Bitácora #16: ganarse el respeto.

24 6 3
                                        

La niebla lo envolvía otra vez.

No era la misma niebla del Bosque del Credo. Esta era más densa, más pesada, como si estuviera hecha de recuerdos que se negaban a desaparecer. Akime intentó avanzar, pero sus pies no tocaban el suelo. Flotaba suspendido en un vacío espectral donde el tiempo parecía haberse detenido.
Al frente, una figura se desvanecía.

—Mamá...

«La silueta de mamá se alejaba entre la bruma, sin voltear. Detrás de ella, mi abuelo Zora también se iba disolviendo. Lo seguí con la vista hasta ver al abuelo tomar un camino largo y estrecho, lleno de pesdruscos y espinas a la orilla; un camino que parecía no terminar. Así también vi a mi padre ascender a lo alto hasta que lo perdí de vista en las nubes.

Luego, a cada uno de mis hermanos tomados de las manos caminado por un sendero que bifurcaba hacia distintos destinos. Haru tomó el camino que llevaba hacia una ciudad antigua, Fuyu se perdió en la espesa neblina en la que me encontraba rodeado.
Natsu, él solo se quedó observando en su lugar y, cuando salió este enorme "sol" sobre su cabeza, se transformó en una bestia antigua que de cierta forma recordaba haber visto en algún lugar.

Al final me encontré observando el mundo desde lo alto. El cielo se rasgó.
Vi como cinco de las estrellas caían hacia cada emisferio del planeta en dirección a los cinco puntos cardinales.

Cada una atravesó el firmamento de forma distinta:

La estrella más pequeña de color rojo caía al norte, pero allí creaba la explosión más grande de todas.
La estrella de color verde caía al sur pero no explotaba, se mezclaba y evolucionaba junto a otras estrellas perdidas que ya antes habían caído allí.
La estrella azul sobrevolaba por todo el continente pero, repentinamente se dio vuelta en dirección al este y suavemente se posó sobre la torre más alta de Light City.
La estrella naranja continuó con violencia hasta quedar incrustada en las montañas  del oeste. Luego fue absorbida y asimilada por la misma.
La quinta y última estrella de color tornasol no llegó a topar tierra, se mantenía recorriendo la franja de Horion de un extremo al otro pasando por mi lado, hasta que finalmente se detuvo delante de mí.

Luego bajé mi mirada y vi como los ojos de mi familia no dejaban de observarme.»

"Despierta, Akime. Debes despertar. Es tiempo". Repitieron esto siete veces consecutivas.

La culpa le apretaba el pecho con tanta fuerza que le costaba respirar.

Akime extendió la mano para alcanzar la estrella.

Y despertó.

Parpadeó dos veces haciendo reconocimiento del lugar. Es cierto, hubo tremendo alboroto en su llegada. No recordaba el momento del día en el que se había dormido.

Afuera, el sol comenzaba a caer con lentitud.

A su lado las trillizas se habían quedado dormidas junto a él también. Akime se deslizó suavemente para no despertarlas. Luego recorrió con cautela las instalaciones en busca de señales de vida. Todos estaban ebrios y tumbados en el suelo. Solo Palenga estaba despierto, sentado afuera de la habitación disfrutando del atardecer en su modesto balcón.

Los pasos delicados de Akime no fueron suficiente para no llamar la atención de este.

Palenga se levantó del banco de piedra con esa calma pesada que solo él tenía. Su actitud no fue la habitual al dirigirse a Akime.

—Ey chico. Espero que estés de una pieza ya.

Chasqueando los dedos, desde la entrada del patio interno, apareció un hombre de mediana edad, complexión robusta y expresión de quien ya había visto demasiadas cosas.

Fallen GearHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora