Bitácora #14: madriguera de lobos

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El hierro oxidado rechinó con fuerza seguido de un pitido electrónico cuando las puertas de la prisión se cerraron detrás de él. El sonido fue tan definitivo que Akime sintió que no solo habían cerrado las puertas, sino que acababan de cerrar una etapa completa de su vida.

El aire era pesado, húmedo; olía a óxido, orina y desesperación. A su alrededor, decenas de guardias lo observaban en silencio. Algunos con curiosidad, otros con desprecio, y unos pocos con una mirada que no lograba descifrar.

Uno de los guardias que le escoltaba lo empujó sin fuerza por la espalda.

—Bienvenido a tu nuevo hogar, chico. Aquí no hay mamás ni abuelitos que te protejan. Pero si necesitas algo, solo dilo —dijo con un tono compasivo por la situación del chico. Tan solo tiene 10 años.

Akime apretó los dientes, cargando la pequeña mochila que contenía las pocas cosas que le habían permitido traer. En ese momento se dio cuenta de algo importante:

Nadie en ese lugar sabía quién era él.
Y quizás eso... era lo más peligroso de todo. Pero los rumores aquí corren como pólvora encendida. La gran mayoría tenía una idea de su situación, incluyendo el porque un chico de 10 años se encontraba en un lugar como ese.

Hace exactamente siete horas, Akime tenía una familia.
Ahora caminaba esposado por un pasillo gris, rodeado de rejas y miradas hostiles, mientras intentaba procesar que su madre estaba muerta y que probablemente nunca volvería a ver a su padre ni a su abuelo. Ni siquiera a sus hermanos, paradero de quienes le era desconocido.

Cada paso que daba hacia el interior de la prisión se sentía como una traición a todo lo que había conocido hasta entonces. Pero entre todo ese dolor y esa rabia, había una sensación extraña creciendo dentro de él.

Una especie de claridad fría.

Tal vez era aquí, en el peor lugar posible, donde finalmente descubriría quién era sin el apellido de su familia protegiéndolo.

La prisión se dividía en 54 bloques, cada uno con características únicas y construcción especifica para cada tipo de crimen y pecado.

Lo primero que notó Akime al entrar al Bloque 4 no fue el olor, ni el ruido, ni las miradas de los presos.
Fue el silencio que se hizo cuando él apareció.

Cientos de hombres endurecidos por años de encierro dejaron de hablar al mismo tiempo. Algunos lo miraban con reconocimiento, otros con sorpresa, y unos pocos con algo parecido al... miedo.

Un preso viejo, con la cara llena de cicatrices, murmuró lo suficientemente alto como para que Akime lo escuchara:

—Mierda... trajeron a uno de ellos.

Akime no entendió a qué se refería.

Algo en su cabeza le decía que, tal vez su llegada a esa prisión no había sido una casualidad. Las consecuencias del Día Zero se podían apreciar en su mirada.

Recordaba perfectamente el cielo partiéndose en dos. El ángel colosal como todos le llamaban, o lo que sea que fuera eso, apareció sobre Light City, su figura imponente visible desde cualquier punto de la ciudad. El terremoto que hizo temblar los cimientos de la urbe. Los gritos, la sangre, el fuego. El caos mismo argumentado en un solo día.

La ciudad que una vez conoció ya no existía, o no la reconocía. Ahora solo quedaban ruinas, cenizas y recuerdos de lo que alguna vez fue. Cada distrito de la ciudad fue golpeado de alguna manera en particular, pero ninguno vio tanta destrucción como el suyo.

Por unos segundos, Akime se detuvo y observó a lo lejos en el cielo el majestuoso Templo de la Luz, que parecía a simple vista no haber sufrido cambios. En un instante de claridad se preguntó si su amigo Shino estaba bien.

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