12

14 0 0
                                        

Sr. Iris, la dueña de la tienda apareció de pronto, con una sonrisa tensa que no llegaba a sus ojos. "¿En qué puedo ayudarlas?", preguntó, su voz apenas un susurro. Mamá, con una mirada gélida que recorrió la tienda, respondió: "Mis hijas buscan vestidos para el baile. ¿Tienen algo que les pueda interesar?".

Sr. Iris, con un gesto casi servil, asintió. "¿Tienen algo en mente, señoritas?", preguntó, sus ojos fijos en Emma.

Emma, con la voz temblorosa, respondió. -No, de hecho, quería ver.

-Yo... solo quiero algo sencillo pero llamativo".

La Sr. Iris, con una sonrisa que no alcanzaba a disimular su nerviosismo, nos invitó a tomar asiento. Nos condujo a una mesa adornada con flores de seda y nos ofreció té y galletas. Mientras esperábamos, la gente seguía mirándonos, susurrando entre dientes. Emma se encogió en su asiento, sus ojos húmedos, reflejaban mi propia incomodidad. Mamá, sin embargo, seguía imperturbable, su sonrisa cálida y acogedora, como si estuviera en su propia casa.

Una vez que la Sr. Iris nos trajo los vestidos, nos adentramos en los probadores. La seda fría y suave se deslizaba por mi piel, mientras el aroma a flores frescas inundaba el aire. Al salir, la sala se silenció. Las miradas se posaron sobre nosotras, como si fuéramos presas en una jaula. Un murmullo se elevó, un mar de susurros que se estrellaba contra nuestros oídos. Observé cómo sus miradas recorrían nuestros cuerpos, buscando defectos, juzgando con una crueldad silenciosa. Las comisuras de sus labios se curvaban en una mueca de desaprobación, sus ojos brillaban con una mezcla de envidia y desprecio.

Me volví hacia Emma, su rostro pálido y sudoroso. Sus ojos, llenos de terror, buscaban mi mirada. Para tranquilizarla, le dije. -Te ves hermosa.

Y comencé a buscar la y en eso la campana de la puerta resonó, cortando el silencio.

-No lo puedo creer que ven mis ojos si es la mismísima duquesa en persona -Condesa de Blackthorne con una sonrisa tensa.

En eso se acercó Juliette mejor conocida como Condesa de Blackthorne, con un rostro afable y una sonrisa estudiada, se acercó a nosotras

-Ha Condesa de Blackthorne cuánto tiempo sin verla. ¿No gustas acompañarme con una taza de té mientras esperamos? - dijo, alzando una mano enguantada.

La Condesa Blackthorne, con los labios apretados y un brillo de hielo en sus ojos, respondió: -No, gracias. Dígame, ¿qué hace se le debe que la duquesa esté afuera de su palacio?

-Una tiene que salir de vez en cuando, y qué mejor que acompañada de mis hijas, ¿no lo cree? -Sin inmutarse

-Si lo creo. Pero ¿por qué está aquí? No me malinterprete, puede llamar a cualquier modista y va a su casa y con gusto irán. voz temblorosa,

-Si lo sé, pero mis hijas querían venir por sus vestidos para el baile de la reina, así que me pidieron que las acompañara. movimiento de cabeza,

-Irá a la fiesta de la reina. -sorprendida.

con una sonrisa triunfante. -Por supuesto que sí. Ella misma me invitó.

Un silencio gélido se extendió por la sala. Los susurros, como un viento frío que recorría la espalda, se intensificaron.

LA DUQUESADonde viven las historias. Descúbrelo ahora