedo ver cómo pestañeaban mientras me miraban sin disimulo. Al lado están los envases con corazones; son esos los que más amo, los que más difíciles de conseguir fueron, pues eran aquellos que latían en secreto por mí y se escondían tímidamente debajo de una blanca armadura que los atrapaba como rejas.

Debajo, en paquetes transparentes, está la piel de quienes me tocaron con reverencial adoración y pudor. Su calidez fue eternamente preservada para que calentara mi alma y cuerpo. Pero cuando no la use, estará recelosamente guardada en el cajón de esta secreta gaveta. Al fondo de la gaveta, alejado del sol para su añejamiento, hay botellas de mezcal con las cuerdas vocales de aquellos que me dijeron mentiras endulzadas para poder enredarme sin vergüenza; y cuando necesite valor, tomaré un par de tragos de lo que quedó de su débil intento de tenerme.

Pero si alguien encuentra esta gaveta, que no se asusten, por favor. No me culpen ni me juzguen. Pues tras el doble fondo estaré yo, o más bien, las piezas que yo misma he mutilado por amor y temor.

Nunca supe si de verdad sé amar, si mi alma es capaz de una cosa tan sagrada. He sentido muchas cosas parecidas que son seguidas por un profundo temor y una rápida huida, para que después, tras la puerta cerrada, me diseccione. Cada vez que mi corazón sentía, aunque fuese un poco de querer, cortaba un pedazo para poder preservar el sentimiento de manera eterna; y para nunca olvidar, escribía cada detalle que serviría como etiqueta para su cuidadoso registro.

Cuando mi mente piensa tiernamente en alguien, me saco el cerebro para, con cuidado, retirar cada letra que le pensara, y las añado en un ron blanco que, al tomar, pasará con un cosquilleo por mi garganta y adormecerá mi cuerpo con amor, para inundarme de recuerdos. Si mi piel arde por ser rozada por otra, tomaré un bisturí y cortaré mi epidermis, para guardar siempre el ardor y la explosión en cada uno de mis filamentos celulares.

Y para el final, con mi último aliento, arrancaré mis labios para embalsamarlos mientras murmuran los nombres de todos aquellos que alguna vez besaron, y oraré los apellidos de quienes más amé. Como cereza del pastel, mis ojos serán sacados con la cuchara de mi última comida. Aquellos ojos color chocolate que miraron sin pena a quien les resultaba llamativo, quedarán en el último frasco con la etiqueta: «Ojos inquietos».

Simples escritosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora