Capítulo 4

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Saqué de mi mochila un trozo de piel de vaca que tenía para arroparme las frías noches, y se lo di a Ed para que lo olfatease y rastrease alguna vaca de la que pudiera sacar un mínimo de provecho.
-Vamos, Ed, yo sé que puedes.
El lobo salió de la cabaña como una flecha, parecía que ya tenía bien claro a dónde ir.
Mientras tanto, Nana y yo, decidimos hablar con el señor que era posible que nos acogiera.
-¿Cómo dice usted que se llama?- Le pregunté, nervioso.
-No me gusta recordar mi nombre. Me recuerda una mala época. Me puse el nombre de Ovires hace muchos años.
-Vaya, lo siento- Le dije intentando ser compasivo.
-¿Cómo quieres sentir algo que no sabes, chaval?-
-No era mi intención ofenderle, lo siento.- Dije, aparentemente molesto por la brusquedad de sus palabras.
-¿Cómo os llamáis vosotros, niños?
-No somos niños.- Replicó Nana, ofendida.
-Yo soy Sebastián Valeno, y ella es Nana- Dije yo, rápidamente para evitar que se iniciase una discusión.
De repente, se escuchó un aullido, que supe que había hecho Ed, y un par de minutos después, estaba arañando la puerta con la pata, para que le dejásemos entrar.
Estaba ensangrentado, tenía el pelaje rojo de la sangre que le cubría todo el hocico. Me agarró con los dientes por el pantalón y me arrastró hacia afuera, queriéndome enseñar algo. Al salir afuera, sentí el olor de la sangre impregnado por el aire. A escasos metros de la cabaña, había una vaca muerta, a la que había mordido en el cuello, que tenía desgarrado.
-¿Le parece suficiente carne?- le pregunté a Ovires, con un aire irónico.
-Si, no pensaba que lo fuera a conseguir. Ayudadme a meterla en la parte de atrás.
Afuera ya era de noche, los monstruos debían estar a punto de salir, y volvíamos a la puerta delantera a entrar en casa, con Ovires y Nana
-Gracias por darme comida para mucho tiempo- dijo con una sonrisilla malévola. -Lamentablemente, pasaréis la noche afuera. Suerte.
Se metió corriendo en casa, antes de que pudiéramos reaccionar, y justo un instante antes de que cerrase la puerta, Nana y yo gritamos al mismo tiempo:
-¿¡QUÉ?!
Pero ya había cerrado la puerta. Los primeros gruñidos ya se escuchaban, y no muy lejos. Nana y yo golpeábamos la puerta con fuerza para que nos hiciera caso, pero no hubo respuesta, y una vez más, estábamos a merced de los monstruos en la oscura y fría noche.
-¿Qué vamos a hacer?- preguntó mi compañera, entre sollozos.
-No lo sé.- dije, cerrando los ojos y agachando la cabeza, pensativo.
-¡Ya sé! Subamos al tejado de Ovires.- Dije enérgico y feliz.
Fuimos a la parte de atrás de su cabaña destartalada, en busca de algo útil, y encontramos unas escaleras, que usamos para trepar. Era una noche fría, y no tenía más que un trozo de piel de vaca para refugiarnos del frío, y si no moríamos a manos de los monstruos, moriríamos por el frío. Y no fue así.
A la mañana siguiente, los alrededores estaban llenos de los cadáveres y restos de los monstruos, pues su corto lapso de vida se limita a la noche, o a la oscuridad.
Nana y Édgar aún dormían cuando yo me desperté, por un pequeño ruido que escuché. Me moví sigilosamente por el tejado para no asustar a lo que fuera que hacía el ruido, y no despertar a mis compañeros. Me asomé por el borde, y vi a Ovires, construyendo una escalera para subir. No se dio cuenta de que yo estaba ahí, lo que me permitió desenfundar a Sombra, mientras esperaba su llegada. No pasó mucho tiempo, hasta que le vi asomar la cabeza.
-Hola, amigo.- dije con una sonrisa. -Te estaba esperando. Sube.
A Ovires no le quedaba más remedio. Era eso o morir. Cuando estuvo arriba, le até las manos con una cuerda que tenía, le quité su puñal de piedra, y después desperté a Nana y a Ed.
Le llevamos abajo de un empujón desde el tejado. El hombre soltó un pequeño gemido al caer y estrellarse contra el suelo. Nana le hizo levantar, y le acercamos a un árbol que había en la parte de delante de su casa, con vistas a la puerta. Con lo que quedaba de soga, le atamos al árbol. Eran muchos metros de cuerda, le iba a costar soltarse.
-¿Qué vais a hacer conmigo?- Dijo el hombre atemorizado.
-Te lo diré cuando acabe de saquear tu casa, buen hombre.- Le contesté con sarcasmo, junto a una cara de asco y desprecio total.
Aquel señor vivía con poco, pero en una trampilla debajo de una mesa, encontramos un par de bolsas con monedas de plata, que Nana reconoció.
-Son como las que usábamos en mi aldea. A lo mejor hay algún poblado cerca -afirmó, con un aire de esperanza.
Las recogí, y las guardé. También encontramos un pedernal con el que supuse que encendía la pequeña chimenea que tenía, y me lo llevé junto a la raspa que usaba para hacer chispa, y habiendo salido afuera, le dije:
-Vamos a hacer lo mismo que tu con nosotros-
-¿Vais a darme una oportunidad para dejarme vivir?- Dijo, con algo de esperanza.
-Más o menos. Voy a prenderle fuego a tu casa, y voy a dejarte aquí mirando durante todo el día. Si te puedes desatar antes de la noche, obviamente quedarás libre, y si no... Que los monstruos hagan la elección.-
-No, no puedes... Yo... Yo... Conozco gente importante, ¿sabes? ¡Te arrepentirás por esto!
Sin darle importancia a sus palabras, cogí el pedernal, me acerqué a la casa de madera, y de un chispazo empezó a arder. No pensé que fuese a hacerlo tan rápido.
-Suerte.- Le dije con una sonrisa malévola, igual que hizo él en su momento.
-¡Te arrepentirás de esto, Sebastián Valeno!- Maldijo, antes de echarse a llorar por su casa.
Nana, Ed y yo continuamos andando, con esperanza de encontrar algún lugar seguro donde podernos refugiar, un lugar con gente amable que no sea como Ovires, y que mi hermana haya podido llegar. Ya no la tenía tan presente, como si la diera por muerta, pero no recordaba como era. A menos que ella me reconociese, no creo que pudiera encontrarla.
Anduvimos durante todo el día, ya empezaba anochecer. Jugábamos a algunos juegos que Nana recordaba para entretenernos, y hablábamos de cosas sin importancia, como solíamos hacer la mayoría de veces.
No veíamos ninguna luz, ni algún humo que nos pudiera indicar algún sitio habitado. Una vez más debíamos arreglárnoslas solos para sobrevivir.
Estábamos en el pie de unas montañas, y vimos una cueva en una de ellas, a la que decidimos ir a investigar, pues parece que estaba cerrada con una valla.
Era una mina abandonada, dentro estaba muy oscuro, y no nos fiábamos, pero un pequeño resplandor de luz nos dio el coraje que nos faltaba para entrar.
Estaba muy oscuro, Nana y Ed iban detrás de mi, y estaban asustados. Cada vez hacía mas calor, y más luz. No se veía mucho, por la oscuridad que nos perseguía y lo mucho que deslumbraba aquella luz que teníamos al frente, hasta que al final llegamos.
Era el centro de la montaña, o bueno, mejor dicho, volcán. Había una especie de vías que descendían en círculo por la pared del volcán, desapareciendo en la lava. Hacía demasiado calor, no podíamos pasar la noche en aquel sitio, nos estábamos arriesgando, cuando, de repente, sentimos un temblor. La lava comenzaba a subir, y no estaba muy por debajo de nosotros, no tardaría mucho en alcanzarnos.
-Oh, no... Está subiendo, ¡corred!- Grité a mis compañeros para que huyeran de aquella horrible muerte.
No íbamos ni por la mitad, cuando la lava ya se había metido por aquel inhóspito túnel. Estábamos exhaustos de correr, pero no podíamos parar ahora, o aquel ardiente fluido nos tragaría sin piedad.
A duras penas, conseguimos salir de aquel horrible lugar, para justo enfrentarnos a otro problema: Los monstruos
Había un camino destrozado al lado del túnel, que conectaba una montaña con la otra, y no nos quedaba más remedio que cruzar por ahí. Aquel camino parecía que se iba a derrumbar a cada paso que dábamos al caminar, pero no había otra salida. La lava ya salía por el túnel, y quemaba a todos los monstruos a su paso, inundando el aire de horribles gritos y un olor a putrefacción y sangre.
-Dios, es horrible. No puedo aguantarlo.- Se quejó Nana.
-Debemos continuar.- Animé yo. -No nos podemos rendir ahora-
Esta vez, Édgar iba en cabeza mientras olfateaba algo por el suelo del camino. Estábamos a punto de llegar a la mina de la montaña de al lado, con una escalera que bajaba al suelo, un suelo seguro en el que no había monstruos, pues se sentían atraídos por el calor que desprendía el volcán.
Ed pegó un pequeño ladrido, y salió a correr. Le perseguimos, no sabíamos qué le pasaba, hasta que lo vimos. Una pequeña aldea, con soldados que luchaban contra los monstruos protegiendo a los habitantes.
Al llegar, nos apuntaron con sus armas, pero al ver que no éramos monstruos, nos dejaron entrar, y un soldado nos acompañó a un sitio. Le hicimos preguntas por el camino, pero no contestaba.
Nos llevó hasta su líder, un anciano calvo con una larga blanca. El señor estaba muy arrugado, y tenía unos pequeños ojos azules.
-¿Dónde estamos?- Pregunté.
-Estáis en Vorbis Maghul

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