Casi dos semanas después.
Minobu, Prefectura de Yamanashi
Sukuna había mandado cartas. Claro que lo había hecho.
Mientras estuvo custodiado por la policía, a la espera de juicio, no pudo mandar ninguna por la petición de un juez de que estuviera completamente incomunicado con la excepción de su abogado. Sin embargo, después de quinientos cuarenta y siete días, cuando Sukuna fue finalmente condenado a dos décadas de prisión, las cartas comenzaron a llegar.
Fueron varias, las suficientes como para sentir que no se había ido, sino todo lo contrario. Que seguía estando a su lado, respirando su mismo aire, hablándole, contándole cosas triviales, quejándose de otras, tal y como solía hacer. Y su voz resonaba en el eco de cada una de aquellas palabras escritas con aquella caligrafía grande y redondeada tan característica, y alguna que otra falta de ortografía asomando en las esquinas.
Yuuji Itadori sostuvo la última carta entre sus manos temblorosas, con los ojos repletos de lágrimas. El mundo se deformaba, encapsulado en sus iris brillantes, trozos de cristal reluciente que reflejaban, al caer por sus mejillas, las frases deformadas, terminadas, la firma y el punto final. La fecha indicaba que había sido enviada hacía un mes entero.
"Por favor, mándame una carta. Te echo de menos."
Después de eso, Sukuna había dejado de escribir.
Probablemente se había cansado de no recibir una respuesta. Yuuji nunca escribió de vuelta. El último recuerdo que tenía de él era la discusión por la cual se encontraba en esa situación. Gritos, cristales en el suelo y una puerta cerrándose de golpe.
Durante el tiempo que duró el juicio de su hermano mayor, estuvo hospitalizado. Primero, por el suceso que llevaba grabado en la memoria; segundo, porque al despertar y ser acribillado por policías, investigadores, la prensa, y los recuerdos, había intentado acabar con su vida, resultando en otro ingreso de considerable duración.
Así que no había escrito. Se había limitado a leer como un personaje secundario irrelevante, y Sukuna había mandado las cartas al vacío. Cartas llenas de anécdotas, recuerdos, súplicas. Incluso cuando pudo salir del hospital y se mudó con el abuelo no lo hizo, no tomó un bolígrafo ni compró sobres, ni sellos. No pudo encontrar las fuerzas para poder expresar lo que quería que su hermano mayor leyera, si es que había algo en particular que no fuera una idea hueca y sin forma.
Y ahora que Sukuna había dejado de escribir, se sentía perdido, una brújula que no encontraba el norte. Lo extrañaba, le dolía, era una espina que no podía sacar.
—Yuuji.
Unos nudillos golpearon la puerta suavemente. Yuuji dobló la carta torpemente y la metió de nuevo en el sobre. Su abuelo, Wasuke, lo miraba atentamente desde el umbral de la entrada a su dormitorio, un espacio amplio y luminoso con vistas a un bonito parque.
Tuvo que girarse para mirarle de vuelta. Girarse por completo requería de maniobrar con aquella tosca silla de ruedas, chocando contra el borde de la mesa, gruñendo por lo bajo mientras se secaba disimuladamente las lágrimas.
Nunca se acostumbraría a este cuerpo tan roto, a no poder andar o dar un paso siquiera; completamente paralizado de cintura para abajo, habían necesitado reformar la casa que compraron para poder adaptarla a sus necesidades, por las que se sentía tan inútil y humillado.
—¿Qué pasa?
Wasuke era un hombre bien entrado en edad con el pelo repleto de canas y el rostro arrugado. Había visto crecer a Sukuna muy de cerca, y también a él, los había cuidado cuando su madre no estaba en casa. Era su única familia.
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Jailbreak || SukuFushi
FanfictionEl día en que los cuervos se apostaron sobre los muros fue el día en que todo cambió. Sukuna no volvería a despertar en el mismo bloque siete, ni siquiera en la misma prisión. El apocalipsis había comenzado. Y esas cosas no estaban vivas. ; Donde...
