Diez:
You say goodbye and I say hello
Los días van pasando, las hojas caen delicadamente sobre el piso. El mundo se empieza a teñir de cobre, idéntico al color de cabello de ella. Antonio metió las manos en sus bolsillos, tarareando una canción, revisando por todos lados alguna pista de ella.
Nada.
Todos estos días ha ido a su paradero, al lugar donde ella toma locomoción para irse a su casa. Sabe que ese es el lugar porque hace semanas atrás (ahora parecen años) fueron juntos a celebrar el bautizo de un conocido suyo. Angelica llegó con sus cabellos tomados en dos trenzas, un vestido blanco y la cara roja de vergüenza.
—Mi mamá me vistió así —se excusó jugando con sus dedos.
Era tan bonita y ni siquiera lo sabía. A veces, sospechaba que esa era la raíz del encanto de ella. Ser tan torpe y tan despegada de la realidad, que no parece un ser de este mundo. Angélica, cómo los ángeles, eso decía Google cada vez que buscaba ese nombre.
—Te iremos a dejar a tu casa.
—No tienen que hacerlo —ella peleó con sus zapatos al avanzar —puedo cuidarme sola perfectamente.
Claro que podía. La había visto llorar en silencio, contarle sus secretos al papel, enojarse, golpearse sin mucha fuerza y caminar en silencio por la calle. Sin embargo, era frágil aunque no quisiera contárselo a nadie, sus pies mágicamente encontraban todos los desniveles del piso, cayendo en posiciones ridículas, pero no por ello menos peligroso. A veces, se estremecía al pensar que le podría pasar a esa muchacha si caía en manos de un enfermo.
—Iré yo si nadie puede —finalizó la discusión.
—No quiero que tengas problemas con Ale —replicó ella usando su última arma.
Por eso le costaba tanto dar un paso con ella. Por eso tenía una novia. Por eso nunca se atrevía a cruzar esa línea. Porque Angélica no era de este mundo, estaba hecha de otro material luminoso que él se rehusaba a manchar concretizando sus deseos.
Porque sabía que pasaría ello si lo hacía, Angélica correría exactamente hacia el lado contrario.
—Lo haré.
Así tomó la punta del vestido obligándola a caminar. Angélica suspiró, le arrebató su ropa y se puso a caminar rápidamente para dejarlo atrás. Lamentablemente nunca fue muy atlética, por ende encontrarla fue algo sencillo para el chico que jugaba basket de tanto en tanto.
—Eres un idiota —le reclamó ella —no entiendo cómo te aguantan.
—Es que soy perfecto.
Ambos estallaron en carcajadas sonoras. Durante el camino, Angélica le contó de María Luisa Bombal, sobre el cuento: La última niebla.
—Es de terror. La mujer muere sin conocer el amor. Solo conoce el hastío de una vida normal —le dijo —¿Te imaginas casándote con alguien a quien quieres, pero que no amas?
Él se había quedado mudo mientras ella proseguía.
—Se entiende que la protagonista se case. Su opción era la soltería y pobreza, no tiene opción de huida y siempre es comparada con otra, alguien muerto —se estremeció —qué horrible.
Había gente que las comparaba. Angélica y Alejandra. Por la postura, el color de pelo, los ojos, el tono de voz. Sin embargo, eran cada una muy distintas y él lo supo desde que las conoció. Alejandra era un remanso de tranquilidad, hogareña y servicial. Angélica era caótica, lectura y lunática, incapaz de cocinar ni aunque su vida dependiera de ello.
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Vicios
RomansaAngélica no lo sabe pero Antonio la ha visto desde innumerables lugares. Siempre escuchó su voz chillona, sintió sus pasos torpes y se reía de sus caras de enfado. Angélica siempre fue para Antonio su vicio favorito. Y ahora que la tenía tan cerca...
