Cecil
Marzo
El cumpleaños de Marck no aparecía en su agenda como una celebración. Estaba marcado como una fecha más, una línea discreta entre reuniones y compromisos que no admitían emoción.
Toda mi mañana se centró en eso: ¿por qué Marck no celebraba su cumpleaños? Vivíamos juntos, pero nunca le llegué a preguntar. Pese a que para mí los cumpleaños no tenían tanto significado, eso no quería decir que no los disfrutara; eran los únicos momentos en los que mi mamá y mi entorno me daban atención y, por esas cortas horas, me sentía querida. En ese instante recordé lo ausente que era su padre con él y el fallecimiento de su madre cuando era pequeño.
Rodé sobre la cama, mordiéndome el dedo, analizando si era buena idea lo que iba a hacer. Con duda tomé mi teléfono del buró y llamé a la única persona que sabía que podía ayudarme a organizar una fiesta en tan poco tiempo.
Solo deseaba no arrepentirme de esto; Marck era serio, neutro, tranquilo y elegante, y la ayuda que iba a pedir era lo opuesto a él.
—Martin, necesito tu ayuda.
Era pasado el mediodía. Le había dicho a Martin cómo quería la fiesta. Mientras él organizaba, yo tuve que enviar algunas invitaciones a los conocidos más cercanos de Marck; no fue difícil encontrarlos, dado que incluso tenía agendas destinadas precisamente para eso.
Me detuve en una tienda de ropa vintage. Recorrí los pasillos llenos de calcomanías, paredes cubiertas de vinilos y luces moradas que alumbraban el lugar.
Tenía claro lo que quería darle. No lo quería ver formal; lo quería ver atrevido... sexy, quizás.
Aunque siempre se veía así.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó la joven que atendía.
La observé un momento: cabello de colores, llena de piercings y un delineado grande sin verse sucio o tosco.
—Busco una chamarra de cuero... vinil o material similar.
—Sé lo que buscas —señaló con el dedo y me guió al área—. Está por aquí —murmuró mientras seguía buscando entre la ropa—. ¡La tengo!
Tomé la chamarra que me tendió y quedé feliz. Era sencilla, no era nada del otro mundo, pero sabía que le iba a gustar porque, aunque no era su estilo, el color negro y el hecho de que no fuera ajustada la hacían ver elegante.
—Es perfecta, me la llevo —le sonreí a la vendedora.
Ella me devolvió el gesto y asintió.
—¿Algo más?
—Todo bien, gracias.
Salí de la tienda con la bolsa en mano y llamé a mi chofer para que se la llevara a su oficina junto con una nota. Yo tenía que llegar al salón para revisar todo. Aunque era una fiesta sin su consentimiento, yo sabía que él nunca me diría que no.
Llegué antes que la mayoría de los invitados. Examiné el salón y era perfecto, tal cual lo imaginé; estaba iluminado con luces tenues, cuidadosamente distribuidas para no ser invasivas. No había globos ni excesos evidentes; todo era sobrio, elegante, pensado para alguien que prefería el control al espectáculo. Martin caminaba de un lado a otro revisando detalles, intercambiando palabras rápidas con el personal mientras asentía satisfecho.
—Quedó justo como dijiste —comentó, ajustando una de las mesas—. Nada exagerado.
Había elegido la música con cuidado, una mezcla suave que no obligaba a conversar, pero tampoco imponía silencio. Las flores eran discretas, en tonos neutros, y las mesas estaban dispuestas para permitir cercanía sin invadir. Cada decisión había sido tomada pensando en Marck, incluso aquellas que él nunca notaría.
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Green queen [#1]
Teen FictionEl debut musical de Cecil Thalassa no fue como se esperaba, tenía odio de millones de oyentes, ni siquiera estaba en algún top musical, conciertos sin llenar, múltiples críticas hacia ella que iban más de lo profesional y una vida privada que ya no...
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