Donde los cuatrillizos se encuentran con el lobo alfa del pueblo.
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El silencio del claro se veía interrumpido únicamente por el crujir de las botas del Alfa sobre la hojarasca seca. Caminaba de un lado a otro, una pantera enjaulada por la duda. ¿Cómo demonios había llegado ese chico hasta allí? Aquel refugio, protegido por siglos de misticismo y densa vegetación, se suponía impenetrable.
Sin embargo, ahí estaba el castaño: de rodillas, con las manos atadas a la espalda y el cañón frío de una pistola presionando su sien. Lo que más inquietaba al lobo no era su presencia, sino su mirada. No había rastro de la fragilidad humana; sus ojos eran dos pozos de desafío que se negaban a parpadear.
El Alfa se detuvo. Sus movimientos eran fluidos, peligrosos. Se agachó hasta quedar a la altura del joven, permitiendo que su aroma —una mezcla de pino, tierra mojada y una ferocidad latente— lo inundara.
—¿Quién te mandó? —exigió. Su voz no era un grito, era un gruñido grave que vibró en el pecho del cautivo como un trueno lejano.
El chico no se inmutó. Guardó un silencio sepulcral, sosteniendo el duelo visual con una intensidad cargada de odio puro.
—Voy a suponer que el miedo te ha dejado sordo... —mascó el Alfa, entrecerrando los ojos.
—Te escuché perfectamente, de hecho —interrumpió el joven, con una sonrisa ladeada que era casi un insulto—. Pero ¿qué crees? No voy a decirte ni una maldita palabra.
El guardia detrás de él movió el dedo hacia el gatillo, y el clic metálico del seguro al quitarse resonó en el aire como una sentencia. El castaño ni siquiera desvió la vista.
—Escucha, niño —añadió el lobo, suavizando el tono, pero endureciendo la mirada—, no tengo interés en manchar mis garras con tu sangre. Dime quién te envió y por qué estás rastreando este territorio.
—Te quieren a ti —escupió el chico, y por primera vez, su voz vaciló con una nota de veneno—. Me mandaron a buscar al monstruo. Al Alfa responsable de la muerte de Kate Argent.
El rostro del lobo se transformó. La confusión dio paso a una rigidez gélida.
—¿Kate Argent? ¿Quién te mando?
Perdiendo la paciencia, el Alfa lo sujetó del cuello. Sus dedos se cerraron con una fuerza sobrehumana y, en un parpadeo, sus ojos humanos se encendieron en un rojo carmesí, una luz demoníaca que iluminó las facciones del castaño.
—¡¿Quién te mandó?! —rugió, dejando que los colmillos asomaran.
En ese instante, la tierra tembló.
Una explosión ensordecedora estalló a pocos metros, levantando una cortina de humo, fuego y astillas. El olor a pólvora quemada suplantó al del bosque. Entre los escombros y la neblina gris, una figura emergió corriendo, con el rostro desencajado por la urgencia.
—¡Mitch! —gritó el recién llegado.
El Alfa se quedó petrificado. Sus ojos rojos pasaron del chico que tenía entre sus garras al que acababa de aparecer. Eran iguales. La misma estructura ósea, el mismo cabello castaño alborotado, la misma mirada de acero. Pero antes de que pudiera procesarlo, un tercer latido rítmico, idéntico al primero, empezó a resonar desde la espesura de los árboles.
No era un cazador solitario. Era una jauría de una sola sangre.
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