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 La entrada de Lady Amelia fue como un soplo de aire fresco en la atmósfera cargada del salón. Su vestido, un delicado diseño en tonos pastel, parecía flotar mientras se movía con una gracia innata. Su sonrisa, sincera y luminosa, iluminaba su rostro angelical, y su mirada transmitía una mezcla de dulzura y determinación. A su paso, dejaba una estela de encanto que atraía todas las miradas, y su presencia parecía llenar el salón con una energía positiva y jovial.Lord Reginald hizo su entrada con un porte distinguido y elegante. Su traje, impecable y refinado, reflejaba su gusto exquisito y su atención al detalle. Su mirada, astuta y observadora, parecía analizar cada rincón del salón, y su sonrisa, sutil y enigmática, revelaba una mente aguda y perspicaz. Su presencia irradiaba una mezcla de poder y sofisticación, atrayendo tanto admiración como respeto.El Conde Alexander capturó la atención de todos al instante con su carisma arrollador y su atractivo magnético. Su traje, confeccionado con telas suntuosas y colores vibrantes, reflejaba su personalidad extrovertida y audaz. Su sonrisa, cautivadora y seductora, derretía corazones a su paso, y su mirada, llena de picardía y confianza, transmitía una promesa de aventuras y emociones intensas. Su presencia llenaba el salón con una energía electrizante, convirtiéndolo en el centro de todas las miradas y susurros.

- ¿Vendrá ella? ¿Realmente asistió la duquesa esta vez? Los ánimos se agitaban con la tensión de secretos no revelados y alianzas ocultas, pues la ausencia o presencia de cierta figura llegaría a definir el destino de muchos.Los ojos se centraron entonces en la figura que avanzaba con paso firme desde el fondo del salón, y los susurros se convirtieron en un silencio expectante, como si el aire mismo contuviera la respiración. La noche apenas empezaba, y el baile prometía más que solo música y elegancia...

Con una compostura que desafiaba la naturaleza misma, se detuvo en el corazón del salón, permitiendo que la luz danzara sobre su rostro como una corona tejida de estrellas. Sus hijos, a su lado, eran reflejos imperfectos de su elegancia innata, sus ojos fijos pero inquietud que apenas podían disimular con las mirada . El silencio respetuoso era un campo minado de miradas que calculaban, evaluaban y especulaban sobre el significado oculto tras su misteriosa presencia. Max, su sombra leal, permanecía alerta, escrutando cada gesto, cada movimiento, consciente de que aquella velada era una batalla silenciosa donde las alianzas se forjarían o se romperían al compás de la música.

Entonces, la Reina hizo su entrada, un torbellino de azul profundo en un vestido que realzaba su piel pálida y una corona que irradiaba poder. Su sonrisa, delicada pero cargada de intenciones ocultas, saludaba a los invitados, deteniéndose brevemente en la Duquesa, desatando una tensión palpable que hizo que los nobles contuvieran el aliento. La música, suave al principio, comenzaba a elevarse, invitando a la nobleza a unirse en un vals.

La Duquesa respiró hondo, consciente de que esa noche no solo se jugaba su posición en la corte, sino el destino de sus hijos y la supervivencia de su ducado. Las intrigas, cual serpientes venenosas, comenzarían a deslizarse entre los invitados, y ella debía estar preparada para cada movimiento, cada traición.

Mientras los primeros acordes de la orquesta llenaban el salón, Emma tomó la mano de Eli y susurró con una mezcla de esperanza y temor -Mamá ha vuelto... y esta vez, no se rendirá.

La tensión entre la Duquesa y la Reina era solo la superficie de un conflicto profundo, un intrincado laberinto de alianzas y rivalidades entre las casas nobles. En ese juego de poder, cada paso era una apuesta.

Se acercó la reina a la Duquesa, su sonrisa era una máscara perfecta de cortesía.

-Duquesa -dijo con un tono dulce, pero con un filo sutil como el de una daga-. Es un placer tenerla aquí. No esperaba su presencia después de tanto tiempo.

LA DUQUESADonde viven las historias. Descúbrelo ahora