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Respondió con una elegancia que ocultaba su propia tensión.

-Su Majestad -replicó con una reverencia-. Los deberes familiares a veces nos mantienen alejados, pero siempre es un honor asistir a sus eventos.

-Imagino que sí -la Reina hizo una pausa, evaluando a la Duquesa con una mirada que parecía penetrar su alma-. Escuché rumores sobre su ducado. ¿Todo en orden?

-Por supuesto -la Duquesa mantuvo la compostura-. Algunos desafíos, como es común en la vida, pero nada que no podamos manejar.

La Reina se acercó un poco más, su voz bajó a un susurro que solo la Duquesa podía oír.

-Tenga cuidado, Duquesa -dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos-. El poder es un juego peligroso, y aquellos que se descuidan pueden perderlo todo.

-Agradezco su consejo, Su Majestad -la Duquesa respondió con una calma que desafiaba la amenaza implícita-. Pero estoy segura de que ambas sabemos que el poder se mantiene con astucia, no con advertencias vacías.

Soltando una risita suave, un sonido que erizaba la piel.

-Ya veo que no ha perdido su ingenio, Duquesa. Es una cualidad admirable, pero recuerde que el ingenio sin poder es como una espada sin filo.

-Y el poder sin ingenio es como un trono sin cimientos, Su Majestad -la Duquesa respondió, sus ojos brillando con un desafío silencioso-. Ambos son necesarios para gobernar sabiamente.

La Reina se alejó un poco, su sonrisa desapareciendo por un instante, revelando una dureza implacable.

-Disfrute la noche, Duquesa -dijo con un tono que dejaba claro que la conversación había terminado-. -Agradezco su consejo, Su Majestad -la Duquesa respondió con una calma que desafiaba la amenaza implícita-. Pero estoy segura de que ambas sabemos que el poder se mantiene con astucia, no con advertencias vacías.

Soltó una risita suave, un sonido que erizaba la piel.

La Reina se alejó un poco, su sonrisa desapareciendo por un instante, revelando una dureza implacable.

-Disfrute la noche, Duquesa -dijo con un tono que dejaba claro que la conversación había terminado-.

-Gracias lo are -sonriendo

Mientras la música suave del baile envolvía el salón con su cadencioso ritmo, las miradas no se apartaban de la duquesa ni de la reina, dos figuras que dominaban el escenario político de la corte. La pista se llenaba de parejas que giraban elegantemente, pero la verdadera danza era la que ocurría en los círculos irresistiblemente íntimos de sus allegados y consejeros.

La duquesa, con una habilidad nata para leer a sus enemigos, dejó que sus hijas se mezclaran con jóvenes nobles, sembrando así vínculos que podrían convertirse en alianzas cruciales. Max, siempre fiel, se movía entre los invitados, recogiendo secretos y evaluando lealtades, mientras la duquesa mantenía un semblante sereno, aunque sus ojos vigilaban cada movimiento con cautela.

Por su parte, la reina y el duque Thoner maniobraban con confianza, rodeados de cortesanos dispuestos a favorecer su causa. El duque, un hombre carismático y astuto, susurraba promesas y ofertas a los nobles más poderosos, buscando consolidar su influencia. Sin embargo, algunos de esos nobles luchaban internamente con dudas sobre a quién apoyar.

Cuando llegó el momento de los discursos, la tensión se palpó en el aire. La reina habló con pomposidad, destacando la unidad y el progreso del reino bajo su mandato y el duque como su brazo derecho. Su discurso buscaba no sólo reafirmar su autoridad, sino también minar la influencia de la duquesa sin mencionarla directamente.

LA DUQUESADonde viven las historias. Descúbrelo ahora