Ajena

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¿Qué derecho tengo yo? ¿Qué excusa puedo poner?

Si soy yo la que no tiene una triste historia, no tiene un devastador evento ni profundas cicatrices. Soy yo la privilegiada, que todo puede tener; soy yo la que hiere con sus venenosas palabras y hambriento corazón. Pero entonces, ¿por qué? Alguien, por favor, dígame por qué las cálidas cobijas de mi cama me enredan tan neciamente, por qué aborrezco salir de la seguridad y calma que me brindan sin siquiera pedirlo.

Explíquenme por qué mi estómago se ha vuelto un hoyo negro que nunca se llena. Creo firmemente que algún día también me comerá a mí, y no podré volver.

¿Cuál es mi lugar aquí? ¿Quién es esta que me mira a través del espejo?

Tiene los mismos ojos color café chocolate y labios fruncidos, aunque no la reconozco, ni a las manos que limpian mis lágrimas. Hace ya tanto tiempo que no me (re)conozco, no entiendo lo que este cuerpo siente, ni asocio lo que mi lengua dice con confianza. Alguien está manejando mi cuerpo mientras voy sentada en el asiento del copiloto, mirando todo como fiel y única espectadora de mi vida, o al menos eso pensé yo.

A veces me vuelvo consciente, y no entiendo, si esta soy yo ¿Quién está al volante? Miro alrededor confundida y por fin me doy cuenta de que no soy la única pasajera. Están ellas, a quienes creí haber dejado atrás: una niña brillante y alegre que sonríe con esa mirada curiosa, con una rebelde cabellera lacia que no se doblega y unos pies inquietos; a su lado, una chica que parece estar ausente en mente, sus manos sujetan el teléfono cerca al mirar sus pies de manera casi inerte, con las orejas cubiertas por los audífonos y sus ojos adornados por profundas ojeras.

Claro, ahora las reconozco: soy yo, aunque siempre creí que ellas ya habían quedado en lo más profundo de mi mente.

Miro hacia adelante nuevamente y es esa vista que ya me es familiar: son esas suaves sábanas blancas con pequeñas flores, es esa brillante pantalla y grandes edredones que me dan una seguridad casi enferma. ¿Qué hago aquí? ¿Qué es lo que me pasa? ¿Qué he de hacer ahora?

Levantarme cada mañana es una batalla que ya no quiero pelear. El eterno camino al nuevo entorno hace que cada minuto me ponga un peso en el cuerpo que no me puedo quitar; las palabras no llegan a mi cabeza y mi mente se ausenta con la esperanza de que todo pase más rápido. Lo único que deseo es llenar ese vacío en mis entrañas y volver a recostarme en la calidez de mi guarida.

Estoy tan cansada y ni siquiera sé de qué; no puedo levantar la pluma para hacer tarea, estudiar me es ajeno e imposible, pero renunciar no es una opción. ¿Cómo podría?

Mi padre no para de repetir todo el orgullo que siente y me da ánimos en cada llamada que hemos hecho; mi madre, que nunca tuvo mis oportunidades, llegó más lejos de lo que yo puedo imaginar; mi familia me da un apoyo incondicional y todo se me da. ¿Qué derecho tengo yo? ¿Cómo voy a renunciar?

Estoy rodeada de privilegios y no sé qué he de hacer; no me siento dueña de mi vida, aunque tampoco quiero serlo, quizá por miedo, quizá por sueño. En ambas opciones soy una cobarde, que no puede vivir su vida ni tampoco terminarla, pues más miedo me da la nada, el olvido y la oscuridad. Así que aquí me quedaré, sentada sin tomar el volante, mirando todo avanzar mientras yo me estanco en mis ensueños.

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