Solo la agrego por si mucho mas adelante deseo continuarla.
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♚ Sinopsis ♚
En lo más profundo del bosque norte, oculto de los caminos y de la memoria de los hombres, existe un santuario capaz de conceder cualquier deseo. No distingue entre súplicas justas o egoístas, solo impone una condición inquebrantable: para que un deseo sea cumplido, deben superarse cinco tareas, todas igual de difíciles, todas diseñadas para poner a prueba el cuerpo, la mente y el corazón de quien las enfrenta.
Un guardián resguarda ese lugar, cuya figura atada al santuario, es el único encargado de guiar, vigilar y ejecutar las tareas. Su existencia es un misterio.
Cuando el sheriff de Beacon Hills sufre un grave accidente y queda debatiéndose entre la vida y la muerte, Stiles, desesperado y sin opciones, escucha de labios de una anciana la historia de ese santuario perdido en el bosque. Escéptico al principio, pero impulsado por el miedo de perder a su padre, decide seguir esa última esperanza, aun sin comprender del todo el precio que podría exigir.
Lo que comienza como un intento desesperado por salvar una vida se convierte en un recorrido marcado por pruebas imposibles, silencios cargados de tensión y una conexión inesperada entre el humano que lo arriesga todo y el guardián que observa desde las sombras. Porque en el Santuario de los Deseos, cada milagro exige sacrificio... y algunos destinos tienden a cambiar o a repetirse.
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♚ Prólogo ♚
El último paso fue el más difícil. No porque el camino se resistiera, sino porque el cuerpo ya no respondía. Cada respiración se le incrustaba en el pecho como si aspirara fragmentos de vidrio; cada latido era un recordatorio cruel de que seguía vivo únicamente para terminar aquello. La sangre, propia, espesa, aún caliente, se deslizaba por su costado y se perdía entre la tierra oscura, marcando un rastro torpe, irregular, como si incluso su dolor dudara en seguirlo. No recordaba cuándo había dejado de sentir los dedos de la mano izquierda ni en qué momento el temblor de las piernas había pasado de advertencia a sentencia. Solo sabía una cosa con absoluta claridad: no podía detenerse. No ahora. No tan cerca del final.
El santuario se alzaba frente a él como una herida abierta en el mundo, una grieta por donde el tiempo parecía haberse escurrido sin dejar rastro. No imponía por su tamaño, sino por la manera en que existía al margen de todo lo demás. La piedra, antigua y resquebrajada, conservaba una solemnidad intacta, como si hubiese sido levantada antes de que el miedo tuviera nombre. Columnas erosionadas sostenían un techo incompleto por el que la luz se filtraba en haces irregulares, suspendidos en el aire cargado de polvo. Los símbolos tallados en las paredes parecían cicatrices viejas, gastadas por manos que ya no existían y por súplicas que jamás encontraron respuesta. Todo allí respiraba una quietud antinatural, una espera paciente que no pertenecía al mundo de los vivos.
Cruzó el umbral arrastrando los pies. El sonido fue áspero, seco, como si incluso el suelo se negara a recibirlo. Cada paso le arrancaba un gemido que se negaba a liberar por completo; el orgullo, o tal vez la desesperación, lo mantenía en silencio. Dentro, el frío lo envolvió de inmediato, pero no era un frío que ofreciera alivio. Se le colaba bajo la piel, hacía más consciente cada herida, cada músculo desgarrado. El aire era denso, antiguo, saturado de algo invisible pero palpable: promesas rotas, deseos marchitos, finales disfrazados de milagros.
No llegó lejos.
Las fuerzas lo abandonaron de golpe, como si alguien hubiese decidido cortar el último hilo que lo mantenía en pie. Las rodillas golpearon la piedra con un sonido hueco, definitivo, y por primera vez desde que había iniciado el camino no intentó levantarse. Las manos temblorosas buscaron apoyo y solo encontraron el suelo frío, indiferente. La cabeza cayó hacia adelante y el mundo se redujo a respiraciones cortas, desordenadas, al peso insoportable de haber llegado al final sin saber si aquello significaba salvación o condena.
Con un esfuerzo que le quemó la garganta, alzó el rostro. Sus ojos, enrojecidos y cansados, recorrieron el centro del recinto, ese punto exacto donde todo parecía converger. No había trono ni altar, solo un espacio vacío que imponía respeto, como si algo invisible ocupara constantemente ese lugar. Tragó saliva; el sabor metálico de la sangre le recordó todo lo que había perdido para estar allí, todo lo que había dejado atrás sin la menor garantía de regreso.
—Estoy aquí —murmuró, y su voz se quebró contra las paredes—. Hice todo lo que pediste.
El silencio respondió primero. Un silencio pesado, expectante, que se le apoyó en los hombros como una mano invisible.
—No te pido poder —continuó, con un hilo de voz—. No quiero gloria. No quiero nada que no sea mío.
Inspiró con dificultad, como si reunir aire fuera ya un acto de voluntad.
—Llévame —suplicó—. Llévame a mí en su lugar. Déjame ir con él... solo déjame verlo otra vez.
Las palabras no tenían forma ni estructura. No eran una petición elaborada, sino un ruego nacido de un cansancio que iba mucho más allá del cuerpo. Cerró los ojos, no por fe, sino porque ya no tenía fuerzas para sostener la mirada.
Entonces, el santuario respondió.
No fue una voz humana ni un eco reconocible, sino una vibración profunda que recorrió las paredes, el suelo, el aire mismo. Un pulso antiguo que no se escuchaba con los oídos, sino con los huesos, con la sangre, con aquello que aún se negaba a rendirse dentro de él.
"Tu deseo ha sido escuchado."
El suelo vibró suavemente. Los símbolos tallados en las paredes comenzaron a emitir un resplandor tenue, primero tímido, luego cada vez más intenso, como si despertaran de un largo letargo.
—¿Eso es todo? —susurró, abriendo los ojos con esfuerzo—. ¿Después de todo... solo eso?
El aire se volvió más denso, cargado de una presencia que no necesitaba mostrarse para imponerse.
"Todo deseo tiene un precio."
Una risa ahogada escapó de su garganta, rota, casi incrédula.
—Tómalo —dijo—. Tómalo todo. Mi tiempo, mi vida, lo que sea que aún me quede. No me importa... si puedo ir con él.
Hubo una pausa. No de silencio, sino de cálculo, como si el santuario midiera algo más que sus palabras.
"Verlo no es poseerlo. Ir con él no significa permanecer."
El corazón le dio un vuelco.
—No me importa —respondió sin dudar—. Prefiero perderlo todo a no volver a mirarlo.
El pulso del lugar se intensificó. La luz comenzó a reunirse en el centro del recinto, justo frente a él, formando un núcleo brillante que crecía y se expandía con una calma aterradora. El aire se volvió liviano, irreal. El dolor, por un instante, dejó de importar.
"Tu deseo será concedido."
Intentó retroceder por puro instinto, pero el cuerpo no respondió. La luz lo envolvió sin calor ni violencia, con una suavidad engañosa. Las columnas, el suelo, el techo fragmentado... todo empezó a desvanecerse, borrado como un recuerdo mal contado. El santuario dejó de existir a su alrededor, reemplazado por un blanco absoluto que no ofrecía ni arriba ni abajo.
Y en ese instante final, justo antes de que todo desapareciera, comprendió, demasiado tarde, que el santuario nunca concedía deseos por compasión. Solo por equivalencia.