El silencio se instaló entre ellos, pesado y cargado de reproches no dichos.
Observando al Davio, su rostro antes lleno de vida y vigor, ahora marcado por la culpa y el arrepentimiento.
-¿Y qué esperas que haga ahora, Davio? -preguntó con un tono que mezclaba decepción y resignación-. ¿Qué me convierta en tu marioneta, moviendo los hilos del poder para que tu memoria se mantenga intacta?
Levantó la mirada, encontrando con los ojos penetrantes mirándola a ella.
-No es eso lo que quiero -respondió con sinceridad-. Solo... Necesito que me ayudes a mantener el reino a salvo.
-¿A qué te refieres con 'el reino a salvo?-inquirió, con una mirada gélida que podía congelar el mismísimo aire.
Soltando una risa amarga, una melodía carente de alegría, que resonó en el jardín como un presagio funesto.
-No te atrevas a decirme que está bien. Tú qué sabes de moral, tú no la conoces. Quieres poner al hijo de Helena, pero no peleas por el hijo que ella te dio. ¿Por qué no peleas por él?
Davio se pasó una mano por el cabello, visiblemente desesperado.
-No sé qué hacer. Todos me quieren matar, Theia... -murmuró, con la voz cargada de angustia-. Todos me quieren muerto para ponerlo a él... al bast...
-¡No te atrevas a decir esa palabra, Davio! -lo interrumpió con un grito-. A pesar de todo, es tuyo. Aunque no lo hayas querido.
-Pero no quiero que él sea rey -respondió Davio, con un tono de súplica-. Como tú no quieres que Elizabeth y Emma hereden el ducado, ¿verdad?
Lo miró con sorpresa, desconcertada por su repentina revelación.
-¿Cómo lo sabes?
Con tristeza, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
-Sé más de lo que crees,. A pesar de que todos me tienen por un ignorante... mi propio consejo, mi parlamento, todos lo creen. Cuando ella murió... cuando no goberné como antes... Pero la diferencia es que yo no pude encerrarme y tomarme mi duelo como tú lo hiciste. Tuve que gobernar, cuidar de un niño, asumir mi responsabilidad. Así que dime, Theia, ¿quién es el hipócrita? ¿Quién tiene una moral diferente? Dímelo.
En eso quedó en silencio, procesando las palabras de Davio. La revelación de que el Rey conocía sus planes y que, a pesar de todo, había permitido que siguieran su curso, la había dejado sin aliento.
De pronto, se escuchó pasos acercándose.
-Mamá, ¿con que aquí estabas? -dijo una voz joven y preocupada-. Me tenías preocupado. Cuando vi que saliste con el Duque Thoner, pensé que te había hecho algo.
Evan, el hijo de Theia, se acercó a ellos con rapidez, su rostro marcado por la inquietud. Era alto, apuesto, con una mirada de preocupación y una actitud protectora hacia su madre.
-Tranquilo, Evan -con una sonrisa tranquilizadora, aunque su voz temblaba ligeramente-. Estoy bien, no te preocupes. No me ha hecho nada.
-¿Cómo has estado, Evan? -preguntó Davio, intentando aligerar el ambiente.
-Bien, Su Majestad -respondió Evan, haciendo una reverencia. - Mamá, tenemos que irnos. Emma está cansada y nos está esperando.
Asintió, agradecida por la interrupción de su hijo. Necesitaba alejarse de Davio, poner en orden sus pensamientos y decidir cómo actuar.
-Tienes razón, Evan -dijo, poniéndose de pie-. Será mejor que nos vayamos.
Se giró hacia Davio, con una mirada fría y distante.
-Espero que recuerdes mis palabras, Davio -dijo-. Y que tomes la decisión correcta, antes de que sea demasiado tarde.
Sin esperar una respuesta, tomó el brazo de su hijo y se alejó, dejando al Rey solo en el jardín, sumido en sus pensamientos.
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LA DUQUESA
Fantasy"La pluma de la escritora danzaba febrilmente sobre el pergamino, dejando tras de sí una serpiente de tinta que tejía los secretos y venenosos rumores de la corte. La duquesa, cuya belleza era leyenda y elegancia, un arma, había vuelto a caer presa...
