Inertia (Parte 2)

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(Historia detenida, no concluida, cancelada)

Solo la agrego por si mucho mas adelante deseo continuarla.

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▶Capitulo 11◀

El trayecto se extendió durante horas que, en la mente de Stiles, se dilataron hasta parecer semanas. El traqueteo del carruaje de ébano sobre el camino de piedra era lo único que rompía el silencio sepulcral, solo interrumpido ocasionalmente por el relincho de los corceles de sombras. A medida que se alejaban de los campos dorados de Solaris, la calidez del sol comenzó a palidecer, tornándose en un amarillo anémico antes de extinguirse por completo frente a la imponente estructura que marcaba el fin de su mundo.

—Estamos llegando a la Puerta del Ocaso —anunció Boyd sin mirarlo.

Stiles se incorporó y se asomó por la ventanilla. Ante él se alzaba un arco colosal de piedra obsidiana, un nexo estable que servía como la única entrada segura a ese sector de Umbra. Pero lo que realmente le robó el aliento no fue la arquitectura, sino la Estela misma. Allí, tan cerca que parecía poder tocarla, la gran grieta en el cielo vibraba con una energía oscura y errática.

Al verla, el recuerdo lo golpeó con la fuerza de un impacto físico. Sintió de nuevo el fantasma de la mano de Derek envolviendo la suya, la presión firme de sus dedos y esa extraña armonía que sus magias habían alcanzado al sellar la brecha en la torre. Por un segundo, Stiles se sintió extrañamente anclado, como si aquel recuerdo fuera lo único sólido en un mundo que empezaba a desdibujarse. Miró a Boyd de reojo; el general seguía con la vista perdida en el horizonte, su rostro una máscara de granito. Stiles se preguntó si la seriedad era una condición biológica en Umbra o si simplemente todos allí habían olvidado cómo sonreír.

Bajó la mirada a sus manos, que descansaban sobre su regazo, y respiró hondo justo cuando el carruaje cruzaba el umbral de la entrada.

La transición no fue violenta. A diferencia de la primera vez, cuando fue succionado por un error del tejido cósmico y escupido en territorio enemigo, esta vez se sintió como un cambio de estación. Fue como si la primavera de Solaris fuera interrumpida súbitamente por un invierno iracundo, un soplo de aire del norte que erizó el vello de sus brazos.

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