Katherine siguió su camino con los nervios a flor de piel, deteniéndose a cada paso, esperando encontrarse con alguna sombra rezagada, o, con lo que es peor, con Sirius.
Poco a poco se fue relajando al ver que no había ningún peligro inmediato, pero aún así decidió no bajar la guardia. Todavía tenía remordimientos por su actitud de antes. ¿Cómo podía haber sido tan descuidada?
Observó el interior de la fortaleza con interés, sin poder evitar sentir curiosidad en aquel momento. Las paredes eran de piedra oscura, con líquenes verdosos producidos por la pesada humedad del ambiente; apenas había decoración alguna, sólo una alfombra roja cubierta por una pesada capa de polvo, que ahora amortiguaba sus pasos y alguna que otra antorcha. Siguió andando y se topó con una escalera que ascendía hacia lo alto, supuso que debería de seguirla, así que se armó del poco valor que le quedaba y, espada en mano, subió los escalones con la certeza de que esa era una batalla que tenía que ganar a cualquier coste.
Mientras iba ascendiendo, vio en numerosas ocasiones, puertas cerradas en la cara interior del edificio, eran de diferentes formas y colores, pero no se atrevió a abrir ninguna, sentía que su oponente le esperaba en lo alto.
Más de una vez vio una ventana que daba al exterior, y, cada vez que lo hacía, se abalanzaba sobre ella, intentando averiguar cual era la situación en el exterior. Pero solo podía ver una marea negra bajo sus pies, sin poder localizar a sus amigos; entonces se alejaba y continuaba su camino con más fuerza, rezando por que aún siguieran con fuerzas.
"Solo un poco más" se decía, esperando que pudieran oír su voz.
Por fin, la escalera se terminó de una vez por todas. Y Katherine se vio en frente de una enorme puerta roja, con las rodillas temblando, pero con la decisión en su mirada. Respiró profundamente, se obligó a tranquilizarse y abrió la puerta.
Lo primero que notó fue la luminosidad de la habitación, acostumbrada a la penumbra que le había acompañado durante el interminable ascenso.
Lo segundo, que Sirius estaba a varios metros de ella, observándole con su acostumbrada sonrisa un poco más ensanchada que la última vez.
Lo tercero, que tenía un cuchillo flotando a menos de tres centímetros del cuello. Jadeó con sorpresa y saltó hacia atrás para alejarse de su filo, pero éste recortó la distancia, situándose a menor distancia que antes. Repitió la operación otras dos veces más, moviéndose de un lado hacia otro, haciendo que el filo casi rozara su cuello, provocando la risa exagerada de su adversario.
Viendo que no merecía la pena seguir jugando al gato y al ratón, y teniendo en cuenta que con ello se jugaba la vida, decidió quedarse quieta en su sitio, esperando que su anfitrión se dignara a hablarle. Al ver que se había parado, su risa amainó hasta desaparecer.
- Si paras no es divertido, lo sabes ¿verdad? -protestó con una mueca que casi parecía infantil, casi-. No me esperaba que vinieras tú, así que ¿se puede saber qué haces aquí?
Ella se mantuvo en silencio. Sabía por Elric lo retorcido que podía llegar a ser, y ante estas situaciones lo mejor era estar callada. Además, necesitaba tiempo para pensar qué hacer con ese maldito cuchillo que seguía fijo apuntando al mismo sitio.
- Así que esas tenemos, ¿eh? La dama se cree demasiado digna para hablar conmigo -dijo con una falsa decepción. Entonces se aclaró la garganta e hizo como si se alisara los arrugados ropajes que vestía-. Señorita, ¿haría el favor de decirme qué hace usted aquí en vez de estar muriéndose ahí abajo? -dijo con aires caballerescos señalando a la ventana. Después volvió a sonreír de aquella extraña forma-. No ha estado mal, ¿no te parece?
Ella rodó los ojos molesta, sabía que no debía subestimar a su enemigo, pero no terminaba de creerse de que ese payaso hubiera hecho todas aquellas cosas que le habían contado. Aunque, bien pensado, por eso era tan letal, porque era completamente impredecible.
Pero tendría que aprender a lidiar con eso y saber como contrarrestarlo. Por suerte, acababa de tenderle una oportunidad, y no parecía haberse dado cuenta de ello.
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Las sombras de Alicia
AcakAl principio las sombras eran sólo eso, sombras. Burdas imitaciones de algo que nunca podrían ser. Destinadas a ser pisadas, intangibles, olvidadas... Ahora tienen lo que querían, los cuerpos que siempre les habían quedado vedados. Cuerpos oscuros p...
