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Lo primero que veo es a William. A mí lado, sosteniendo mi mano como si temiera soltarla, recargado en mi cama, vencido por el cansancio. Parece que duerme.

Pero el leve movimiento de mis dedos lo despierta.

—Pequeña… —murmura mientras intenta incorporarse sin dejar de tomar mi mano—. ¿Cómo te sientes?

—Cansada —susurro. Sonrío, y él sonríe conmigo—. ¿Mis bebés?

—Están bien, pequeña. Dos hermosos niños… soldados como su madre, listos para la batalla.

Vuelvo a sonreír, débil, pero llena de un amor nuevo que me desborda.

—Quiero verlos.

William me ayuda a levantarme, y caminamos despacio por los pasillos silenciosos del hospital. Cada paso parece más largo que el anterior, hasta llegar a una sala especial. Una inquietud me atraviesa. ¿Qué pasa?

—Son fuertes, pequeña —me dice con suavidad—. Solo necesitan unos días más de observación.

Las incubadoras se alzan frente a mí como barreras de cristal. Me separan de mis hijos, de su calor, de su olor, de la primera caricia que anhelo darles. El corazón se me hace un nudo, casi duele.

—¿Están bien? —pregunto con la voz a punto de quebrarse. No quiero llorar… no debo.

—Llegaron antes de lo esperado —responde William, acariciando mi espalda—, pero están bien.

Entonces escucho la puerta abrirse y la voz del doctor llenar la habitación. Habla, explica, describe… pero sus palabras se pierden. Yo solo tengo ojos para ellos. Solo tengo oídos, corazón y alma para esos dos pequeños que respiran detrás del cristal.

El mundo desaparece.

En este momento, mi universo entero son ellos. 

***

Han pasado dos días, y no me he separado de su lado. A veces me permiten tomarlos un momento, acunarlos contra mi pecho, sentir su tibieza diminuta buscar refugio en mis brazos.

Sus pequeños cuerpecitos reaccionan a mi calor como si me reconocieran desde siempre. Han respondido bien a la lactancia; verlos, sentirlos, saber que puedo alimentarlos… me une a ellos de una manera que nunca imaginé.

Es curioso: uno tiene los ojos grises, iguales a los míos, y el otro posee ese azul naval profundo que heredó de su padre.

—¿Y ya tienes nombre para ellos? —pregunta William, ayudándome a acomodarlos nuevamente en sus incubadoras.

—Yazuri y Katzu.

Sonrío mientras los contemplo, como si pronunciara un secreto que solo a ellos les pertenece.

—Me imagino que esos nombres son japoneses —dice William; yo asiento—. ¿Qué significan?

Me acerco al bebé de ojos azul naval y tomo su diminuta mano.

—Yazuri… amoroso, gentil, bondadoso. —Camino hacia el otro cunero y tomo la mano de su hermano—. Katzu… mi fuerte y valiente guerrero.

—Son lindos nombres —murmura William

***

En todo este tiempo, William no se ha separado de nosotros. Cada vez que lo veo esta ahí, firme, presente, me pregunto en qué momento dejé de temerle. Quizá fue la soledad, la vulnerabilidad… quizá la necesidad de aferrarme a algo mientras mi mundo cambiaba tan rápido. Tal vez me volví débil, o quizá el embarazo me transformó de formas que aún no comprendo.

Canon (18+) Donde viven las historias. Descúbrelo ahora